La dueña de este blog me ha dicho que puedo utilizar este espacio cuando lo necesite. Ella está ahora “en otro estado”. No sé muy bien qué ha querido decir con eso, pero yo, que la conozco desde hace mucho tiempo, sé que está escondida en su cueva, la cueva de siempre, bloqueada con las palabras, que se le han atragantado y que se esfuerza en ordenar para decir algo coherente y sensato.
Quiero confesaros que no soy de este planeta. La propietaria de este blog, desde muy pequeña, solía dar paseos nocturnos por el espacio cuando sentía que era el momento de evadirse de la realidad y descansar de tanto ajetreo humano. Una mañana fresca de primavera se posó sobre mi planeta para descansar, y desde entonces tenemos una relación bastante íntima. Ella dijo en una ocasión que se sentía extranjera en la Tierra, y yo sonreí porque es un ser “humano de libro”, el prototipo de humanoide que se equivoca constantemente y que no sabe actuar en la mayoría de las ocasiones, ingenuo y demasiado confiado. He aprendido de ella el extraño funcionamiento del cerebro humano, y me jura y perjura que un día hará las maletas, tomará el cohete de las ocho de la mañana y se mudará a mi hogar. Dice que quiere llegar con luz para no perderse, porque se orienta muy mal en la oscuridad. Aunque ella es el arquetipo de humana más exacto que nunca encontré, tiene ciertos ramalazos de “bicho raro” que la capacitan sin duda para poder vivir en mi planeta, así que cuando lo decida tendrá las puertas de mi hogar abiertas. Yo llevo en la Tierra apenas cuatro meses, así que mi vivienda ha quedado libre para cuando ella desee ocuparla. Mientras lo decide, quedamos en su cueva para tomar café y le cuento mis progresos aquí en la Tierra.
Si no dije antes que pertenecía a otro planeta fue porque quiero pasar desapercibida, pero en este momento de mi existencia indefinida, hay pocas cosas a las que realmente puedo dar mucha importancia. Muchos humanos dan demasiado valor a cosas irrelevantes, y “todo es tan relativo”, como me suele decir mi amiga humana, la que desde hace tanto tiempo parece estar ausente de todo, en “standbay”, como paralizada por las circunstancias que le sobrevinieron hace unos meses y que ahora intenta con todas sus fuerzas seguir caminando hacia el futuro con una sonrisa enmarcando su rostro. He aprendido mucho de ella; me ha enseñado que hay que discernir bien lo importante de lo básico para vivir o sobrevivir en el planeta Tierra, entre otras cosas. Aquí todas las personas saben que HOY están, pero también reconocen que tal vez mañana ya no estén; por esa razón, muchos, las personas más lúcidas, aprovechan su tiempo observándose hacia dentro primero para verse bien las tripas, las miserias y las bondades, y más tarde mirar a los ojos de la gente que pasa por su lado para descubrir que las personas parecen iguales pero que no lo son, y que por ese simple motivo deben aprender a tratar a cada sujeto con hábiles estrategias para no equivocarse al juzgarlas. En mi planeta todo es eterno y bastante estático, por eso huí. Allí nada se pierde, aparentemente todo encaja, nada evoluciona, todo es perfecto, pero es sólo un programa que no suele fallar. Nada parece envejecer, ni el amor, ni la amistad, ni la ternura, ni la materia de la que estamos cubiertos. Yo deseo evolucionar y quiero que el amor, la amistad, la ternura y mi piel cambien con el tiempo. Quiero evolucionar, moverme, desbloquear mi sistema cuando lo desee. Nadie me reconocería ni se extrañaría al verme pateando las calles de la ciudad que ahora me cobija mientras aprendo el lenguaje del cuerpo humano un poco más cada día. He adoptado una identidad y un físico humano que a nadie haría sospechar que soy extrajera, y menos aún de un rincón del Universo tan apartado. Está tan retirado de cualquier parte que hasta ahora ningún ser humano ha podido ni tan siquiera intuirlo. A mí no me interesa lo acontecido ayer, por eso ni diré cómo se llama mi lugar de origen ni su localización, porque ya es pasado y todo lo que circula o pasa de largo por mi vida deja de existir en décimas de segundos, aunque tengo impresionadas ciertas imágenes o secuencias vividas que difícilmente podrán borrarse de la memoria infinita que tenemos los de mi especie. Nos formatean periódicamente, pero siempre quedan restos que no se borran y que a veces agradezco tener. Creo que por ese motivo he bajado a la Tierra, porque a los seres humanos les ocurre algo muy parecido pero a gran escala. “Eso es otro cantar”, como dicen ellos; sería difícil