CÓMO SALIR DE UN PÉNDULO POR LA PUERTA GRANDE

      

He tardado en escribir esta nueva entrada porque llevo unas semanas un poco descolocada, desmotivada y con poca energía para centrarme. Curiosamente, algunos péndulos han lanzado sus redes y me han mantenido atrapada durante un tiempo. ¡Y yo sin darme cuenta!

Ahora estarás pensando: «¿De qué hablas? ¿Se te ha ido la olla?».

Tranquilidad, que no me he vuelto loca. Lo que sí es seguro es que te estarás preguntando: ¿qué demonios son los péndulos?

Pues bien, Vadim Zeland* es quien acuñó el término péndulo en un sentido diferente al de esos péndulos que sujetas con tus dedos y que parecen dar respuestas a preguntas trascendentales. Pero no, esto nada tiene que ver con eso.

Entonces, ¿qué es un péndulo? Según Zeland, es una estructura energética que se hace fuerte y crece cada vez más gracias a la ATENCIÓN que le prestan las personas que la siguen y que vibran en la misma frecuencia. Cuantas más personas participan en ella, más poder puede ejercer sobre quienes están implicados.

Pero ¿qué tiene esto que ver con nosotros? Pues muchísimo más de lo que imaginamos, porque péndulos hay por todas partes. Estamos rodeados y no tienen piedad. Lo peor es que no somos conscientes de estar siendo manipulados por muchos de ellos en estos momentos.

Partidos políticos, equipos de fútbol, marcas de moda, cantantes y grupos musicales, Instagram, Facebook, redes sociales en general, la dichosa televisión, pandillas juveniles, ONG, movimientos espirituales, etc… Hasta las personas, poderosas o no, pueden ejercer una influencia enorme sobre otras, convirtiéndose en péndulos cuando consiguen arrastrar a un montón de seguidores… Hitler, Teresa de Calcuta, Gandhi, etc., cuyas vidas, acciones y propósitos son radicalmente diferentes, siguen siendo péndulos. ¡Y el flautista de Hamelín fue un péndulo de manual… y parecía buena persona! Consiguió que muchos le siguieran a pesar de no tener ni idea de hacia dónde iban. ¿Os suena de algo? A mí sí.

Los péndulos buscan alimentarse de nuestra energía. ¿Y qué significa eso? Pues que nos enganchan, captan nuestra atención y consiguen que les dediquemos nuestro tiempo, nuestros pensamientos, nuestras emociones y, en muchos casos, también nuestro dinero. A un péndulo no le importan sus miembros. Te hace sentir importante, pero solo lo serás si pagas con tu energía por seguir sus normas.

Lo curioso es que no siempre nos atrapan porque estemos de acuerdo con ellos, y esto es lo que hay que vigilar mejor para no caer en sus redes. A veces, incluso cuando los rechazamos, los criticamos o nos enfadamos con ellos, seguimos pendientes de lo que hacen. ¡Y ahí los alimentamos igualmente! Hablo por experiencia propia. Podemos estar tan atrapados por aquello que odiamos como por aquello que adoramos.

Pensemos, por ejemplo, en una pandilla o tribu urbana. Al principio, sus miembros se reúnen porque tienen gustos parecidos, escuchan la misma música, comparten intereses y disfrutan estando juntos. Todo parece estupendo. Pero, si uno de ellos empieza a discrepar, deja de seguir las normas no escritas del grupo o simplemente empieza a actúa de otra manera, empieza a no encajar. Aquí, de manera fulminante y aparentemente natural, el grupo escupe al infiel, irremediablemente.

Esto no sucede solamente en las pandillas. También pasa en el trabajo, en los partidos políticos elegidos, en la espiritualidad o en cualquier grupo en el que se espere que todos piensen y actúen de una determinada manera.

El ser humano abducido por el sistema y obligado a pasar por el aro de la oficialidad: en la sanidad, en la educación, en los gustos musicales, dirigidos por las modas del momento, en las películas que vemos o incluso en el hecho de ver determinados programas en las redes o en la televisión. Parece que siempre hay que pertenecer a algún bando, seguir alguna tendencia o aceptar lo que hace, consume o hasta piensa la mayoría. De lo contrario, te puedes sentir desactualizado. Una auténtica locura, la verdad.

