He pasado de puntillas por una guerra inesperada en estas últimas semanas. En tiempos de guerra algunas personas piensan que todo vale; los bandos se confunden y hasta las excusas para el asalto son a veces inventadas con tal de que el contrario caiga sobre la arena, muerto o malherido en su trinchera, donde agazapado se protegía de la refriega. Hay que tener cuidado al salir a la calle en tiempos de guerra, porque a ciertas horas debes prestar mucha atención al toque de queda. Yo he agudizado mis sentidos con esta guerra mía, pero ya no quiero más guerras, YO HE NACIDO PARA LA PAZ. En tiempos de guerra puede ocurrirte cualquier cosa. Las guerras sorprenden y no son buenas, pero la mía ya ha terminado, “gracias a dios”… o tal vez al diablo. He ondeado tímidamente una bandera blanca, inmaculada. Me he replegado discretamente y he sentido de nuevo aires de libertad en mi rostro. En tiempos de guerra hasta el más valiente quiere salvar el pellejo y esconde sus alas, y RENDIRSE NO SIEMPRE ES DE COBARDES. Eso sí, si me rindo y arrodillo pidiendo algo de clemencia, también demando el libro de reclamaciones por si cuela. Siempre pidiéndolo con educación, que en estos tiempos que corren, si no usas el “por favor” para lo importante, parece que estés exigiendo algo que no te corresponde. Escribiré una solicitud formal donde pida a los amotinados algún indulto o rebaja en mi pena, sin olvidar exponer mis más sinceras excusas por los daños colaterales que yo haya ocasionado. En cualquier guerra que se precie, las balas surcan el cielo, y las víctimas caen por ambos lados. Yo pido comprensión si he provocado alguna baja, no deseo que mi expediente disciplinario quede manchado. Las balas me han tocado, y vaya cómo lo han hecho. He estado en el hospital de campaña, apartada y rodeada de sorprendidos doctores que no daban con la causa de mi mal. Me han recetado “AYUNO de todo” durante días; afirmaron que hará que mi estómago se recoloque y vuelva a ensancharse, porque lo he tenido vuelto del revés como un calcetín. Dicen que la propia saliva cura, así que aparte del ayuno, me lameré las heridas, con suavidad, muy despacio, como si lamiera la piel de un amante, con dulzura, con cariño, como siempre...
Después de tanto sobresalto, disturbios, fusilamientos a mansalva, cañonazos a diestro y siniestro, y cartillas de racionamiento de promesas, proyectos y palabras bonitas, el ruido ha dejado paso a un SILENCIO sepulcral que me he untado en el cuerpo y el alma por prescripción propia. Durante horas, días e incluso semanas no he tenido ganas de expresarme, ni he sido capaz de leer dos páginas seguidas de un libro. Las guerras te dejan secas las ganas de casi todo y hasta los dedos se te anquilosan. Es ni más ni menos el mismo mutismo y la misma parálisis que se da siempre tras una guerra, tal vez por miedo a represalias futuras o a que te lleven presa de nuevo y te torturen, hurgando con saña una y otra vez en la misma herida.
Mi POST-GUERRA veraniega ha sido la Revolución de las revoluciones, y un VIAJE, la excusa perfecta para realizarla. Esta personal revuelta la he vivido dignamente en una ciudad multicolor y cómoda como pocas: Barcelona. Mi contraseña al llegar fue una sonrisa de oreja a oreja, y mi “seseo” sureño mi carta de presentación. No exagero si digo que pregunté incluso a las farolas los caminos que debía tomar para atajar y llegar pronto a mí misma, y no perderme más de lo que ya lo estaba cuando aterrizó mi avión y ver que nadie me esperaba en la salida. Por fortuna llegué sana y salva a todos los rincones de esta inmensa ciudad. Eso sí, he perdido momentáneamente un poco de fuerza en “mi mano izquierda”, pero como soy bastante diestra de mano y muy zurda de pie, el tambaleo al CAMINAR casi no se nota. Me he comprado unas plantillas mágicas y cada día la cojera se me aprecia menos. Me estoy convirtiendo en una experta funambulista de la cuerda floja, pero no me dejaré caer; espero que alguien extienda sus brazos si por descuido caigo al vacío.Espero no poner a nadie en ese aprieto.
