domingo, 3 de julio de 2016

Ajustando mi presente...



(Fotografía de: Eva Trigo Cervera9

Dice Lao que la existencia nace de la no-existencia. Es cierto que si no hay vacío no hay totalidad, pero rechazo la idea de que convivir con la adversidad te haga valorar más la felicidad; a veces sí, a veces no, y por supuesto no debe ser una premisa para acercarte a ella.

Confieso que hoy me siento deshabitada; tal vez esté llenando los depósitos de mi alma con ese vacío que había buscado en otras vidas y en otras etapas de esta existencia. Ahora vivo una nueva fase, en cierto modo buscada, deseada… esperada. Un cambio de hogar y un cambio de etapa. Llegó este momento y ahora me debato en una lucha desenfrenada de ajustes dolorosos pero necesarios. Una crisis existencial importante, como algunas que viví hace tanto y que hoy solo son un vago recuerdo.

Parte de mi pasado se quebró en estos últimos meses, con la vivacidad de un volcán. Su lava arrastró todo aquello de lo que había soñado soltarme. Las piezas de mi vida se desmoronaron ruidosamente, manchando todo a mi alrededor. Tuve que barrer con energía toda la mugre acumulada y tiré a la basura los pedazos inservibles. Mi vida desmembrada por unos meses se recompone ahora poco a poco con una sonrisa y algunas lágrimas. Eso sí, confieso que guardé algunas piezas, por aquello de honrar a esa parte de mi pasado con la que ahora me reconcilio.

La primera noche en mi nuevo hogar fue reveladora. Por causa del azar, la mudanza no pudo hacerse esa misma tarde. Todos mis enseres llegaron a la zona en un camión, y tal como llegó rodando, se marchó por donde había venido. “No puedo entrar en tu calle, no está permitido, es zona restringida y no quiero que me multen, así que volveré a las siete de la mañana para traerte tus cosas”.  Me bloqueé por unos minutos, pero me recompuse enseguida y metí la mano en mi bolso. Allí estaban las llaves de mi nueva vida. Podría haber sido peor. mudanza no pudo hacerse esa tardestl como lleg ora. Di dos vueltassue hago las paces, me rza a la vez y mis piezas Agradecí al Universo la incompetencia de aquel señor y me dispuse a prepararme para pasar la noche.

Cerré la puerta dando dos vueltas a la llave y sentí la felicidad acariciando las paredes desnudas. Me senté en el suelo, apoyando mi espalda en uno de los muros de mi nuevo hogar y respiré hondo.  Solo sentí vacío,  ese vacío que no duele y que te recupera de meses de estrés. Esa noche, aunque dormí sobre unos cartones y una manta prestados por un ángel que encontré en una tienda vecina, no fue una noche cualquiera. Cierto que casi no pegué ojo, pero desperté con energía y dispuesta a cambiarlo todo.


Y ahora soy otra, en un entorno nuevo, con esas piezas que no tiré a la basura para no olvidar las vivencias que me aportaron color y ternura en otro tiempo, aunque con ganas de hacer una hoguera gigante que purifique todo ese pasado que ahora ya no me duele tanto pero que hizo tambalear mis cimientos.

No sé a qué lugar pertenezco,  y en cierto modo tampoco me importa mucho estar o no estar en él.  Ahora toca esto, mañana no tengo idea. Ningún lugar me retiene ya ni creo que sea buena idea que ninguno me contenga o deba contenerme. Extrapolar este concepto a los seres vivos que me rodean es también un hecho. Ahora solo deseo con toda mi alma poder volver a mi centro. De allí salgo a menudo y allí quiero regresar siempre. Volver sabiendo que me espera una rama frondosa, una rama cualquiera enmarcada en un territorio recóndito que nadie conoce más que yo,  donde descansar de tanta convulsión.

Me siento más que nunca exploradora de un presente nuevo, el mío, observadora de este entramado en el que me sumergieron cuando nací en este cuerpo que solo tiene cuarenta y ocho años. Sí, “solo”, porque la línea temporal es alargada y se pierde en el horizonte y estos años que atesoro son pocos todavía para sentir que he logrado ciertos éxitos.

Yo sé que mi entramado es otro y está más cerca de lo que a simple vista se percibe. Está AQUÍ.

martes, 1 de marzo de 2016

Y te quedaste...

Fotografía de LuBélia Cortez

Entraste por mi boca
una madrugada en aquella inhóspita estación de servicio
donde paramos como dos adolescentes para reconocernos
las bocas blandas de suspiros nuevos 
y palabras y gestos que te robé ese día para quedármelos
te deslizaste hasta el fondo de mi alma 
porque ya no había puertas cerradas para ti
te quedaste… 
para siempre, dijiste 
para siempre, susurré yo con los dedos en el teclado… 
y ahora hagamos todo lo que nos salga de la poesía. 

Esa noche 
como todas las noches que siguieron
me abracé a la almohada esperando el alba.

lunes, 15 de febrero de 2016

Súper poderes...





De pequeña fui una niña con súper poderes. Creo que algo quedó de entonces, porque sigo sintiéndome liviana y con muchas ganas de volar todavía.

Tenía el poder de hacerme invisible cuando me reunía con la multitud de familiares que se arremolinaba ruidosa en el patio de la casa de mi infancia.  Otras veces, cuando los ruidos no eran de multitudes, sino de monstruos que amenazaban mi estabilidad y la de mis compañeras y compañeros de infancia, me hacía un ovillo en cualquiera de las habitaciones vacías de esa casa y por arte de magia nadie conseguía verme, invisible para cualquiera, ligera como una pluma e intocable. Este súper poder fue uno de los primeros que desarrollé.
  