Y si te sales del guion, puedes convertirte en un bicho raro. ¡Como si pensar por uno mismo fuera un defecto! Creo que esta condición es peligrosa para la supervivencia de cualquier péndulo, porque desaparecería poco a poco. ¡Y qué gusto da no estar de acuerdo con todas las normas de un grupo! Porque no somos borregos. Podemos escuchar, aprender, compartir y colaborar sin tener que entregar nuestra capacidad de decidir ni nuestra energía.

Los péndulos pueden enfrentarse entre sí y competir por conseguir seguidores. Lo vemos continuamente en la política, en el fútbol y en otros ámbitos de nuestras vidas. Cada uno intenta atraer a más personas, a más partidarios; incluso trata de captar a quienes están en el bando contrario. Ya sabéis que el sistema prima la dualidad y nos enfrenta. Eso sí que es una ida de olla y no lo mío, jeje.

Podemos acabar, si no despertamos, saltando de un lado a otro del péndulo, como hemos hecho muchas veces, o saltando de un péndulo a otro, convencidos de que ahora sí hemos encontrado el péndulo correcto, el que nos dará seguridad. Hoy estamos con unos, mañana con otros, porque los primeros nos han decepcionado y los segundos parecen tener la solución. Pero ¿somos realmente libres si necesitamos estar siempre en uno de los dos lados? Sinceramente, creo que no. Cambiar constantemente de chaqueta no significa necesariamente haber encontrado nuestro centro. A veces, solo estamos cambiando de péndulo y nos olvidamos de nosotros, de nuestras vidas, de nuestra identidad como seres libres.

He pasado por muchos grupos, pero no me he quedado en ninguno. Nunca he sentido demasiada inclinación a seguir a nadie ni a pertenecer a una pandilla cuando era joven; tampoco ahora. He estado en distintos ambientes relacionados con la espiritualidad, el desarrollo personal y determinadas prácticas. Y he conocido lugares en los que parecía casi obligado seguir a un maestro, o una doctrina o, peor todavía, una manera concreta de hacer las cosas, hasta de algo tan sencillo como respirar o meditar. ¿Recuerdas cuando nos quisieron enseñar a lavarnos las manos «correctamente» hace más de seis años? Como si nunca antes nos las hubiésemos lavado. ¡Qué tremendo!, ¿verdad? Pues esto es lo mismo. De muchas de esas experiencias me escapé de manera orgánica.

¿Por qué te marchabas?, te preguntarás. Porque no me resonaban, porque no me sentía a gusto o, sencillamente, porque sentía que me robaban mi libertad a la hora de cuestionarme o de simplemente pensar; ya me decían ellos cómo tenía que hacerlo. ¡Qué generosos!

Y ojo, que esto no significa que todo aquello fuera malo ni que no me aportara nada. Al contrario. Hay experiencias, seres y grupos que pueden ayudarnos muchísimo en un momento de nuestras vidas. Podemos aprender de ellos, agradecer lo vivido y continuar nuestro camino sin necesidad de permanecer allí para siempre.

Mi intención es ir por libre, compartir con todas las «pandillas» que me vaya encontrando, sin pertenecer obligatoriamente a ninguna. No quiero que nadie me abduzca, ni tampoco pasarme la vida luchando contra quienes intentan hacerlo. Quiero estar en mi centro, aprender de diferentes experiencias y quedarme con aquello que me sirva, sin sentirme obligada a seguir doctrinas o maestros, por muy ascendidos que estén o nos parezca que están.

Y ahora pasamos a la pregunta importante: ¿Cómo salimos de los péndulos? Y, además, por la puerta grande.

Pues parece que una de las claves está en dejar de alimentar aquello que nos tiene atrapados. Y eso significa no entrar en su juego, no reaccionar continuamente y no dedicarle nuestra energía a través del enfado, el rechazo, la rabia o la obsesión, porque lo único que conseguiremos es darle más fuerza y más energía a ese péndulo.

