domingo, 17 de noviembre de 2013

LA TÓMBOLA a secas...


                       (Fotografía de Lubélia Cortez. Berlín-2013)
Últimamente estoy en tantas cosas… inventar historias, organizar, traducir, evaluar, programar, ordenar, soñar, que me olvido de escribir sobre mí. Me parecería un desatino abandonar este escondrijo que nació para consolarme, para desahogarme, para llenar una parte de mi vida que hace casi siete años se encontraba muy vacía, y que con el tiempo se fue transformando en la mejor terapia que he conocido. Una sesión semanal o quincenal de “Tómbola” me supone un ahorro considerable en psicólogos o psicólogas, en serio, (jajaja). Tal vez hoy por hoy no tenga que consolarme, ni desahogarme ni rellenar vacíos. Es una buena señal, no creen?

Este blog no tiene más pretensiones que la de emborronar periódicamente páginas en blanco con pensamientos, poemas, narraciones breves, emociones, o reflexiones sobre cualquier cosa que pase por mi inquieta cabeza. Me surgió la idea de abrir esta ventana al mundo, porque en muchas ocasiones me descubro pensando en voz alta, gritando o susurrando lo que me preocupa o lo que me apasiona. Y entonces pienso: “¿por qué no dejarlo todo escrito?... así cuando sea viejita podré releerlo y sonreír o llorar recordando viejos tiempos”.

Es un lugar donde a pesar del carácter público que posee, mi alma se desnuda cuando sólo a mí me apetece, sin que nada ni nadie me pueda condenar por ser más sincera de la cuenta o  reprobarme que escribir sobre mis tripas más de lo debido pueda ser algo contraproducente para la salud (pública).

Siempre he intentado actuar con transparencia y expresarme con honestidad, aspirando a ser muy considerada con las personas que me leen… y hasta con las que no me leen.

Y aunque el nombre de este blog les traiga a la mente el soniquete de una canción bastante conocida y pasada de moda aquí en España, el nacimiento de este rinconcito nada tiene que ver con la letra de esa canción, más que en aquel verso que repite tanto sobre que la vida es una tómbola de luz y de color y bla, bla, bla. Así que hoy decido hacer una incisión limpia, cual cirujana experta, y sin derramar ni una sola gota de sangre, (y menos aún derramar una lágrima) me quedo con LA TÓMBOLA a secas, que se acerca más al origen de lo que pretendía cuando lo inauguré.

Previamente al nacimiento del blog, andaba yo jugando relajada a la vida, en una tómbola llena de muñequitas de feria y osos blanditos y suaves de peluche. Estaba muy segura de todo. Siempre he optado por tener las cosas (y a las personas) que valoro y quiero a mano, visibles, cerca de mi piel y mis huesos, como si formaran parte de mi estructura, eso siempre me da cierta seguridad. En aquellos momentos recaudé mucho amor, cariño, sueños y algunos proyectos; un futuro dibujado con finísimos pinceles que acariciaban suaves un lienzo limpio y bien tratado. Pero como al fin y al cabo la vida SÍ es una tómbola,  y es por eso por lo que le puse aquel nombre y no otro a este espacio, se me antojó comprar algunas papeletas de la suerte y jugármelo todo a un solo número. Yo, que detesto los juegos de azar porque son ilusiones que en nada se sustentan, pensaba que todo se mantendría tal y como estaba… y no, perdí todo lo que había alcanzado hasta entonces. No me arrepiento ahora de habérmela jugado, porque aquello ya aconteció y ahora, en este punto de mi vida, tengo mucho más de lo que en aquel tiempo había atesorado. Me tengo a mí misma.

Lo que pasó después hizo que mi vida cambiara de forma radical, afortunadamente. Hizo que comprendiera que nada es estático y que en unas semanas, quizás días e incluso horas, tu existencia, que podía parecerte la más acomodada y equilibrada del mundo, se tambalee, poniendo en jaque incluso tu propia salud.

