LA IMPORTANCIA PERSONAL
Hace un tiempo empecé a profundizar en la idea de la “Importancia Personal” de Carlos Castaneda, y me encajó enseguida con algo que ya vengo trabajándome desde hace algún tiempo: el EGO, al que miro de frente para bloquearlo, intentando ponerle límites para que no controle mi vida… incluso con la intención de que, poco a poco, pierda fuelle hasta que desaparezca. En ese sentido, la relación entre el ego y la “Importancia Personal” es bastante evidente.
La importancia personal es, en el fondo, todo eso que creemos ser y defendemos con uñas y dientes como si fuera nuestra identidad: lo que hacemos, lo que hemos conseguido, lo que sabemos, lo que los demás ven en nosotros. Pero, si lo percibes correctamente, en realidad no es lo que somos… es lo que creemos ser.
Y ese “creemos ser” está construido con muchos aspectos acumulados a lo largo de la vida humana: títulos académicos, experiencias personales o historias del pasado, incluso ideas y creencias que hemos heredado sin cuestionarlas en absoluto. Vamos juntando todo esto y acabamos diciendo: “esta soy yo”.
El ego necesita eso. Necesita poder decir: “yo soy abogada”, “soy médico”, “soy escritor”, “soy fotógrafa”, “soy especialista en esto o en lo otro”… no solo para definir eso que crees ser, sino para mantener ese papel hasta que tu cuerpo físico desaparezca. También mantenemos esas máscaras para protegernos de los egos más cercanos, así como para sostener una autoimagen desvirtuada; en suma, para sentirte alguien, para tener valor delante de otros, para llamar la atención, para conseguir reconocimiento, oportunidades o incluso afecto… parejas, amistades.
Y esto pasa más de lo que pensamos. En una conversación normal, alguien pregunta: “¿a qué te dedicas?” o “¿cómo te definirías?”… y, sin darte cuenta, ya estás eligiendo cómo contarlo, qué destacar, qué suena mejor, cómo adornar tu historia personal de manera atrayente. A veces embelleces, otras exageras un poco, o simplemente muestras la parte que más puede impresionar a las personas que vas conociendo, como lo harías en una entrevista de trabajo. Es como si estuviéramos en un casting eterno.
En el fondo hemos aprendido a vendernos para encajar, para gustar, para que te tengan en cuenta. Y así, poco a poco, dejamos de ser naturales y empezamos a vivir desde el personaje. Todo esto te mantiene en una tensión constante, repitiendo y afinando cada discurso que darás a las próximas personas que vas conociendo. Y, casi sin darte cuenta, terminas intentando controlar cada movimiento de tu vida.
Y por esta razón, muchas veces no sabemos mantener lo que un día nos hizo felices y sentimos que duraría para siempre, como si fuera algo tan permanente como la propia esencia que somos. Soltamos o recolocamos pensando que es lo mejor para nosotras… no porque haya dejado de tener valor, sino porque ya no percibimos ese brillo inicial que nos atrajo y ahora incluso nos incomoda.
Y es que, al ser humano —a esa forma hueca que vive en esta dimensión— le gusta lo novedoso; nos cansamos de lo conocido y buscamos nuevos escenarios, nuevos personajes aquí y allá, con los que comenzar de nuevo otra película: la que nos hemos montado desde que estamos en esta dimensión densa. Todo para mantener la misma mentira, esa que poco a poco va apagando lo que realmente somos.
Al principio engancha, claro. Lo nuevo seduce, pero no deja de ser ilusión, algo impermanente y, sobre todo, irreal.
Empezar de nuevo todo este periplo es como volver a entrar en un bucle existencial que debemos romper si queremos avanzar en nuestro proceso consciencial.
Hasta que un día empiezas a darte cuenta de algo sencillo: igual todo eso no es lo que eres… sino solo lo que crees ser. Y empiezas a desaprender, transitando y percibiendo de otra manera, más simple, quizá sin tanto “adorno”.
Y ahí, algo en ti se relaja.
Ya no hace falta estar todo el rato demostrando, ni explicando, ni sosteniendo una imagen. Empiezas a soltar, pero de verdad, poco a poco.
Y en ese soltar aparece algo más simple, más real. Sin etiquetas. Sin tanto esfuerzo, sin intensidad, sin el control que la vida que estabas viviendo te había impuesto. Ya no te importa la forma, tampoco la formación académica que hayas tenido, ni lo que ganes, ni siquiera lo que has experimentado en el pasado, porque nada de eso te define como SER.
Quizá ya no haga falta decir: “esto soy”. Quizá basta con ESTAR.
Como decía Castaneda, nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos. Y esa importancia que nos damos es justo lo que nos pesa. Cuando empiezas a soltar eso —a no estar tan pendiente de tu imagen, de lo que aparentas saber, de lo que siempre has querido demostrar a los demás o de lo que crees que eres— te vuelves más ligera. Más natural. Más libre.
Ya no tienes nada que vender, ya no defiendes tu postura por encima de la del resto, porque el resto eres tú y no hay nada que defender.
…Y desde ahí, la importancia personal pierde fuerza y nuestra Historia va diluyéndose para poder VIVIR la vida real, la que tu YO ORIGINAL, el que siempre has sido pero olvidaste, resurja por fin.



Comentarios