viernes 27 de enero de 2012

Mi constelación familiar...


El pasado fin de semana fue muy positivo para mí. Una de mis hermanas necesitó mi ayuda y se la brindé. Me alegró mucho haber compartido aquellas escasas cuarenta y ocho horas con ella. Creo que la última vez que estuvimos solas fue cuando estudiábamos en el instituto. Después, nuestras vidas se movieron por caminos diferentes… y al terminar los estudios universitarios, los encuentros se hicieron más esporádicos y siempre provocados por acontecimientos puntuales: bautizos, comuniones, bodas y defunciones. Esta vez ha sido muy diferente. Me encontraba muy relajada esperando darle una grata bienvenida. Intuía que esta reunión iba a ser todo un éxito. Fue fácil sentir qué ocurriría, ya que las travesuras de la infancia, inocentes y cándidas chiquilladas que se vivieron a diario en una casa llena de infantes, pasaron con más gloria que pena hace ya lustros; y de la adolescencia, etapa algo más controvertida, se borraron por fin aquellos tonos oscuros que estuvieron reposando en el fondo de una botella medio llena durante todo este tiempo. Las causas principales de tanto desencuentro se escondían en la revolución hormonal de aquellos años y en algunas situaciones familiares del momento, cargadas de estrés, ruido, niños creciendo, multitud de bocas bajo el mismo techo, y más y más ruido. Siempre he dicho que la casa de mi infancia se parece más a una pensión que a una hogar al uso. Donde cabían entonces doce miembros del clan familiar, nos encontramos, apretados como en el camarote de los hermanos Marx, dieciséis seres humanos de repente. Todos y cada uno de ellos buscaban su sitio y su intimidad. Unos la encontraban, otros la perdían, unos salían, otros entraban, algunas como yo volábamos para verlo todo con cierta perspectiva, y los más pequeños llenaban la casa con risas y juegos. Esta parte fue siempre la más gratificante de todas.

Últimamente estoy muy interesada en una terapia llamada “Constelaciones Familiares”. Este encuentro lo he vivido como mi primera sesión. He intentado sacarle todo su jugo y he tomado apuntes para mis sucesivas sesiones, que las viviré con intensidad en cuanto me siente al lado de mi madre a divagar sobre lo divino y lo humano.

Mi hermana y yo conversamos plácidamente sobre nuestro pasado juntas, adornando el momento con alguna que otra sonrisa. La memoria para los malos tiempos se nos fue por el retrete y eso hizo que esta cita fuera de lo más productiva. Hellinger, el creador de esta terapia innovadora, decía cuando hablaba de la Constelación Familiar, que era necesario colocar a la familia en el espacio. Curioso, porque en muchos momentos de mi vida he estado por encima de las nubes, entre estrellas, soñando que flotaba. Pero hablando en serio, este filósofo y pedagogo, cuando inventó este método, lo primero que hizo fue ubicar a diferentes miembros de la familia como si sobrevolasen alrededor de una gran estrella que en ese momento eres tú. Bonito escenario para realizar una terapia familiar donde todas las piezas que flotan están relacionadas y son relevantes. Patidifusa me quedé cuando leí que nuestros antepasados difuntos pueden influir en la actitud que ahora tenemos ante la vida. Nuestros errores pueden ser reflejo de los errores de algún tatarabuelo despistado; y nuestros aciertos, dones, o incluso fracasos amorosos, los mismos que quizás tuvieron hace siglos alguna bisabuela demasiado dependiente o servicial de la figura del bisabuelo de turno.

He sido anfitriona feliz y sonriente, paseante tranquila por las calles de Madrid, parlanchina discreta y mejor oyente; todo en uno. Un reencuentro venturoso y agradable. En menos de cuarenta y ocho horas, la impresión que he tenido, recíproca por lo que ella me ha comunicado, ha sido muy positiva. El tiempo bailaba en el reloj como riéndose de nosotras, mientras que nosotras nos olvidamos del tiempo como si no existiera.

−El otro día, cuando fuimos al Museo Thyssen, pasamos por mi antiguo colegio –le decía a mi hermana al día siguiente de haber disfrutando de algunos museos de la capital. Yo reía. Pensé entonces que todo es tan relativo como queramos vivirlo. El tiempo, el espacio. En ese instante, tomando la merienda en un bar castizo del centro de Madrid, descansando tras una mañana ajetreada pero placentera, nos pareció a las dos que los meses e incluso los años no habían pasado por nosotras. No coincidimos mucho en la actualidad, sin embargo, en nuestra más tierna infancia, compartimos una cama de “cuerpo y medio” o de “matrimonio cariñoso”, que mucho antes había sido la cama que utilizó mi padre en su juventud. Nada es casual. Otro apunte a tener en cuenta. Muchos de nuestros sueños infantiles se forjaron entonces, y los miedos, inconfesables todos, se enredaban cada noche entre las pesadas mantas de rayas de colores, en silencio, a escondidas. Por entonces, y con apenas cinco años escasos, competía con ella para ver quién de las dos no mojaba la cama esa noche. Ella no recordó esta anécdota sobre pañales cuando se la narré; ella sólo tenía tres años, y yo ya comenzaba a desarrollar cierta picardía de niña superviviente. Me confirmó con cierto asombro mi buena memoria para situaciones de la infancia que ella ha olvidado por completo. Por entonces la diferencia de edad se notaba bastante. Mi madre utilizaba como pañales, trozos de gasas enormes y algunas toallas despedazadas. No sé por qué razón, pero le adjudiqué a una de aquellas viejas toallas cierto halo de misterio y magia. Mucha picardía, sí, pero también mucha inocencia. Fantaseé con que si nuestra madre nos colocaba ese pañal, la afortunada no se orinaría encima esa noche. Cierto es que en la mayoría de las ocasiones no falló mi predicción; pero una vez, creo que de las pocas que me dejaron elegir, o más bien rogar, para que mi madre me adjudicase ese milagroso trapo, tuve la mala suerte de atravesarlo con una micción bastante abundante y mojar las sábanas. Por la mañana sentí que la magia se había esfumado de aquel pañal. Fue una de mis primeras frustraciones infantiles. Consideré que me estaba haciendo mayor.