Tener todo patas arriba puede hacer que la sangre te llegue más rápida a la cabeza, y eso siempre conlleva riesgos: que te marees y caigas al suelo o que te dé un “subidón”. Algo de vértigo delicioso, como siempre, en el despegue y en el aterrizaje, emoción que no pude compartir más que con las nubes que tomaban formas imprecisas. Me encanta volar. Sin hacer grandes planes, improvisando todo el tiempo, he vivido intensidades que no proponen ni en las mejores agencias de viajes. Mi éxodo en solitario me salió casi redondo, las circunstancias y el destino pusieron de su parte. Pensé que la grandeza de esta urbe me podría provocar un ataque de orfandad, de aturdimiento, y fue todo lo contrario. Sentí que formaba parte de sus construcciones emblemáticas, de sus avenidas tan largas y rectas, de su gente cercana y amable. Solté mi maleta en el hotel y bajé a las entrañas de la ciudad. Al terminar de subir las escaleras del metro que da a la Sagrada Familia y girarme, me derramé allí mismo. Miré y remiré al cielo observando cada detalle de aquel edificio, y me sorprendió ver un charco de mí misma sobre el asfalto caliente. Era un charco de lágrimas. Me abracé a Gaudí como amante experta, con tiernos brazos, y me dejé llevar por él, durmiendo a su sombra toda una mañana. Me había prometido a mí misma ser auténtica y consecuente, y disfrutar del único plan trazado en este viaje iniciático.
Mientras descansaba sobre la cama de un impersonal hotel en pleno corazón de Barcelona, después de recorrer de punta a punta sus arterias principales, miraba al techo mientras intentaba en vano escribir en el aire mis principios más elementales. Temí no acordarme de ellos. Al comienzo mi letra fue ilegible. Incluso pensé que se me había olvidado escribir. Sentí que la cama se agitaba, pero sólo era el metro que rugía bajo mis pies. Me encantan las ciudades que rugen, que laten con fuerza, y Barcelona lo hace y mucho. Mi mano apretó la pluma y mi pulso no me falló. Logré escribir las conclusiones con mi mejor caligrafía y me sentí orgullosa de mí misma. “Aquí no duerme nadie”, pensé, y que nadie duerma, por favor, que ya habrá tiempo cuando los días sean más cortos y tengamos otras obligaciones. Yo quería tragarme la ciudad entera, con sus ruidos y todo, devorarla, chupetearla y beberme cada rincón, llegar al orgasmo urbano y quedarme así durante horas. El éxtasis se alargó durante los cuatro días que duró mi aventura.
“Al final de la Rambla me encontré con la negra flor”, pero ésta resultó ser blanca. Yo no la busqué pero la encontré. Me apretó contra sus pechos y me dio calor y compañía durante mi estancia en esta ciudad grandiosa. Nos parábamos a tomar cerveza en cualquier terraza, compartimos caracoles típicos y horchata fresca para merendar después de un largo paseo; respiramos calor húmedo venido del mar, unas canciones improvisadas y unos besos furtivos en el ascensor de mi hotel. Al llegar cada noche a mi pequeña habitación, la negra flor, que resultó ser blanca, se desvanecía, y mi sueño comenzaba a aflorar. Dormía como una niña pensando que La Rambla tenía algo de mágico poder. A la mañana siguiente, tras cada desayuno, la buscaba por La Rambla para sentirla cerca. No se movió de mi lado, aunque no me hablaba, ni falta que hacía, y de su mano conocí la ciudad. Era mi sombra.
Siempre me dejo para el final lo mejor. Los improvisados bocadillos de jamón con tomate y las cervezas frías en cualquier terraza habían cumplido su cometido, engordar mi alma y no hacerme perder mucho tiempo para continuar pateando la ciudad. Pero siguiendo las buenas recomendaciones de una amiga, el día antes de mi despedida entré en un restaurante con solera. Me recibió “El señor de Parellada” con una sonrisa. Supuse que porque llevaba una camiseta serigrafiada con el rostro de la abeja Maya junto a su inseparable amigo Willy; pero no, allí el servicio es de lo mejor y les importa un pimiento lo que lleves puesto. Si él supiera que mi camiseta es parte de un pijama que me regalaron hace ya algún tiempo. El joven camarero insistió en sentarse conmigo mientras pedía la comida y remiraba las caras de las dos abejas sonrientes. Yo pensé que estaba delirando. Había tenido tanto deseo de seguir haciendo el amor con esta ciudad tan sociable y apasionada, que tal vez por eso se me había olvidado despojarme esa mañana de la “ropa de sueño”. Seguro que el joven camarero también sonreía por esa misma causa, qué sé yo. Mis alumnos también lo hacen cada vez que llevo a clase esta prenda.
