domingo 2 de octubre de 2011

Mi lactancia hizo que no fuera una muñeca rota...

( "Mujer amamantando a su hijo" de Salvador Dalí. 1923 )

De pequeña yo daba de mamar a las muñecas mientras sus ojos artificiales se cerraban al mundo. Parecían muertas, pero el contacto con mis incipientes pechos hacía que esos juguetes, que tan rico olor a plástico desprendían, cobraran vida. Podía sentir los latidos de su corazón y la respiración mientras dormían. Después los colocaba en una cuna y los arropaba besándoles la frente.

De pequeña yo imaginaba entre mis brazos a una pequeña niña decorada con mi sonrisa, mis ojos bien abiertos y curiosos, mis regordetas piernas, esos andares destartalados que se asemejaban a mi admirada Pantera Rosa… creaba un pequeño mundo a mi alrededor, donde esa niña era feliz en brazos de una madre que a veces no tenía tiempo para acunarme porque había demasiados brazos que demandaban cariño, y los suyos entonces no abarcaban tanto. Jamás le reprocharé nada.

De pequeña observaba extasiada a mi madre, mientras amamantaba a los vástagos que me siguieron en el gran árbol genealógico de mi familia. Me quedaba embobada mirando sus caritas de satisfacción. Percibía una conexión muy especial entre mi madre y aquellos bebés. Todo me resultaba muy familiar; no podía dejar de mirar aquella imagen tan bella. La succionaban hasta quedar dormidos. Los mofletes de aquellos infantes, enrojecidos por la presión de unos pechos maternos tras la toma de ese elixir tan importante, y la sonrisa final de mi madre orgullosa por ofrecerles tan preciado regalo.

De pequeña, mi imaginación me hizo creer que mi madre no me amamantó. Siempre lo viví como una tragedia, porque sentía que si no había obtenido por naturaleza lo que recibieron todas aquellas criaturas que me precedieron y las que me sucedieron en aquel hogar, nunca podría ser una niña feliz y más tarde una adulta satisfecha. Cuando nací, en mi casa hubo una revolución inmobiliaria, una locura de mudanza que duró meses. Me llevaron a casa de la abuela y conjeturé en mi cabecita loca que a mi querida madre le fue imposible alimentarme como al resto de mis hermanos y hermanas. Este verano salí de dudas cuando mi madre me dijo con rotundidad: “¿Quién te ha dicho eso? tú fuiste amamantada como el resto”. Quizás con algo más de estrés que al resto, por esos cambios que se avecinaban, pero me sentí feliz de haber desmentido algo que desde que era una niña reposaba como una losa sobre mi cabeza. Sí fui amamantada, y ese nexo me unió desde entonces a mi madre para siempre, un lazo indisoluble que se estrechó cada día más. Ya lo sospechaba yo desde que era bien pequeña. Algunas cosas no me cuadraban. Me preguntaba una y otra vez que quizás por no haber tenido esa conexión materno-filiar era diferente al resto de la camada, o que tal vez por esa causa imaginada, en muchas ocasiones me sentía un ser de otro planeta. Pero no, mi madre interactuó piel con piel conmigo durante meses, y me ofreció ese alimento que entonces fue sólo para mí y que nadie podía arrebatarme entonces. A través de ese acto de desprendimiento total de una madre, la comunicación no verbal se estrechó entre ella y yo; por eso nunca tengo que decirle lo que siento, porque una madre siempre lo adivina en el rostro del fruto de su vientre. Ahora sé el motivo de tantas cosas que desde siempre he sentido hacia ella.

2 almas se han asomado...:

María dijo...

Me encantan las imágenes que salen en este post. son vívidas, claras, reales. Puedo oler hasta la leche materna que te alimentó esas fechas.
Afortunada tú y ese nexo con tu madre.
Besos
María

Anónimo dijo...

Yo crecí creyendo que era hija una gitana y me habían recogido de la calle y que sii no comía bien la gitana volvería para llevarme con ella. Ademas cuando me miraba mis manos, siempre tan morenas, no fallaba: yo era gitana. Cuando descubrí la verdad se calmo mi angustia. Por la calle cada vez que veía una gitana me moría de miedo pensande que me llevaría con ella. Evidentemente hasta empece a comer mejor cuando supe la verdad.
En fin...cuentos y cuentas de la infancia.
Besos.
P.V