Reconozco que esto no resulta nada fácil, pero creo que lo elegante, en el caso de estar atrapado dentro de un péndulo, es ACEPTAR. Eso sí, sin olvidar, como bien dice Zeland, que aceptar no es lo mismo que conformarse. Tenemos que aceptar que fue un error asumir como propias las normas del péndulo del que queremos salir y MARCHARSE… sin más, sin hacer ruido y para siempre. Vadim Zeland dice: «La mejor defensa contra el péndulo es el VACÍO». Por eso, la idea es reconocer lo que está pasando, aceptar que nos hemos dejado atrapar y decidir salir de ahí. No es necesario odiar al péndulo en silencio, ni juzgarlo ni intentar destruirlo. Tampoco tenemos que convencer a sus seguidores de que están equivocados, si es que lo están; ese no es nuestro problema. Nada, no hay que hacer más que marcharse, sin montar una trifulca y, si es posible, sin mirar atrás constantemente.

Otra herramienta maravillosa que nos recomienda Zeland es el sentido del humor. Zeland propone utilizar la imaginación y la comicidad para desactivar nuestras reacciones negativas ante cualquier péndulo desagradable. Voy a utilizar un ejemplo mío, para no plagiar uno de Zeland. Imagínate que dos personas que conoces empiezan a hablar de política en una quedada y, en cuestión de segundos, la conversación se convierte en una batalla campal. ¿Y si, de repente, te imaginas la escena en cámara lenta? Exageras los gestos con las manos y los brazos, las bocas se abren muy despacio y la saliva se va desparramando muy lentamente en el aire, como copitos de nieve. Vale, la situación quizá no cambie, pero cambia mi manera de vivirla. Ya no necesito alimentar el estrés que supone escuchar a otros resolver el mundo con sus discusiones estériles sobre política, ¿verdad?

Otra posibilidad es lo que Zeland denomina extinción suave. La idea es no alimentar el conflicto con nuestra reacción. Si alguien a nuestro alrededor nos provoca, en lugar de enfadarnos, podemos intentar comprender qué necesita esa persona y utilizar nuestra imaginación para visualizarla tranquila, segura, contenta, relajada, muy dormida (aquí también podemos usar el humor, jaja). Así dejamos de alimentar el enfrentamiento y cambiamos nuestra manera de vivir la situación.

Escuchar atentamente a alguien no significa alimentar un péndulo ni quedarnos pillados con sus problemas. Puedes acompañar a alguien con cariño, poner límites y seguir en tu centro. No hace falta convertir cada apoyo que das escuchando en una lucha contra un péndulo. Tampoco hay que desconfiar de todo el mundo ni salir corriendo cada vez que alguien nos propone participar en algo. Más bien, se trata de observar si estamos ahí porque queremos o porque sentimos que tenemos que estarlo.

Los seres humanos solemos confiar en lo conocido. Lo familiar nos da seguridad y lo nuevo puede asustarnos. Por eso, pertenecer a un grupo puede hacernos sentir protegidos, importantes o acompañados. Y no hay nada malo en colaborar en una ONG, participar en una asociación o disfrutar de una comunidad. La cuestión es si seguimos ahí porque lo elegimos libremente o porque sentimos que no podemos marcharnos sin perder nuestra identidad.

Mi objetivo en esta etapa es no sentirme atrapada por ningún péndulo, sea un grupo o un individuo suelto; liberarme en lo posible del ego y estar en equilibrio, ni en un lado ni en el otro. Aprender de diferentes experiencias sin tener que jurar fidelidad a ninguna. Escuchar distintas opiniones sin sentirme obligada a elegir un bando. Poder estar con los demás sin dejar de estar conmigo misma. Estamos en el ello.

No necesito pasarme la vida huyendo de todo ni desconfiando de cada grupo que encuentro. Tampoco quiero combatir los péndulos, porque eso podría mantenerme tan enganchada como seguirlos. Quiero reconocer cuándo algo me arrastra, observarlo sin flagelarme por ello y decidir si deseo continuar ahí o largarme.

Porque quizá ser libre no consista en encontrar el péndulo perfecto, sino en dejar de necesitar algo que nos diga quiénes somos, qué debemos pensar y cómo tenemos que vivir.

Y si algún día descubro que he vuelto a engancharme, intentaré recordarlo, sonreír y salir por la puerta grande.

Sin odio, en paz y sin dejar de ser yo.

 

 

*Vadim Zeland, autor de la serie de libros Reality Transurfing, en la que desarrolla conceptos como la importancia, el espacio de las variantes y los péndulos, entre otros.

 

 

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