Pedí merluza, mi pescado favorito, y un vino para mojarla. Confieso que fue el primer día que comí con ganas y en condiciones. Me encanta mi pijama de la abeja Maya, y no pude dejar de sonreír observándome desde fuera. Pero la clase no está en la camiseta que lleves a restaurantes caros. Tampoco en el protocolo a la hora de utilizar los cubiertos del pescado. No, no, no… la clase se lleva dentro, muy dentro. Ya te digo, a mí me enseñaron unas monjas muy simpáticas a comerme una naranja con cuchillo y tenedor, pero jamás volví a comérmela así después de aquellos años; eso sí, desarrollas mucha destreza con las manos, que de eso se trataba. Mi protocolo dice que tienes que ser auténtica hasta con tu camiseta de la abeja Maya en un restaurante chic. Porque serlo implica que si te comprometes o embarcas en un proyecto importante, debes cumplirlo, y en ese momento mi propósito era llenar mi panza y recrearme con cada bocado. Si los cubiertos se te resisten, pues aprendes a usarlos y punto, pero entras y disfrutas de esos camareros elegantes y educados, imaginando que te sirven en casa con el pijama puesto.
Último día de andanzas por esta bella ciudad. Me la desayuné esas últimas horas que quedaban para abandonarla. Ya de camino al aeropuerto, en el bus A1 de la bulliciosa Plaza de Catalunya, miré hacia atrás para despedirme de Barcelona por el buen sabor de boca que me había dejado. “Volveré, no lo dudes, preciosa mía”, le dije con lágrimas en los ojos.
Entré en la zona de embarque como la que entra en una máquina del tiempo. El sueño se esfumó. Rebusqué con la mirada por si me tropezaba de nuevo con la negra flor, ésa que resultó ser blanca, pero sólo me crucé con rostros serios y cansados, atravesados por líneas muy marcadas, que quizás volvían de otros viajes iniciáticos como yo. Creo que mis sueños se escaparon entonces o se quedaron entre la algarabía de La Rambla. Ya no volverán, pero yo sí. Yo volveré siempre a cualquier lugar que me acoja con calor. Barcelona me espera.
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Me he despertado de un sueño que no me pertenecía y ahora vuelvo a soñar mis propios sueños. Ya nadie volverá a entrar en ellos sin permiso y por supuesto sin carta de recomendación.
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-Eva, me voy a tener que hacer lesbiana -me dijo hace unos días una chica heterosexual que está pasando por un desamor.
-Y yo marciana -le contesté con una carcajada.
Ya puedo sentir que estoy pasando a otra dimensión…
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LA NEGRA FLOR
Y al final de la Rambla
me encontré con la negra flor
que creció tan hermosa
de su tallo enfermizo.
Y al final de la Rambla
me encontré con la negra flor
¿Dónde vas negra rosa,
me regalas tu amor?
Que tu pena fuera sólo por mi culpa
que mi culpa fuera sólo por amor
que los besos, flores negras
de la Rambla son…
o de un rincón
(Santiago Auserón)
6 almas se han asomado...:
Jajajajaja... qué gracia eso de pasear por una ciudad como Barcelona en pijama, y entrar a comer fino de esa guisa. No sé si habrás sido auténtica con este viaje iniciático tan personal, pero valiente, un huevo.
besos
Manuel
Yo ya firmé mi armisticio pero aún sigo caminando entre escombros, buscando mi muñeca perdida, mientras dibujo en el suelo con la punta de mi dedo el plano del que será mi nuevo hogar tras el desescombro.
Ojalá esa paz que dices haber encontrado sea duradera, sin cartillas de racionamiento, y más si lo que racionaban eran sueños.
Has sabido disfrutar en soledad de Barcelona,como ya lo habías hecho antes de otros tantos lugares, tienes esa envidiable capacidad que no todo el mundo posee. Y no dudes que además de haberte enriquecido, has salido reforzada.
Sigue siendo así de valiente.
Saluditos Eva.
A mí me encanta viajar sola y creo que se establece un vínculo especial con el sitio que se visita ;se consigue una visión diferente y muy especial.
Las guerras son siempre una mierda y las postguerras duras y tristes. Sólo hay que desear que pasen pronto y disfrutar de la paz al máximo.
Silvia
barcelona...mi casa...no esperabas pasarlo tan bien sola??? acaso olvidaste que entre tu vida y tu hay el mismo espacio que entre un pintor y su cuadro?? TU eliges el pincel...TU decides que grosor tendra...puedes pintar finas lineas,( para eso uno con poco pelo)... o espacios grandes, (para eso uno del 6... o del 9...)
eva: eres tu y solo tu quien das color a tu vida...a mi me la pintastes de rosa, rojo, morado y amarillo...y ya sabes:a la patarrallada es como mas ricos son los caracoles...
Cuando te conviertas en marciana, me avisas. Siempre he tenido la curiosidad de ver a una marciana de cerca, y con una camiseta de la abeja Maya puesta. jeje
Besos
Carmen
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