domingo, 20 de diciembre de 2015

Sobre qué escribir cuando no sabes SOBRE qué escribir




Fotografía de Lubélia Carvalho

Me hago esta pregunta mirando de reojo la pantalla vacía del ordenador. Y sé que las palabras están ahí, lo sé porque cuando me pellizco la piel, sangro palabras. Quizá por eso no escribo nada últimamente, porque quiero esconderlas, esconderme… y porque me encuentro bien en este estado.  A pesar de ese alivio que se le presupone a enunciar cómo te sientes en cada momento, no estoy angustiada por no escupir señales, ya sean públicas o privadas.  

Hay personas que indagan, cuchichean detrás de las puertas, inventan o se montan películas sobre la situación emocional del resto del mundo sin entender que con su película ya están más que servidas. Creen haber encontrado eso que más te conviene y  que tú llevas toda la vida buscando; consideran que te falta algo importante para llevar una vida adecuada, como si fueran seres celestes e iluminados, y sobre todo completos; opinan alegremente sobre lo mal que lo estás haciendo y sobre cómo deberías caminar por la vida.  Todo esto me hace reír... y a veces llorar, por no poder hacerles entender que soy la que soy HOY, pese a quien le pese.

Lo que no saben es que ya no soporto con agrado ni una sola descortesía más sobre cómo llevo mi vida en la actualidad, por muy enmascarada que esté dentro de un contexto jocoso, porque me duele, a mí y sobre todo a quien defiendo con mi estilo de vida, que no es una opción, es mucho más que eso, es la respuesta adecuada, lo que andaba buscando siempre y a lo que siempre me había acercado. Tampoco saben, parece ser, que no necesito ni quiero la aprobación de nadie, ni que me digan lo que más me conviene según ciertos seudorazonamientos de salón.  Quiero alejarme de la hipocresía y de la gente hipócrita, del interés y de las personas interesadas;  tomarme la vida en serio, sonreír mucho pero por dentro, y sobre todo, estar en paz.  

Y las palabras salen, porque me estoy pellizcando la piel y sangro palabras.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Encontrar el centro...



Hoy me asomo a esta cueva que inventé hace casi ocho años. Hacía mucho que no pasaba por aquí, un año ya. La cueva nació para curarme porque creía que tenía que ser así, pero en realidad nunca estuve enferma. Solo fue un puente que crucé con demasiado vértigo. Creía que tenía que curarme? De qué? Qué estupidez. No lo sé a día de hoy, ni me importa, lo único que sé es que cada cosa que escribí salió como un vómito descontrolado y me salvó de caer. Más adelante las cosas se calmaron un poco y comencé a vivir una nueva vida. Hoy me cuesta expresarme en primera persona. Hago esfuerzos para contenerme, para no gritar y decir a los cuatro vientos lo que se mueve dentro. No consigo sentarme delante de la pantalla en blanco y darle forma coherente a lo que me pasa. 
Por eso, y porque no me apetece moldear mis frases hoy, este texto será un vómito, también descontrolado. 
Ha comenzado el curso, un año más. ¿Ya he dicho alguna vez que en mi vida cumplo cursos y no años...? Sí... y además coinciden con el mes en el que comienzan todos los cursos y supongo que muchas otras vidas. También es el mes que me alumbró y que me pesa desde hace tres cursos como una losa. 
Llevo afinando las puntas de mis dedos todas estas semanas de septiembre y hoy las deslizó sobre el teclado sin tener la obligación de ordenar mis ideas. Dejo que salgan por ellas letras, palabras, frases... que se tendrán que recolocar solas y como puedan en esta cueva cálida porque no me apetece nada hacer esfuerzos. Siento que salen con prisa, las freno para no decir más de lo que debo, pero de nuevo aprecio calor en las uñas, en las puntas de estos largos dedos que se afanan por estirarse para ayudarme a salir volando cada día.

Este verano ha sido muy intenso. He subido, he bajado, he jugado con personajes que aparecieron por sorpresa en mi vida meses antes y que después desaparecieron con un educado "adiós" que yo pedí al Universo. El Universo es muy gentil. Cuando los personajes de mi vida  me decepcionan, suelo sacarlos de escena y largarme rauda por donde vine. Cuando me escapo de alguna de mis historias es difícil volver a comenzarlas, tiro el borrador a la basura y abandono al personaje que antes había creído importante; no me compensa, por eso corro hacia el otro extremo del mundo huyendo. No es cobardía, lo hago por salud y porque correr en sentido contrario sí me compensa a la larga.

En algunos momentos veraniegos también me he dejado querer por la necesidad apremiante de sentirme viva. Y he guardado en un bolsillo muchos personajes nuevos que he ido encontrando por el camino.

También he amado este verano, he amado y mucho a personajes que ya  están  dentro, en un costado de mi vida. Pero que se escurren de entre mis manos y me provocan una impotencia con la que difícilmente puedo lidiar.

La decepción es algo tan traumático que a veces me asusta, pero la impotencia es peor. No es justo que nos decepcionemos tanto, y menos aún que sintamos impotencia. Tengo sueños, metas cosidas con hilos de colores al contorno de mi corazón, objetivos que querría que fuesen parte de mi futuro, de hecho hasta puedo visionar esos logros cuando observo una pared en blanco. Los tengo enmarcados  en los tabiques de mi casa, guardados celosamente dentro de los armarios, sobre las estanterías, al lado de la botella de leche de avena, colgados de los techos... llené cajones con esos sueños y ahí siguen, dormidos.

Siempre me ha gustado soñar y actuar en la vida como si al doblar la esquina me pudiese encontrar aquello que deseo. Siempre he ido por delante inventando el futuro, pero ahora ese futuro está difuminado por ese sentimiento de decepción del que hablaba unas líneas más arriba. No es justo, repito, sentir decepción. No es justo, repito, sentir impotencia. 
Y no estoy triste, curiosamente hoy no, hasta diría que estoy feliz, aunque pueda sonar a locura transitoria. A veces me sorprendo buscando otros sueños, nuevas metas que tal vez me salven del desencanto en el que estoy sumida.

Mudar de táctica a veces no es malo. Si cambias un sueño porque lo compartes y y no hay manera de que tus pasos y los de los personajes con los que compartes sueños coincidan, entonces nadie me podrá reprochar nunca nada. 
Estoy disfrutando de todo cuanto soy y de todo lo que atesoré. Disfruto de lo que sueño en silencio y vivo ruidosamente si hace falta. La cuestión es no perder el norte, ni el sur, ni el centro de mí misma, de hecho es lo más importante ahora. 
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