Era un placer infinito pasear por los enormes corredores de esa casa, el espacioso corral y el patio, portando entre mis manos el espejo del cuarto de aseo. Lo apoyaba con fuerza sobre mi vientre, girado hacia el cielo. Acercaba mis ojos  al resplandor  y me disponía a disfrutar. Primero caminando despacio por el reflejo de los techos desconchados y después fuera, con más seguridad, sobre el de las nubes esponjosas que cruzaban el cielo. Fueron mis primeros vuelos, invisibles y solitarias acrobacias, aprovechando siempre el silencio y el vacío de la siesta.

En otras ocasiones me quedaba extasiada mirando la nuca de las personas que estaban sentadas viendo televisión en la sala, me concentraba en un punto, apretaba el entrecejo y después de unos minutos de esfuerzo mental, se obraba el milagro, la persona se giraba y me observaba extrañada. Yo disimulaba apartando la vista. Así con todo el mundo, con compañeras de clase, con gente que esperaba en una fila, en el cine… fue un súper poder que con el tiempo fui perdiendo por falta de práctica.

En una de las habitaciones donde se forjaron cada noche mis sueños, aquellos que transitan por otras dimensiones y que cada día apuntaba en un cuaderno para no olvidarlos, dormíamos cuatro o cinco hermanas, compartiendo camas, compartiendo oxígeno y compartiendo miedos.  A ciertas horas,  y después de intercambiar las alegrías y las penas vividas durante el día,  yo todavía seguía hilando frases con el tono somnoliento característico de esas horas intempestivas. Contaba alguna historia inventada, inyectando en mis palabras un dulce somnífero y narrando algo que ni ellas ni yo misma entendíamos bien. Hablaba de duendes  alados, de niñas que escapaban de sus casas para correr aventuras y de sueños que saltaban fuera de los bolsillos de mi abrigo, camino del colegio cada día. Era entonces cuando escuchaba ruiditos de bocas entreabiertas y suspiros. Me incorporaba, miraba a un lado y a otro del cuarto buscando alguna réplica y solo encontraba cuerpos inertes y cubiertos hasta las cejas.  Este súper poder de dormir a otras personas mientras retozan en la cama de al lado o en la mía propia, lo sigo manteniendo intacto y me siento orgullosa por ello.


Cuando comprobaba que el sueño había vencido a una habitación llena de niñas, con los ojos muy abiertos, recorría el techo de la habitación buscando formas que me arroparan para no tener miedo. Después, más calmada, respiraba hondo y cerraba mis ojos. Así comenzaban mis vuelos, viajaba muy lejos de allí, lejos de aquellas camas pesadas de mantas, lejos de aquellas paredes que crujían y supuraban humedad, lejos de todo. Ahí comenzaron a formarse mis alas, ahí fue cuando comencé a ser pájaro, una niña con súper poderes.

lunes, 8 de febrero de 2016

Nuestra alianza...



Giro las manecillas del reloj para llegar a ti y parar el tiempo,
vuelta a vuelta hacia atrás en un esfuerzo sobrehumano
por encontrar aquello que perdimos.
Y en una confusión de torpes aleteos,
vuelo hoy cada noche en un tic-tac de latidos
que esconden sonrisas antiguas.
Dónde estás que casi no te alcanzo?
Párate en el rellano a esperarme igual que hiciste entonces,
con la esperanza vestida de blanco inmaculado
y nuestros bolsillos rebosantes de sueños.

Pero hoy, por más que aletean en mi espalda las asustadas alas,
no encuentro el valor para acercarme tanto como entonces.

Y aunque ya no espero llegar a ningún puerto,
ni seguro…
ni en medio de la nada…
ni tuyo ni mío…
porque te has esfumado
yo desaparecido,
y porque las quimeras se han precipitado contra el suelo firme,
y hecho trizas,
seguiré pensando que aquellos mensajes que dibujamos
en papeles doblados,
escondidos bajo los almohadones de tu cama y la mía
y que trazaron tantas despedidas,
siempre serán la verdadera historia de nuestra alianza…


martes, 5 de enero de 2016

Hay algo misterioso en escribir...


                               Fotografía de Eva Trigo Cervera

Hay algo misterioso en escribir las primeras palabras de un texto, porque no tengo la menor idea de hacia dónde me llevarán. Solo sé que todo lo que aprendí en este mundo y siento hoy en mis tripas no puedo manifestarlo claramente. No es por el hecho de causar dolor ajeno por lo que me trago lo que siento, es más bien porque no sabría ordenar correctamente las ideas. Es algo mágico que afloren sin más sin yo proponérmelo, y hasta saludable que salgan. Lo peor es cuando parte de eso que siento no puedo vivirlo, no por ganas, más bien por la imposibilidad de articular mis huesos y mis neuronas en esta dimensión tan estrecha de miras que me encuentro cada día. Veo cosas que otras personas no pueden ver, y no me refiero a espectros, que también, pero eso es otro tema. Descubro actos en otras almas que me hacen abrir mis alas y huir muy lejos de ellas y aferrarme a un silencio propio y buscado, un silencio que me atrapa voluntariamente. Y escribo porque en el fondo quiero hablar y no hablar al mismo tiempo. Me es indiferente que me entiendan, yo sin poder organizar este texto para hacerlo comprensible, veo la luz. Es como si el lado del cerebro que me asignaron para cubrir la expresión estuviera atrofiado, y sin embargo, al escuchar a cada instante el barullo que hay en el exterior,  viera nítidamente aquello que se me ocultaba, claro y meridiano.

También hay algo misterioso en escribir las últimas palabras de un texto, porque no tengo la menor idea de a dónde me han llevado, ni me preocupa lo más mínimo. Solo el punto final como cierre dará buena cuenta de mis errores, porque ese punto final no lo pongo yo, si no las circunstancias.
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