En cada etapa de la vida existen muchas tómbolas, van cambiando, como las modas. Juegas, arriesgas toda tu fortuna y pierdes y ganas según esté ese día de juguetón el señor Destino.
Cerraron la tómbola por defunción y por mejoras en su estructura, y poco después, cuando parecía que nada tenía sentido, abrí mi propio negocio, mi tómbola, para tener todas las muñecas y todos los osos de peluches suaves y blanditos que me apeteciera tener.

Metí mis manos en los bolsillos para hacerme la fuerte, como  hago siempre, y seguí caminando con la cabeza bien alta y una gran sonrisa dibujada en mi cara. En el fondo de un bolsillo encontré un puñado de céntimos que quedaron olvidados. Eran mis monedas de la suerte y esperaban una gran apuesta. Las he sacado hace algún tiempo y arrojado a una fuente. Con suerte volverán a tener un nuevo destino.


Me he prometido a mí misma no apostar nunca más sabiendo de antemano que ese juego no lo voy a ganar. Me he vuelto valiente a fuerza de apuestas estúpidas.
Desde entonces, jamás perdí la sonrisa ni la perspectiva, tampoco la ilusión. Por eso, aunque no me guste participar en juegos de azar, sé que me ha tocado el gran premio, y no he utilizado ni una sola moneda.

SE BUSCAN IDEAS...

¿Alguien ha visto por ahí alguna de mis ideas? Confieso que las tenía bastante desordenadas, escondidas por los rincones más insospechados de la casa, pero por más que remuevo no encuentro ninguna. Necesito escribir sobre algo, aunque sea sobre la incoherencia de este post, algo sin sustancia. Mis dedos no se mueven con la ligereza que antes lo hacían sobre el teclado, siguiendo al pensamiento. Algo ocurre. Alguien ha entrado y me ha despojado de mis ideas. Pensaba que tenía un contrato de por vida con esas musas ardientes con las que a veces amanezco, pero se han largado y no han dejado ni una nota. ¡Insensatas! ¿Quién las necesita?
-¡Toc!,¡toc! -me digo, dándome toquecitos en la cabeza a ver si contesta alguien ahí dentro; pero no, nadie responde. Sólo descubro que mis emociones siguen intactas; se me insinúan, retirándose de forma sugerente la sábana blanca que tapa sus vergüenzas. Las observo de reojo y les ofrezco una sonrisa de complicidad. Me siento aliviada. Entonces me doy cuenta que si ellas están ahí estoy salvada.
Llevo días en los que la repetición de acciones me inquieta. Cada mañana hago lo mismo, desnudo mi cuerpo, aún medio dormido, meto una pierna en la bañera, después la otra, corro la cortina, me agacho para abrir el grifo y me veo encerrada en la misma rutina. Hablar del baño matutino no es muy interesante, más bien es aburrido, pero hablar de la sensación primera que tengo al entrar en la bañera no es tema baladí. Me convierto en un robot que va en automático o en un pequeño pez que da vueltas y vueltas dentro de su pequeña pecera circular. Todo está programado, el pan salta de la tostadora, el café silba, y cuando el desayuno está preparado, intento dilatar, aunque no puedo porque debo coger el metro a una hora determinada, el tiempo para disfrutar de ese momento tan íntimo: yo, mi café y mis tostadas.
¿Dónde están mis ideas?, si alguien las encuentra, les agradecería me lo hicieran saber. Tengo una recompensa preparada como agradecimiento. Ah, y las musas que no vuelvan, ya no habrá más oportunidades para ellas, un contrato es un contrato...

domingo, 3 de noviembre de 2013

El kilómetro cero...




He recorrido un largo trecho hasta llegar a este punto del camino, pero por fin he llegado. Ha sido un viaje tedioso y accidentado. No todo fue un camino de rosas, no. Hubo contratiempos y vicisitudes que sobrepasé con éxito, además de algunas derrotas que permanecieron sobre mis hombros durante muchos kilómetros, con aparente quietud, y haciendo que mis pies en ocasiones hicieran esfuerzos sobrehumanos para avanzar. Pero llegó el momento de descansar, también un tiempo para reflexionar sobre mi travesía.