Sin duda alguna he sentido como si me reencontrara con una vieja amiga. Disfrutamos riéndonos de nuestro pasado juntas, y limado asperezas, que a pesar de haber existido en su día, ya no estaban. Nos hemos reído, sí, y también rascado en lo más profundo y encontrado nostálgicos recuerdos. Paseamos por Madrid como dos adolescentes, disfrutando de cada detalle, de cada rincón. La ciudad nos ofreció su encanto, y nosotras le agradecimos esos momentos con caras de asombro por todo lo nuevo. Ella olvidó que había venido a realizar un examen importante. Yo olvidé que debía llevarla al examen. Sin prisas, con muchas pausas improvisadas. Curioso señalar que comenzamos juntas el año nuevo chino que se celebraba en diferentes puntos de la ciudad. De nuevo la memoria jugaba caprichosa con mis recuerdos. Me trajo las ausencias de celebraciones de muchos años nuevos en los que no coincidimos. Más de los que yo hubiera deseado. Todo parecía engarzarse. Todo se relacionaba con un puntito de magia, la que perdió el pañal ese día en que los huesos que cubrían mi cerebro se ensancharon para dejar hueco a mis siguientes recuerdos.

*************

“Para quererse, fortalecer el amor propio y sentirse merecedor/a, hay que trabajar en cuatro pilares básicos: AUTOCONCEPTO ( lo que pienso de mí ), AUTOIMAGEN (cuánto me gusto ), AUTOREFORZAMIENTO ( cuánto gusto y motivación me doy ) y AUTOEFICACIA (si confío o no en mí ). El amor empieza en nuestra propia casa. El primer amor debe ser nuestro propio “yo”, no narcisismo, sino amor propio del bueno, sin egolatría. Uno da lo que piensa que vale. “Te quiero y me quiero” es mejor que amar ciegamente y entregarse sin reparos. Si crees que vales como persona, llegarás a la conclusión de que todo amor debe ser recíproco.” (escrito por Walter Riso el 27 de enero de 2012…. Tampoco esto es casual ).

4 almas se han asomado...:

frantic dijo...

Siempre me ha llamado la atención el concepto de "Constelaciones familiares" como terapia y, aunque creo que no lo seguiré nunca como tal (como te he dicho en el feis, las cosas que encontramos en el camino es porque nos estaban esperando y me parece que las cc.ff. no estan entre mis "esperantes") me resulta muy curioso.

Ya nos irás contando.

chris dijo...

Creo que te gustaría el curso que estoy haciendo yo. Ya hablaremos de él por si te interesa algún taller.

Me ha encantado lo que nos cuentas porque pasamos mucho tiempo alejados de los lazos familiares, perdidos entre las brumas oscuras de la memoria. Cuando pasa el tiempo suficiente y nos llega el momento, podemos retomar esos lazos sin que ninguna niebla pueda hacer perder de vista los sentimientos que bullen por la sangre. Y recobramos la felicidad inherente a los niños, esa alegría de verte y reconocerte en tu hermana.

Qué lindo...

Anónimo dijo...

Preciosa entrada Eva. Me alegra que hayas podido disfrutar de tu hermana, sé que no podéis veros muy a menudo. Entrañable lo que cuentas de vuestra niñez.
Ojalá le saliera bien el examen.

Saluditos Eva

belma dijo...

Hola hola, creo que me toca entrar en escena ahora a mí, sí, yo soy la hermana del fin de semana maravilloso en Madrid, ¡tachín!
Ja ja, me ha sorprendido tus bonitos recuerdos y tu forma de escribirlo, eres genial. Es algo que siempre envidiaba de tí. sí envidiaba , recuerdo incluso de chica, no sé si estábamos en 7ºde EGB llegué a plagiar ja ja alguna historia o poesía tuya, ja ja...no recuerdo muy bien para qué, si era para algún trabajo de clase, o algún concurso...
Cuántos recuerdos, buenos y malos, da igual, yo trato a los recuerdos en su justa medida, simplemente son recuerdos, y no debemos dejarnos afectar por ellos, no deben manipular nuestras emociones, sino verlos con perspectiva razonable como si viésemos una película. A mí me funciona a veces...
Yo sigo después de dos semanas contando a unos y otros distintas anécdotas del fin de semana en Madrid. Estuve muy relajada, me gustaría ir más a menudo para dejarme llevar por esas calles bulliciosas a través de tus pies y tus recuerdos...Un beso