jueves, 4 de agosto de 2011

AGOSTO...frío en el rostro...


Agosto, octavo mes del año...

Agosto ha comenzado para mí rompiendo hielos que se resistían al tiempo y al silencio. He utilizado piedras de suave tacto que han sido bendecidas en las aguas de un río, el RÍO; porque al fin y al cabo todos los ríos son un mismo río, mi río, el tuyo, el de todos los mortales que introducen los pies en sus aguas y alejan así los malos augurios, dejando sus plantas purificadas para poder emprender nuevos caminos.

Rasgando el hielo con uñas blandas he estado muchos días de sol y noches en vela, dando pequeños golpes, mansos y sutiles, para no despertar a las fieras que llevamos dentro. Con la persistencia de una gota de agua, el bloque frío se ha resquebrajado bajo mis pies descalzos que tropezaban una y otra vez con sillas, mesas y camas de hogares sin vida, para dejarme pasar, dándome la bienvenida con una sonrisa.

Ahora proyecto el mes de agosto para disfrutar madrugadas más frescas, mientras los días se acortan. No quiero que se pase, no quiero, por eso sonrío mientras mi pluma traza en un papel en blanco y por orden de preferencia, todas las cosas que en estos treinta y un día no quiero dejar de hacer. Llenaré las horas con LUZ PROPIA y cumpliré un nuevo ciclo para comenzar otro. Por inercia suelo contar mis años de vida por cursos escolares, y desde hace algún tiempo, nunca sé cómo arrancarán, ni los cursos ni los años. Pero en realidad en eso radica la gracia de este mes, en no tener ninguna expectativa más allá de esas treinta y una jornadas. No suelo pensar en el siguiente mes hasta que no se inicia. Ya me acostumbré, y mi piel se ha ido curtiendo con el tiempo y adaptándose a las nuevas necesidades que me surgen continuamente. Soy una superviviente y eso me gusta. Mi piel se ha hecho dura y capaz de soportar tempestades, y este mes, AGOSTO, el último mes de mi personal calendario, acaricia hoy mi rostro y me confiesa que no todos son iguales, que cada año un surco nuevo aparece tímido en mi rostro reflejado en el espejo, y yo, orgullosa, doy las gracias porque es una nueva lección aprendida.

¡El examen de septiembre lo apruebo con nota, seguro...!

"Quien en agosto ara, riqueza prepara" (Refranero popular)

lunes, 1 de agosto de 2011

Muñeca rota de RABIA...

( René Magritte, Mujeres rotas )

Ya no tengo NADA. Quizás nunca TUVE ni haya sabido MANTENER nunca nada. Sólo manTENERme en pie me está costando esta vida, cuanto más TENER. Con esfuerzos denodados intento sostenerme en pie, pero no lo consigo, por muy grandes que se hagan mis pies y me salgan alas en los omóplatos para volar sin ser alcanzada por el destino incierto. Mis manos son grandes y siempre han sabido acariciar nubes y sueños, pero ahora todo se me escurre entre mis largos dedos. Ya no tengo NADA, ni hogar que me adopte, ni vientre que me arrope, ni ovejas que contar en las noches y que pacten en nuestro jardín lleno de verdes brotes, ni muñecas que abrazar y a las que escuchar. Ya no tengo NADA, pero ya nada importa. Tampoco quiero NADA….¡ SE BUSCAN ILUSIONES PERDIDAS EN EL CAMINO ¡

Tanto tratar con muñecas rotas, intentando en vano remendar magulladuras y coserle trajes a medida, que ahora ya no sé la medida de las cosas. Me olvidé de mí misma y cosí con hilo de oro heridas ajenas. Ahora soy yo la muñeca rota, desmembrada… monigote de plástico que huele a talco, muñeca detenida, hierática como una cariátide, cuyo peso de la memoria sobre la cabeza hace aplastar sus vértebras. Figura que no cierra los ojos ni aunque la tumbe un vendaval, que no duerme por velar los sueños, esos sueños que en una ocasión especial diseñó con sus finos dedos en el aire cargado de sonrisas, abrazada al cuerpo frágil de su dueña, sin querer ser de nadie. Espantajo que mira todo el rato por si las moscas, desafiando al tiempo, desconfiando por dónde le vendrán los tiros. Muñeca que no duerme por custodiar proyectos que huyen sin más explicación que un SILENCIO por respuesta. Muñeca con el torso hueco que busca un corazón a estrenar para ser habitada, y poder sentirse de nuevo un ser humano. Muñeca rota al fin. Muñeca rota de RABIA.