de explicar, pero en esa memoria, que ahora estoy tratando de limpiar yo sola sin ayuda de los especialistas de mi planeta, almacenamos situaciones pasadas, momentos para olvidar, instantes para recordar, soplos de placer infinito que se quedaron arrinconados en un lado poco accesible de esta memoria interna y eterna que nos colocaron al crearnos. Ese planeta es parte de mi pasado y por ahora no quiero volver. Me escapé salvando todos los puestos de seguridad. Necesitaba aires nuevos, encontrar mi esencia, escudriñar cada rincón del Universo en busca de un lugar donde poder camuflarme sin ser reconocida. Aquí, escondida entre los seres humanos, puedo sentir la piel caliente que les envuelve. La temperatura de un ser vivo, ya sea racional o irracional, es diferente a la de los seres que pueblan mi planeta. Los de mi especie tenemos el corazón muy caliente, la superficie que lo recubre es roja como el fuego, y a través de nuestros cuerpos desnudos y blanquecinos se puede observar un pequeño círculo casi perfecto de color muy rojo y cálido al tacto. Pero las extremidades superiores e inferiores, sobre todo manos y pies, y la cabeza de los que poblamos ese espacio interestelar, están siempre muy fríos. Mientras paseo por las grandes avenidas pobladas de humanos, y me rozo con alguno de ellos, me asombra mucho ese calor que desprenden y que no reconozco. Para mí es algo nuevo y sorprendente. Es un descubrimiento que me atrae, y que querría sentir en mi propio cuerpo, ése que me hicieron creer perfecto por ser eterno.
En mi vida anterior viajé mucho de un rincón a otro de mi planeta, siempre buscando conocerme mejor. Creía que encontrándome con otros seres similares a mí, llegaría a encontrarme a mí misma. Ahora me doy cuenta que no era ése el camino. Siempre me costó irme de los sitios donde había sido tan bien acogida, pero para reconocerme mejor, sólo era necesario escaparme y visitarme a mí misma por dentro, en soledad, en silencio, y lejos de la vorágine de las ciudades pobladas de seres como yo. Ahora es tiempo de salir corriendo del todo de algunos lugares y situaciones pasadas, de dejar atrás aquello que hizo alguna mella en mi burbuja, ésa en la que me refugiaba cuando vivía aún en aquel lugar frío, lejano y pasado. Ahora, de vez en cuando, cuando siento que regresa de forma inesperada parte de ese pasado que penetra en forma de miedo helador, me sigo refugiando por unos días en esa burbuja que aún conservo bien doblada bajo mi cama, en mi nuevo hogar humano. La despliego con cuidado sobre la cama, soplando con mi boca hasta llenarla por completo de un oxígeno purísimo. Lo hago todo con mucha cautela para que ningún humano pueda verme a través de las ventanas y sospeche que soy un extraño ser o alguien extravagante que oculta en su hogar una burbuja transparente de grandes dimensiones. La construí en mi planeta, en un tiempo pasado, con una espesa pero suave superficie que enjabono de vez en cuando con un rico jabón hecho a mano. Cuando siento alguna amenazada, penetro en ella para no dañar al resto del mundo, no para defenderme de él. Pensaréis que estoy un poco chiflada, pero es la verdad. Quiero ser HONESTA y tener CARIDAD, dicen que son cualidades muy humanas y por eso yo las practico a diario, para considerarme cada vez más como esos seres que nacen, crecen, se reproducen y mueren sin a veces despedirse. Cuando me escondo dentro de esta burbuja tan personal, es siempre pensando en no inquietar a los seres humanos que se me acercan a diario. No me tengo que defender porque mi valentía es infinita, es uno de los puntos más importantes de mi programación existencial. Me acomodo dentro de mi personal burbuja, aspiro ese olor tan penetrante, cierro mis ojos y me calmo a mí misma las ganas de sacar la cabeza por una de las ventanas de este hogar humano donde ahora habito, para no gritar que estoy irritada por alguna injusticia observada, o por algún dolor que mi corazón caliente de extraterrestre “cuasi” humano sintió al vivir alguna inapropiada situación que se me antoja novedosa y extraña. Tengo tanto que aprender de los seres humanos, pero a la vez tanto que desaprender de ellos también. He notado que muchos de estos seres sólo tienen las manos y los pies calientes, pero sus corazones están congelados como el hielo. En mi planeta todos somos iguales o casi iguales. Aquí en la Tierra no se puede generalizar y cada uno tiene sus propias particularidades, eso es algo que debo estudiar más detenidamente y con tiempo y mucha observación.
