jueves 11 de agosto de 2011

Mi tita Vicenta, su bondad y valentía...




He dormido apenas seis horas y he soñado con mi tita Vicenta, todo un personaje. El calor insoportable de estos dos últimos días en el sur habrá tenido parte de culpa, pero es extraño, porque soy muy friolera y he aguantado durante muchos veranos hasta cuarenta y pico grados sin protestar. Al final va a resultar que aquello de “agosto, frío en el rostro” no es tan verdad como dicen; habrá que cambiar el refrán, como todo lo convencional y manido. Pues nada, a modificar los hábitos, que nunca he tenido ningún problema en hacerlo; últimamente no me gustan las frases hechas ni lo políticamente correcto. Voy a dar un giro a mi Universo para ponerlo patas arriba; el techo en el suelo y el suelo en el techo, como hacía cuando era pequeña, asomada a un espejo que apoyaba sobre mi cintura mientras paseaba por toda la casa. No puedo describir con claridad la sensación tan de “ciencia- ficción” que me provocaba ver que el suelo se convirtiera por arte de magia en el techo, y se llenase de lámparas que yo sorteaba para no toparme con ellas, y que en el patio pudiera caminar por las nubes como si flotase. Os animo a hacer este experimento. Eso sí, cuidado con las mesas, sillas, sofás y todo lo que se os presente, recordad que eso ya estaba ahí, y con buena memoria y mucha práctica, aparte de sortear las lámparas, al final acabas ingeniándotelas para esquivar todos los obstáculos. Os lo digo con total seguridad. Eso sí, acabas con las espinillas llenas de moratones, pero la diversión está asegurada.

Lo único bueno de la noche de hoy ha sido mi sueño; mis sueños han sido mi doble vida, y desde siempre me ha gustado esa doble vida, y sobre todo recordarla al despertar. Hoy la melatonina ha hecho su función, y he llenado mis pocas horas de sueño rememorando a este personaje tan relevante de mi infancia: mi tita Vicenta, que junto a mi abuela, su hermana, con la que convivía, fueron mis criadoras desde que comencé a balbucear. Nací justo cuando mi padre y mi madre compraron una casa muy, muy vieja, y tanto alboroto con albañiles y carpinteros hubo en aquel momento, que fui adoptada durante años por estas dos mujeres. Mi madre se partía el lomo limpiando y organizando junto a mi padre lo que después fue nuestro hogar. Ahora escribo este post desde aquella casa que hoy vuelve a ser muy, muy vieja.


Hacía mucho que no me encontraba en sueños a mi tita Vicenta, y ha sido muy grato volver a recordarla hoy. La echaba de menos. Deduzco que ahora necesitaba encontrármela. Esta mujer, de cuerpo endeble pero de fuerte temperamento, fue un referente en mis primeros años de existencia, una de las mujeres más importantes de mi vida, y simpática espectadora de cómo mis huesos crecieron sin parar hasta hacerse largos y fuertes para llegar muy alto, donde siempre había soñado entonces; a los árboles como el Barón rampante, a escaleras infinitas que llegaban al cielo, e incluso a los tejados de la casa de mi abuela, mientras ellas dormían la siesta, para colarme a través de las azoteas en la casa abandonada y llena de fantasmas de vecinos que ya no existían. Me imaginaba cómo habían sido sus vidas. Llenaba esas casas vacías de gente que reía, dormía, comía, lloraba… mientras me escondía detrás de las puertas para que no me descubriesen allí. Me encantaba ese juego. Ahora en esas dos casas están colgados unos carteles de “SE VENDE”, y tal vez los fantasmas sigan todavía por allí riendo, durmiendo, comiendo o llorando.