Descolgué la mochila de mi espalda y me sentí ligera como una nube. Me tambaleé y casi perdí el equilibrio.  Avancé unos metros de puntilla, como hacen los chiquillos que están aprendiendo a desplazarse por la vida. “Ahora tendré que aprender a andar de nuevo y  a mantenerme en pie sin caer, como cuando era un bebé”, me dije riéndome de mí misma. Apoyé la mochila junto a  un arbusto, la abrí y saqué una pala. Hice un agujero considerable justo ahí,  donde me había detenido segundos antes.

Allí mismo, en aquel punto incierto y desconocido de mi camino, comencé a sacar de la mochila  todo lo que había guardado durante lustros y a lanzarlo dentro de aquel agujero para desprenderme de tanto peso inútil.

Metí la mano rebuscando y removiendo todo. Lo primero que saqué fue una bolsa llena de pesadillas. “¿Qué hace esto aquí?...¡fuera! “, grité.  Volví a meter de nuevo la mano y palpé algo duro y pequeño. Una caja donde guardaba  algunos miedos.  “Esto no lo necesito para vivir…¡fuera!”, grité de nuevo.  Rebusqué  y en esta ocasión hallé algo que me sorprendió, un montón de despedidas amargas y otros tantos duelos.  Iban en envoltorios individuales, con nombres escritos que hasta yo había olvidado, y muy bien cerrados. Las despedidas y los duelos suelen tener bastante peso y me costó sacarlos. Los lancé  uno a uno  y fueron cayendo dentro del agujero provocando gran estruendo.
“Esto otro ni siquiera sé qué es…”, dije frunciendo el ceño.  Era una pequeña bolsa de fieltro negro que escondía un puñado de piedrecitas con aristas muy afiladas. Le colgaba una etiqueta de cartón donde se podía leer la palabra “inseguridad”.  “Curiosa manera de tomar forma una inseguridad”, pensé. Arrojé con rabia la bolsita y sentí alivio.  Así continué durante horas, hasta que fui dejando de encontrar cosas inservibles en el fondo de la mochila y comencé a pensar que mi primer objetivo estaba cumplido. 

Me senté en medio  de ese camino que no tenía nombre. Estaba vacío y  limpio. Resplandecía y me hacía sentir muy bien. Casi nadie parecía transitarlo. Aproveché aquel silencio para percibir todo lo que mis sentidos me pudieran regalar en aquel momento tan decisivo.  Sonreí una y otra vez, no podía parar de hacerlo. Pensé que esa sensación era la que se tiene cuando estás aún en el útero materno. Desde allí todo parecía nuevo. Los colores de los árboles eran más vivos, las flores olían con más intensidad y el agua que corría por un arroyo cercano sonaba a música celestial. Quizá estaba en el Paraíso y no lo sabía.

Ahora en mi mochila sólo hay un puñado de cerillas que me ayudarán a iluminar el camino que seguiré a partir de ese instante, un cuaderno en blanco, un lápiz con la punta bien afilada y una goma de borrar  nueva. 
Posé el cuaderno en mi regazo, lo abrí por la primera página y escribí con letra muy clara y grande: “Estoy en el kilómetro cero. Hoy comienza todo”. Después coloqué la fecha  encima para no olvidarla nunca. 

(Relato de Eva Trigo Cervera y fotografía de Lubélia Carvalho)

También publicado en el blog conjunto http://lamanzanadeva.tumblr.com

sábado, 5 de octubre de 2013

A 575 dedos de ti…




Es una manía muy humana aferrarse a las cosas, recoger todo de aquí y de allá…  y calibrarlo, calcularlo, agruparlo, medirlo, clasificarlo y creer que así ordenamos el mundo. Suponer que poseemos algo, que lo controlamos, hace que todo se aleje más y más de nuestro centro. No nos engañemos, las cosas no nos pertenecen, y por tanto no podemos meterlas en sacos, en cajones, en botellas o en bolsas de plástico. Los lugares, las personas, las cosas, y la distancia entre todo lo que llena nuestro mundo, ése que creemos ver, oír o tocar, no son nuestros. Todo circula a nuestro alrededor acariciándonos la vida y el alma.