En este planeta tienen la costumbre de hacer la cama cada mañana cuando se levantan. Las primeras semanas de estar aquí, me esmeraba en dejar la colcha sin una arruga como veía hacer a ellos, cuando les espiaba intentando repetir todo como una autómata. Me di cuenta que al volver a utilizarla por la noche, mi sonrisa se volvía irónica, la deshacía sin remedio y me preguntaba una y otra vez por qué estúpida razón cada día debía hacer lo mismo: HACER PARA DESHACER DESPUÉS. Nunca me ha gustado deshacer nada cuando concibo algo, por eso llevo semanas sin hacer la cama, para probar la sensación contraria a la que sienten los humanos al deshacerlo todo a la menor oportunidad.
Estoy en fase de descubrimiento y como soy de un planeta donde los individuos podemos transformarnos en cualquier cosa que deseemos, un día en un pequeño pájaro de plumas brillantes y al siguiente en una rata de cloaca, yo elijo para estos meses de otoño, mudarme en una estrella plateada y con mucha luz. Mi deseo ahora es que sea de noche las veinticuatro horas que tiene el día en la Tierra y camuflarme entre las sombras, susurrando besos al aire. Besos que quizás lleguen con suerte a algún destino, si deben llegar. Si no, no importará, permanecerán en el viento, que los mecerá suavemente de un lado a otro hasta dormirlos. Serán los besos que no llegan a ninguna meta concreta, que se quedan en algún lugar apartado, abiertos como flores en primavera, esperando ser cazados y acariciados. Elijo ser una estrella solitaria en el firmamento infinito para ver desde arriba los movimientos humanos y regalar besos y guiños. Desde arriba todo se aprecia mucho mejor, y ahora necesito observar sin prisa para aprender más sobre estos seres tan extraños.
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"Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero yo no tenía la impresión de estar dentro de nada" (Del cuento: "Catedral" de Raymond Carver)
7 almas se han asomado...:
Yo quisiera ser Agar durante algunos momentos de mi vida, ahora por ejemplo. Poder formatear mi disco duro y olvidar en mi caso algunos fracasos vividos.
Vuelve pronto Eva, tu ausencia por la red se me hace extraña. Ya queda menos para la primavera, jeje.
Besos
Carmen
La dueña del blog tiene una cueva donde toma café con la señorita Agar. Pues a ver cuándo me invitas a tu cueva, yo llevo los pasteles. Le daremos calidez a la piedra, que el otoño en una cueva no debe ser muy cómodo.
Oye, Agar, qué gran amiga Eva que te presta su blog para expresarte.
Un abrazo fuerte
María
Bonito gesto el de Agar: encerrarse en una burbuja para no dañar a otras personas. Es una manera de controlar los impulsos, las rabias, las ganas de que por la boca nos salgan palabras sucias. Deberían vender esas burbujas en los chollo cien y que las utilizaran los que escondidos en ciertos blog hacen daño gratuíto a otros para vengarse, utilizando información íntima y de primera mano para meter el dedo en la herida más dolorosa. Yo admiro a Agar por usar esa estrategia y utilizar la palabra para suavizar sentimientos y no raspar la piel de los que alguna vez han estado cerca.
Besos con oxígeno purísimo
Pareciera que Agar ya haya sido en otro tiempo una estrella, por la luz y brillo que desprende.