Tanto vaivén me marea. Siento un vértigo inhumano, pero ya da igual, ya soy muñeca insensible. Prefiero ser de plástico durante un tiempo para no sentir ese dolor en la piel que manos amantes memorizaron a base de caricias. Intento en vano alcanzar respuestas alargando los brazos hacia el cielo, mutilada, asesinada, pero no encuentro nada, sólo vacío y más SILENCIO.

Me pregunto, y mi voz suena a metálico dolor, en qué me habré equivocado y no hallo respuesta, sólo una vocecilla casi inapreciable que se me atora en los oídos por no querer oír NADA, porque TODO me daña, me dice muy bajito que sólo me tengo a mí y que ahora eso es lo que hay, que no es poco. Eso sí, ahora sólo debo ENCONTRARME de nuevo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Las despedidas...

( Foto del río de mi infancia en un atardecer cualquiera.Tomada el 25-7-2011 )

Las despedidas son nefastas para el corazón. A enfrentarnos con la muerte nadie nos enseña, a despedirnos menos aún.

La lengua española es dura a la hora de decir “adiós”. Los alemanes, aparentemente fríos dicen “tschüs” (/chis/); los franceses, siempre tan correctos un “au revoir” con sabor a regreso; los italianos, su cálido “ciao” que utiliza medio mundo; los ingleses un doble “bye” con ritmo de canción de verano, y los japoneses su “sayonara” con sonrisa incluida. Definitivamente, el vocablo español “adiós” es frío, es drástico, es duro y seco… y huele a muerte lenta.

Siempre he detestado despedirme porque me sabe a amargo abandono. Mientras escribo este post la angustia me desborda y casi no me entra aire en los pulmones. Aunque intento, para no asfixiarme, repetir la palabra “adiós” en diferentes tonalidades, su rotunda sonoridad me traspasa y se hunde en mi columna, subiendo y bajando con lentitud, haciendo que las vértebras se aplasten más de lo que ya lo están. Alargo la /S/ final en un intento infructuoso de alcanzar un susurro bello y sugerente que haga cosquillas en los oídos del que escucha, pero no se puede, NO con esta palabra.

−“Adióssssssssssssssssssssss” −susurro en vano hasta quedar sin aire.

Cierro los ojos, pero sólo me viene la nostalgia de una copa de vino compartida. Me he despedido muchas veces en mi vida… de hogares propios, de casas ajenas, una y otra vez; de muertos muy muertos, de vivos muy vivos, de amores, de amantes, y cada vez que los dichosos acontecimientos me obligan a alejarme, me apago como una ESTRELLA fugaz… de pronto me llegan imágenes negras, grises, con los tonos apagados que tiñen cualquier partida, y siento que una pequeña muerte, una muerte cotidiana, me invade. Como digo, nefasto para el corazón, sobre todo para el mío, que se acelera y se sale por la boca cada vez que me dicen “adiós” o me lo imponen.

Sólo en la agonía de la muerte una despedida tiene algo de sentido, y para mí ni eso. Ayer estuve paseando por el río de mi infancia y noté cómo sus aguas se despiden de forma continua. Me senté frente al sol esperando que se escondiera para volver a la realidad, a ésa que se empeña en abofetearme después de días de placer inmenso. El agua pasaba con sigilo, y con su sonido monótono me hacía guiños que interpreté como a mí me vino en gana. Yo sentí paz, pero fue una paz inquietante. En mi memoria queda el recuerdo de las habladurías de los viejos del pueblo que cuentan que muchos paisanos, sumidos en la melancolía, se atrevieron, como poseídos por la llamada de aquel sonido del río, a dirigir sus pasos hacia él para ser tragados por sus aguas profundas y así acabar con sus penas para siempre. Tal vez por eso los ríos suenan tanto, porque se despiden de forma incesante, o porque los que quedaron atrapados en el fondo susurran lamentos, engañando así a los visitantes que se deleitan con las bellas estampas que éste nos ofrece.

Casi nadie tiene previsto un final, una despedida, y sin embargo hay que acatarla, porque siempre viene de improviso. Es algo que debemos aceptar aunque nos escueza.

Quizás los “adioses” sean adecuados para los muertos, pero yo te siento muy viva, me siento muy viva y quiero “VIVIR, VIVIR”. No quiero duelos innecesarios, no quiero “adioses” sin sentido.

Yo seguiré despidiéndome con un “hasta pronto” o un “hasta luego”, porque albergo siempre el anhelo de Re-encontrarme con los seres importantes que se alojaron para la eternidad en un rincón del alma, sin posibilidad ni ganas de echarlos de ahí.