Nos aferramos a las unidades de medida inventadas por el ser humano para sentir que tenemos el poder. Pero el tiempo, el espacio, los volúmenes… son espejismos, una ilusión, un truco de magia. Los patrones de medida para mí quizás no sean los de cualquiera. En mi presente, cada kilómetro mide sólo un dedo de ancho, porque la distancia que me lleva a donde quiero es tan subjetiva que puedo cambiarla a voluntad. Un ejemplo claro es que cada noche, al quedarme dormida, percibo una respiración a sólo el ancho de un dedo de distancia de mi oreja. Al despertar, a mi lado no parece haber nadie, al menos visible al ojo humano, pero sigue ahí, respirando para mí y dándome los buenos días.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El otoño es un buen tipo...



Quedan horas para que el otoño comience y ya se ha puesto en contacto conmigo.  Después entenderéis por qué digo esto.

Al comienzo de este período, siempre escucho decir: “Es la estación que más me gusta”.  Yo no debo ser muy normal, pero rehago la frase y me apunto este año una, que exprese tal cual lo que siento: “El otoño es la estación que quiero que más me guste”.
Me estoy preparando para que estos meses sean especiales y no me afecte la reducción de luz, el frío, la humedad, el color gris...  

Creo que el otoño me tiene en cuenta cada año y se esfuerza porque yo esté realmente satisfecha.  Él sabe que cuando lo veo llegar, mis piernas tiemblan de miedo, por eso, cada comienzo de curso, inicia una programación individualizada (como la que les realizo yo a mi alumnado cada principio de curso, vamos) que dura apenas tres meses. Lo hace para  hacerme feliz, lo sé. Él creerá que no me he dado cuenta, como le ha ocurrido en los años anteriores,  incluso pensará que va a ser igual que siempre, pero no, nada de eso. Es bastante  despistado, incluso más que yo, casi siempre llega por sorpresa, pero este año va a ser diferente al resto; siempre es diferente, diréis. Hace semanas que le espero en silencio mientras miro por la ventana… y ya mi cuerpo, mi corazón y hasta mi alma están en guardia, preparada para cualquier cosa.

Que conste que adoro el decorado que cada año monta en mi honor. Menudo trabajo el de llenar las calles con hojas que crujen bajo mis botas. ¿Os imagináis lo difícil que debe ser espolvorear las ciudades que visito con un aroma inconfundible a madera y tierra mojada?... ¿y qué me decís de la maravillosa forma de engalanar los parques y las plazas de imposibles ocres? Lo hace para alegrarme la vista, y por supuesto para hacer que cada imagen que me voy encontrando, parezca pasada por el filtro de un programa de diseño fotográfico.  Me maravilla el gran compromiso  que el otoño ha adquirido cada año conmigo, tengo que reconocerlo.

A su manera, el otoño ha tenido su primera aproximación,  y ahora es cuando retomo el principio de este post. Aparte de estar preparando todo ese montaje escénico, ya ha bromeado conmigo  nada más empezar el día para despertarme las primeras sonrisas de la temporada más oscura del año.

Al abrir los ojos esta mañana, y como cualquier día, después de un estiramiento casi perruno, me he incorporado en la cama, he buscado casi a oscuras con los pies las chanclas veraniegas (sí, todavía hace mucho calor y me gusta darle alas a mis dedos) y me he dirigido al cuarto de baño a lavarme la cara para despejarme un poco. He recorrido el largo pasillo que da a la cocina y me he preparado un buen desayuno para comenzar este primer domingo de comienzos de una nueva etapa. En esta etapa, y no en otra,  pensaba mientras llenaba la cafetera y saltaban las tostadas. Repasaba en mi cabeza, aún dormida, una lista enorme de personas que adoran esta estación y en lo rara que debo ser yo por no ser una de ellas. El café  subió,  llamándome la atención con su particular sonido (es una cafetera italiana y me recuerda a mi abuela) y despertándome de tanta divagación sobre la influencia de las estaciones en los seres humanos. Llevé la bandeja al salón y al sentarme en el sofá me di cuenta de que me había colocado al revés mis chanclas. La derecha en el pie izquierdo y la izquierda en el pie derecho. Algo increíble teniendo en cuenta la incomodidad que supone eso y la sensibilidad que tengo en determinados dedos. Solté una carcajada,  y después otra, y después otra, y  así sin parar durante un buen rato. Tal impresión debí darle a mi compañera de piso,  Honey (la perra lectora),  que saltó sobre mí creyendo que la invitaba a jugar. El desayuno de este primer domingo de comienzos de una nueva etapa ha sido muy especial.