Esta mujer enjuta fue la que más sonrisas me despertó en esa etapa de mi vida. Ella me enseñó a reír. Era la parte “no seria” de la casa. Mi abuela era todo lo contrario: “doña abuela”, la seriedad, el control, la responsabilidad, la matriarca del clan; la tita Vicenta lo campechano, el chascarrillo, la sencillez, el lado cómico de la vida. Yo aprendí con ella a quitarle hierro a muchas cosas y a ver que cualquier problema podía verse a través de un prisma jovial. Nada tenía demasiada importancia. Las cosas ocurrían hoy, pero mañana “dios proveería”, porque su débil salud le impedía pensar más allá de una semana, y los “arrechuchos”, como solía llamar ella a todos y cada uno de los ingresos en el hospital, le sobrevenían con mucha frecuencia, llenando de provisionalidad su vida entera. Ella era una auténtica superviviente, una jovencita de postguerra que durante su infancia lo tuvo casi todo: una enorme casa acristalada en las afueras, con dos palmeras que sobresalían y se podían divisar desde todos los puntos del pueblo, chófer que les paseaba los domingos por la mañana con sus vestidos inmaculados, sirvientas que hacían la comida y limpiaban el hogar, y hasta nodriza, ya que su madre cayó enferma de pena, ya desde muy joven, y no pudo ni amamantar ni cuidar en condiciones a sus vástagos. Hasta un camello trajo su padre, don Pascual, por capricho, decían, a las fincas de otros, que él administraba con total dedicación; y lo mejor, trajo un MAESTRO DE ESCUELA, que por la foto que un día me enseñaron, más que un maestro parecía un vagabundo, con lo que se confirmaba el famoso dicho que antaño se repetía a menudo: “pasas más hambre que un maestro de escuela”. Lo trajo, le dio de comer y techo donde vivir, y así los hijos de los que trabajaban de sol a sol esas tierras, pudieron tener una educación básica y decente. El señor Don Pascual, mi bisabuelo, era valenciano, y llegó a este pueblo como muchos otros expertos en agricultura de regadío, para transformar los terrenos secos que aquí teníamos. Al faltar el padre de familia, y habiendo fallecido su madre unos años antes, mi tía y sus hermanos se quedaron sin NADA con poca edad. En realidad jamás habían tenido nada, lo que disfrutaron era prestado. Todo había sido una ilusión, un sueño. Su padre no había previsto que con cincuenta y tres años lo encontrarían muerto bajo la copa de un árbol con el corazón destrozado. De éste heredó supongo la debilidad de corazón su pequeña hija Vicenta, que tuvo que enfrentarse a la vida cuando quedó huérfana muy joven, trabajando de cocinera en dos casas de familias poderosas de Sevilla. La vida da giros inesperados, y en ese momento Vicenta comenzó a ver de nuevo coches conducidos por un chófer uniformado, como los que había visto en su infancia, salir ahora con las señoritas de la casa para dar un paseo, mientras ella se ataviaba con un mandil de color blanco con puntillitas y una cofia almidonada.

Me vio muchas veces reír, jugar sola buscando lombrices, hormigas, mariposas, rodeada de macetas que ella pintaba de verde, de rojo, de amarillo, y alrededor de un baño de zinc lleno de agua, que se colocaba en medio del patio para que el sol la calentase y poder bañarme ya caída la tarde. El agua casi hervía dentro de aquel recipiente. Mi tita echaba bicarbonato dentro del baño para que las mismas picaduras de mosquitos de todos los veranos se curasen pronto. También la escuché muchas veces respirar con esfuerzo durante la noche los días que dormía con ella, en el “soberao”, la parte más vieja y humilde de la casa de la abuela.

Desde que su frágil cuerpo dejó de moverse para siempre, el mes más bonito del año, ABRIL, de hace ya algunos lustros, la echo de menos en muchos momentos de mi vida. “Esta madrugada he contado todas las horas”, solía decir a menudo cuando dormía poco, pero nadie sabía qué le quitaba el sueño, ya que a nadie se lo expresaba. Hoy yo he contado todas las horas, como ella hacía entonces, y tampoco a nadie contaré por qué, porque como ella decía, “a quién le importa por qué no duermo yo, más que a mí y a mi almohada”. Las horas que contaba ella eran las que sonaban en el reloj del Ayuntamiento, que aún hoy recuerda al pueblo que el tiempo pasa y no se detiene.