Me ahogan las despedidas sin besos, sin sonrisas, sin abrazos que las adornen… sin una mano que roce tímida un hombro que se va, ni siquiera un suspiro o una mirada cómplice… me muero, me ahogo. Y mientras los malditos “adioses” se esparcen por el aire sin remedio, me quedo paralizada rumiando esos SILENCIOS que no entiendo, esos que se escurren por una espalda que se pierde en la estrechez de una calle sombría, y que no se voltea para no convertirse en estatua de sal, mientras observo cómo se achica su silueta querida…...... Y TE PIERDO…

¿Cuántas despedidas sin “adioses” se pueden soportar en una misma vida?

lunes, 25 de julio de 2011

Sentada en mi orilla espero respuestas...


Sentada en la orilla espero sus besos, que enviará por correo certificado para que no se pierdan en el olvido de tanta distancia. Esos besos que la rutina a veces ahoga en un vaso de agua de grifo, filtrada por la nostalgia. Desespero ahogada besos en la piel y aguardo con heridas abiertas un poco de cálida dulzura para cicatrizarlas.

La pasión de los besos caprichosos, los besos que van y vienen como las olas de ese mar azul que ahora te mira de lejos, mientras tus manos juegan a enlazar palabras en el aire. Y excitada, te busco con ojos abatidos de dar tiempo al tiempo escudriñando respuestas que no llegan, desde mi orilla, que se seca de esperarte.

Sentada siempre y a la espera de besos que no se dieron entonces y ahora se secan olvidados en mi pecho, oteo el pasado y echo de menos esa pasión que se pinta con oleos nuevos en los principios de todos los principios. Pasión del que espera un nacimiento, pasión al comienzo de una carta de amor, pasión en las profundidades de un escueto mensaje o de una canción dedicada. Pasión desatada que añoro durante el día, ansío al caer la tarde y sueño al cerrar los ojos cada noche. Permanezco a la espera de esa entrega de tu boca, que jadea silenciosos monosílabos y que muerdo con la suavidad del algodón.

Y hoy puedo ver esos besos alejarse navegando despacio en tu pequeño barco, besos que se retiran cuando estoy cerca y vuelven a ofrecerse apasionados como sueños eternos cuando la ausencia decora este cuadro de marcadas pinceladas. Besos que hoy no están, aunque estén ahí, agazapados, escondidos en un rincón, dedicados y con rúbrica personalizada, que han estado y que estarán para siempre en la piel de mi vientre tatuados.

viernes, 22 de julio de 2011

Mi hermetismo y yo...


Me llamo Agar. Mis padres estuvieron muy acertados eligiéndome el nombre. No sólo define a un alga que se escurre entre las manos cuando la quieres atrapar, cosa que hago muy a menudo cuando me siento sometida o presa. Mi padre lo escogió al azar leyendo la Biblia. Agar era una diosa egipcia, concubina de Abraham. ¿En qué estaría pensando mi padre entonces para colocarme semejante nombre? Yo, que siempre he creído que en otras vidas fui la concubina de muchos, sin ninguna pretensión más allá de lo establecido entre amantes-amigos-compañeros de vida, que ya es bastante, me sorprendió sobremanera enterarme del origen del apelativo con el que me llamarían a partir de entonces.

No hace mucho, disfrutando de un aperitivo regado con un vino lleno de VIDA, una persona unida a mí por lazos indisolubles, me comunicó que me veía bastante HERMÉTICA. “Eres muy hermética, Agar… hablas mucho, pero no informas sobre lo esencial”, me dijo con bastante rotundidad. Me cogió desprevenida, la verdad, porque nunca lo había sospechado de mí misma, pero desde entonces examino esa cualidad tan extraña en mí y cada vez le veo más sentido. Nací bajo un signo en el que Hermes gobierna, el dios mensajero que llevaba cartas a otros y las custodiaba sin permitir que nadie supiera su contenido. Al final de tanta reflexión afirmo que esa persona me conoce muy bien. Debo reconocer también que acertó de pleno. Tanta palabrería, que a veces corto por lo sano silenciándome como si mis cuerdas vocales se hubieran bloqueado, no debe ser sano, así que me paro un rato, a veces cuento hasta diez, aunque tendría que hacerlo hasta cien para no tener que morderme la lengua y que me sirviera de mantra como el que cuenta ovejitas. De esa forma me quedaría aletargada como un reptil en invierno, callada, muda, sin palabra…. pero no, cuando el silencio impera y mis labios se sellan por mucho tiempo, la lengua de la mente comienza a crujir y el monólogo me empieza a dar patadas en la frente, justo donde la migraña se suelta y campa a sus anchas. Entonces, sin remedio, debo soltar todo, vomitar lo que me preocupa, sea lo que sea. La mayoría de las veces las palabras salen atropelladas, sin saber bien hilar fino, sin reconocer que el mensaje guardado y enquistado puede dañar a los oídos que esperan ansiosos que me derrame por alguno de mis orificios. Después llega la reprimenda, mi propia censura que me castiga y me hace sufrir por la palabra mal dicha o la explicación mal elaborada. No tengo un verbo fácil y casi siempre prefiero los dedos sobre el teclado que el vómito lingual después de tanto silencio, porque a veces soy como un tsunami que se desborda y me daña más a mí que a mi interlocutor.