Igual que suelo ser de lágrima fácil, también soy de risa (demasiado) fácil, y después de esta aparentemente estúpida anécdota, he pensado que este descuido sólo lo ha podido provocar el otoño para hacerme reír.

Es un buen tipo, no hay más que verlo. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Tu perfume...



Debe ser hereditario, porque creo que adquirí con el resto de genes una capacidad olfativa fuera de lo normal. Mi padre ya la tenía y supongo que mis ancestros también. No sé si tendrá que ver con el gran apéndice que  adorna el centro de algunos rostros de familiares paternos, pero coincide “apellido” con “tamaño”. Eso sí, aunque las personas que me conocen puedan pensar que mi nariz es regia y majestuosa, puedo decir, sin equivocarme, que es una de las más pequeñas de la familia, y que yo jamás he sentido esa magnitud tan tremenda que se le presupone. Eso sí, esa habilidad por olisquear y descubrir olores la poseo desde que nací. 
Tengo muchas manías, algo humano por otra parte; una de ellas es oler casi todos los alimentos que posteriormente van a ser ingeridos por mi. No es por seguridad,  si así fuera, podrían contratarme para detectar alimentos en mal estado o envenenados. En otra época sería mi trabajo tal vez.  

Dice mi madre que hay dos alimentos que gustan más por su olor que por su sabor, son el limón y el café. Tiene razón, son dos olores que podría estar oliendo todo el día sin cansarme, pero no son sabores que disfrute mucho, ambos los utilizo por necesidad. Yo a esa escasa lista de mi madre añado el chocolate… podría acercar a mi nariz una onza de ese rico manjar durante largas horas sin catarlo. Os lo puedo asegurar y hasta tengo pruebas.  Reservo, desde hace algunos meses, una caja con rico chocolate, traído expresamente desde Bélgica. Desde entonces la caja continúa intacta. De vez en cuando la saco, la olisqueo con los ojos cerrados y la vuelvo a guardar para que no pierda su esencia. Espero una buena ocasión para abrirla.

Desde que se utilizan los perfumes, las aguas de colonias, los geles con ricos aromas… nuestros cuerpos huelen a todo menos a ser humano. Hemos perdido la capacidad de reconocernos por el olor y a menudo acertamos con esta o aquella persona por la marca de perfume que utiliza.  Qué tristeza.  Hasta se pueden clasificar a los seres humanos por el tipo de “mejunje” que utiliza. 

Mi sentido del olfato ahora está muy sensible a la piel humana, a tu piel en concreto. Me gusta olfatearte la vida, sin artificio. Desde que descubrí que no es necesario esconderse detrás de un aroma artificial, al menos no a diario, también he descubierto que puedo sentir mejor el AMOR. Sí, el amor. Ya nuestros primitivos antepasados sentían el amor a través del olfato, no es algo nuevo.  Olfateo como un sabueso tu cuello y huele a ti,  acerco mi nariz a tu vientre y es a ti a lo que huele,  tus manos huelen a ti y tu alma no se esconde detrás de ninguna marca concreta. Te reconocería entre miles de cuerpos, porque mi olfato se ha acostumbrado a ti, se ha impregnado de esa sustancia tan tuya que no satura.  Perfume que perdura a través del tiempo,  una fragancia única. Ninguna marca en el mercado puede plagiarlo.
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