Pero pobre dueña de blog. Tal vez haya sido una estrella destronada y por eso se esconda ahora en su cueva caliente. No sé qué pensar, pero seguir escondida es de cobardes. Agar, ya que dices ser buena amiga suya, aconséjale que salga de su agujero, sin miedo a nada, y Vuele alto. Las estrellas pueden volver a brillar si las ilumina una mano amiga.
Un saludo y a seguir rellenando el blog con palabras que hagan cosquillas en el corazón.
Helen
Gracias por vuestros comentarios, desconocidas visitantes de este blog, que no pretende ser más que un formato más donde escribir historias, donde se entremezclan la realidad y la fantasía haciendo real lo que siempre he soñado: unir palabras para decir cualquier cosa. Mi manera de evadirme y sentirme más llena.
No seguiré mucho tiempo escondida, sólo estoy descansando de todo, sobre todo de mí misma. Pero jamás dejaré de escribir, aquí o en la servilleta de cualquier cafetería. me da igual si lo hago mal o menos mal...eso es lo de menos cuando se quiere expresar algo.
Agar, gracias por llenar este huequito vacío desde hacía un mes. Oye, que si lo hablamos, lo mismo hacemos un intercambio y te quedas por temporadas en mi pequeño hogar y yo me suboa tu planeta. Pero sólo por temporadas, que yo presumo, aunque parezca lo contrario, de vivir con los pies muy bien colocados sobre la Tierra, aunque me guste de vez en cuando volar un rato por ahí y perderme.
Ah, en el chollo-cien de la esquina propondré lo de la venta de burbujas, estos son unos máquinas haciendo imitaciones, así que pronto sandran a la venta. Lo mismo para Navidad me pido yo una igualita a la de Agar.
Saludos a todas.
EVA
Perdón, "saldrán"...jeje..que se escapó la tilde...a saber dónde.
La lavadora parecía que se estaba preparando para el despegue y yo no sabía que hacer, si detenerla, por lo que pudiera pasar, o subirme encima de ella a ver a dónde me llevaba. Casi sin pensarlo tomé la segunda opción. Fue interesante. Sobravolamos toda la ciudad en menos de treinta minutos, la lavadora, mi bolso, y yo. El bolso, lo cogí, porque en él llevo lo necesario para vivir. Cuando sales no sabes si vas a volver, decides salir de alguna parte, o sales sin más, y a menudo no vuelves al mismo sitio, ni aún queriendo.
Y, en efecto, así sucedió, cuando quise volver de mi aventura, la lavadora había encontrado un mundo mejor y me quedé sin billete de regreso. Yo no lo pensé mucho, tenía ganas de desaparecer así que no me importó lo más mínimo encontrar el planeta de las lavadoras voladoras o el país de nunca jamás.
El sitio no era desagradable aunque olía a metal. Me fui acostumbrando, me adapté, incluso al ruido. Ahora escribo desde una lavadora, en este lugar es posible hacerlo, y no me arrepiento de nada. Perdí amigos, mi familia cree que he muerto, bueno, lo creyó. Las lavadoras del mundo están todas conectadas entre sí, y a través de una toalla francesa logré comunicarme con mi madre para que estuvieran tranquilos.
Ha pasado el tiempo y soy distinta, me he adaptado al lugar y a sus gentes, creo que me he convertido en un calcetín, azul. No me va mal como calcetín aunque echo de menos las manos.
Pasan los años y yo, que como todos los demás, cada día estoy un poco más viejo y desteñido, he conseguido ser feliz. Sin embargo, aunque no sirva de nada pensar lo que podría haber sido si algo hubiera sucedido de otra manera, siempre me queda una pregunta: Qué habría pasado si hubiera programado prelavado y el viaje hubiera durado algo más. No sé si mi destino hubiera sido el mismo, o tal vez, si es que existe destino, si me encontraría en el mismo lugar a pesar del prelavado. De momento continuo mi relato de aventura de extraño final o más bien sin él, con la ayuda de un amable guante de lana que teclea la felicidad de este viejo calcetín.
Sin embargo, también resulta raro que nunca me pregunto qué hubiera pasado si no me hubiera subido a la lavadora. Supongo que eso sí estaba escrito.
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