Desde que los órganos fonadores se desarrollaron dentro de mi garganta, muy temprano según me cuentan mis mayores, narraba con “media lengua” todo lo que mis ojos filtraban, mucho, porque las cuencas eran grandes y cabía el Universo entero por ellos. Siempre he creído que por esa razón mis ojos crecieron muy deprisa y siempre han estado bastante abiertos. Tenía necesidad vital de ver el mundo, de analizarlo y de interpretarlo con esa “media lengua” y la locuacidad de una niña sin condicionamientos.

Crecí y mis ojos siguieron abriéndose cada día más, y también cada día mis circunstancias personales fueron cambiando. El escenario era el mismo, pero la realidad se alteraba frente a mis ojos sin poder evitarlo, unas veces teniendo que reprimir emociones, que disfrazaba con una larga perorata y una sonrisa, en otras ocasiones ocultándome. La vida desde entonces me amoldó a su gusto. Límites que te marcan y situaciones establecidas y políticamente correctas que yo intentaba sortear, rebelándome a mi manera, evadiéndome, escondiéndome en cualquier rincón de la casa de la infancia e inventando mi mundo que guardaba celosamente en una pequeña mochila.

−¿Te piensas escapar de casa? –dijo mi padre descubriendo esa mochila con cuatro enseres dentro y un cuaderno−.

−No −mentí yo, pensando por lo bajo algo muy diferente.

Si hubiera podido lo habría hecho. Escaparme, vivir mi vida a los nueve años con una mochila cargada de libertad, de aire puro. Salir pitando de mí misma tal vez habría sido lo correcto entonces.

Mis huesos siguieron alargándose, y mi hermetismo fue en aumento. Hermetismo siempre adornado con una sonrisa ancha para disimular desencuentros. Ahora me cuesta disimular más de siete días seguidos. El siete es un número muy mágico, todo el mundo lo sabe, algo tendrá que ver. Tantas dudas incrustadas en el corazón me hacen pensar en secuencias vividas, que olvido pero que ahí están, esperando saltar como un conejo muerto de miedo. Aguardando respuestas que no llegan porque no se dan, perdones que no se han oído y ni siquiera insinuado, largas esperas de auxilio, y mucho amor, para que mi dignidad resquebrajada por la retahíla malintencionada de otros sea enjuagada con agua bendita… bendita y robada en cualquier Iglesia de un rincón cualquiera del Mundo, de ese mundo que vivo con ansias de libertad cuando me agarro a esa mano amante que me lleva a ver paraísos nuevos, y que tan bien me sientan.

Ahora divago sobre esos dolores encajados como clavos oxidados en mi pecho. Bajo la enorme sombra de un olmo me han construido un pequeño nido que me dará seguridad en estas semanas de introversión casi exigida, y flores mágicas y hermosas me protegerán de frases mal construidas que en ocasiones, y sin maléfica intención, salen de este pico cerrado por el secretismo aprendido a la fuerza. Esas flores me custodiarán de la irritabilidad que me provocan los silencios que no comprendo aún, del terror a estar desprotegida de todo y de todos.

Me he sentido un monstruo encerrado dentro de una cáscara finísima, un ave de una especie extraña que ha vislumbrado apenas la traslúcida realidad que me han dejado ver a través del cascarón. El huevo apenas se ha roto, mi pico impaciente no aguantó más, y el animal que habitaba dentro, aún formándose, sacó la cabeza para tomar oxígeno y ahora se siente más vulnerable que nunca.

Me llamo Agar, es un nombre hebreo que significa “la que se fugó”. Yo aún no lo he hecho… y tal vez ya nunca lo haga.

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