Su corazón era una esponjita de caramelo, muy dulce, y fue lo más débil que adornó su figura de muñeca frágil. Sus bronquios eran delicados como los de un pajarito, y sus ojos, pequeños pero claros como el cielo, ese cielo al que se dirigía con frecuencia, estaban cargados de una luz muy particular. Yo no sabía por qué miraba tanto al cielo entonces, pero intuía que tal vez pidiera algo especial al Universo. Su pequeño cuerpo, de apenas metro y medio, sus músculos finos y sus huesos maltrechos parecían querer salirse del cuerpo por sus articulaciones. Ella se desplazaba con delicados movimientos pero sin poder parar quieta mucho tiempo, un torbellino con una energía sin igual. Todavía puedo olerla, es un olor que tengo atorado en mi nariz desde entonces, y hoy en día cada vez que lo experimento me acuerdo de ella. Olía a jabón hecho a mano, y utilizaba para enjabonarse unas manoplas que se fabricaba ella misma con puntas de calcetines viejos. Era la reina del reciclaje. Si le dolían los dedos, solucionaba el problema recortando la puntera de las zapatillas de lona para tenerlos al aire, y siempre usaba vestidos que ella misma se cosía de color marrón, “una penitencia”, decía, por algo que el Universo le concedió. Digo yo que por las cientos de veces que le reclamó al cielo y por la bondad de su corazón, algo tuvo que tocarle en prenda. El secreto se lo llevó a la tumba, pero se rumorea que pudo ser porque salió viva de unas fiebres reumáticas que la tuvieron postrada durante muchos meses en cama. Los dolores que soportó se le tatuaron en su cuerpo enclenque para toda la vida, y dejó su trabajo dedicándose en cuerpo y alma a la casa de su hermana, mi querida abuela.

Nunca necesitó mucho para sobrevivir, no llevaba casi equipaje y repetía a menudo que cuando muriera no se podría llevar nada. Tenía una ridícula paga que gastaba en caprichos para sus sobrinos nietos, y vivía de la caridad de su hermana y de las sonrisas de los niños y niñas que llenábamos la casa cada día. Nada tenía ni nada quería, sólo se tenía a sí misma; ella y su menudo cuerpo que llevaba de un lado a otro siempre con movimientos rápidos. Repetía que no necesitaba hombre alguno para vivir, y tampoco amigas con las que compartir mucho, porque detestaba adaptarse a los demás. Cuando llegaba la Romería de la virgen del pueblo, se colgaba un hatillo con una hogaza de pan, queso y un poco de fruta y cogía la carretera para hacer el camino sola. Con paso rápido y sin mirar a nadie para no entretenerse, sobrepasaba a la gente del pueblo, que cantando canciones y riendo, hacían el camino en grupo. Siempre decía sobre esto que no le gustaba tener que depender de otros cuando iba a algún sitio. Depender de otros provocaba frenazos en su camino, en su vida, interrupciones en sus pensamientos y mucho aburrimiento. Y eso que no era una mujer parca en palabras, muy al contrario, era más bien parlanchina, pero muchos secretos escondió en esa figura graciosa y menuda, y con sus conversaciones jocosas evadió problemas y conflictos demasiado evidentes, su mala salud, por ejemplo. Mi tita Vicenta era la más valiente de todas las mujeres que he conocido.

He dormido apenas seis horas y he soñado con mi tita Vicenta. En mi rostro se dibujaban sonrisas como las de antaño. Ella y yo quitábamos hierro a la vida, poniéndole sal y pimienta a cada problema planteado. Éramos cómplices y yo me sentía una niña feliz. Sus secretos tal vez sean los míos. Hoy pude escuchar sus bronquios ajados y ruidosos mientras soñaba, y su corazón latía a mucha velocidad, como si corrieran detrás de una estrella que la esperara en el cielo.

6 almas se han asomado...:

María dijo...

Simpático personaje el de tu tita Vicenta, independiente y valiente. Me gusta que sepas valorar a la gente que ha formado parte de tu vida, de esa forma tan tierna.
Gracias por tus escritos.
María

Anónimo dijo...

Qué rico aprender a sonreír de forma tan particular con alguien tan sencillo que olía a jabòn hecho a mano. Me encantaría haberla conocido. Has tenido mucha suerte, guapa.
Saludos
L.

Anónimo dijo...

Qué ternura de entrada. Me ha emocionado sobre todo esa niña que jugaba saltando por los tejados y andaba por las nubes inventando historias de otros.
Sigue emocinándonos.
Saludos en forma de nubes
M.C.

Anónimo dijo...

A mí me gusta esa niña que paseaba por las nubes, espejo en mano. Menudo invento ése, y tirado de precio.
Iván

Etcétera dijo...

Gracias

Anónimo dijo...

Sin duda has heredado esa valentía y ese coraje, sin olvidar la risa que no debes dejar que nada ni nadie te arrebate nunca.

Precioso recuerdo de tu tía. Enhorabuena.

Saluditos Eva.