lunes, 12 de agosto de 2013

Me siento como una casa abandonada


                               Casa abandonada en Portugal
A veces me siento como una casa abandonada. Pero no como cualquier casa abandonada. Estos días me siento como una casa abandonada a su suerte.
Comencé el verano visitando una de las casas de mi infancia, la casa de mi madre. Una casa provisional, como todas las casas donde he morado. Las puertas de esta vivienda, que se han abierto y cerrado tantas veces, ahora se caen a trozos. 
Antes de recoger a mi madre para pasar unas semanas con ella en aquella casa, que desde hace más de dos años extiende sus brazos a visitas temporales, porque mi querida madre ya no la habita, estuve tres días con sus tres noches sola. Pocas oportunidades he tenido de estar sola en esa casa, y vivir esas sensaciones no fue grato para mí. Realmente no quiero volver a vivirlas. No es por miedo, nada de eso. Un revuelto de emociones se coló sin permiso en la habitación donde antaño dormíamos seis personas. Sola, muy sola en una casa que siempre estuvo llena de gente. La palabra "sola" es más que suficiente para explicar cómo me sentí. Esas noches no dormí bien. Mis ojos parecían dos platos. En realidad no dormí nada. Mi cabeza dio vueltas y vueltas... y giró tanto, que al observar el techo del cuarto no supe en qué época estaba. Escuché cuchicheos de niños y niñas que se contaban cosas a media noche, risas, llantos ahogados bajo sábanas almidonadas y hasta crujidos de madera. Las casas viejas hablan mucho, necesitan hacerlo, y cuando están deshabitadas mucho más. Es una casa que se presta, se ofrece, se habita el tiempo necesario y después se abandona de nuevo a su suerte. Así ha sido siempre esta casa desde que yo tengo uso de razón e incluso antes por lo que cuentan mis antecesores. 
Fue un cuartel de "guripas" en tiempos de la guerra "in-civil". Los "guripas" eran soldados, y no soldados, apresados por las tropas franquistas que realizaban entonces trabajos forzados. Eso al menos fue lo que me contaron en su momento. Eran forasteros, y muchos de ellos, tras la guerra, continuaron en el pueblo y hasta formaron sus propias familias, sólo los que sobrevivieron, claro. Uno de estos jóvenes, que vivió "de prestado", como yo, en esa casa de mi infancia, cortejó a una jovencita que moraba en la casa de enfrente. Se enamoraron y con el tiempo y mucho amor llegaron a tener dieciséis hijos. Él descansaba cada noche junto a otros jóvenes en "el cuarto de Ana", dormitorio de mi hermana mayor. Curiosamente nunca hubo un "cuarto de Eva"; tal vez por mi mala costumbre de cambiar de lugar con tanta facilidad. Parece fácil, quizá piensen que sólo llevando una "maleta" de un lado a otro se logre, pero es muy cansado estar así la vida entera, porque nunca tienes las "pertenencias" ( que en realidad no me pertenecen ni me pertenecerán ) en un lugar fijo. 
Después de la guerra, la casa se cerró a cal y canto durante muchos años y volvió a abrirse para convertirse en una escuela. En el dormitorio de mis padres vivió el conserje con su esposa e hijos, y aquella habitación donde durmieron seis infantes, mi primer cuarto, fue la Sala de Profesores/as. No me extraña nada que parte de la familia se dedicara a la enseñanza. Deben ser las energías que quedaron impresas en las paredes. Y hablo de manera literal, porque uno de los albañiles que obró parte de la casa que andaba tal cual estaba entonces, yo ya tenía diez años, descubrió en la arcada que adornaba una de las aulas, unas pintadas: restos de vocales dibujadas directamente en la pared y dibujos que las ilustraban. El señor se mostró como un verdadero arqueólogo y preguntó a mi padre qué debía hacer con aquel descubrimiento. Recuerdo aquella escena como algo muy importante. Observamos aquel fresco como el que observa una obra de arte y tras deliberar, mi padre decidió que ese hallazgo debía quedar para siempre en aquel arco encalado. Ahora forma parte de un armario empotrado y quizá alguien lo descubra de nuevo en otra época.
Una cuarta parte de esa casa de mi infancia quedó sin recomponer, como estaba antaño y, lo que fueron dos aulas rectangulares en su día, se convirtió en un asilo para trastos abandonados. Adivinen qué parte de la casa visito nada más llegar... pues sí, esas dos estancias parecen dormidas y las adoro. Esa parte de la casa donde duermen hoy los recuerdos es donde solía pasarme las horas muertas cuando era pequeña. Allí siempre desempolvo la memoria, sea la propia o la imaginaria.
                                     Casa de mi abuela

Dicen que soñar con casas abandonadas o en ruinas significa que algo en nuestras vidas se está hundiendo. Por lo visto nos representan... las puertas se cierran, las puertas se abren y son siempre nuevas oportunidades. No voy a despertar a Freud por si acaso.
Pero no, no he soñado con casas abandonadas, nada de eso... me las encuentro allá donde voy y me acercan a sus entrañas como una madre atrae hacia su pecho a su bebé. Quizá sea difícil de entender para la mayoría de las personas, pero en estas semanas pasadas me estoy encontrando muchos hogares abandonados a su suerte, unos con carteles de "SE VENDE", como la otra casa de mi infancia, la de mi abuela; otras en la tierra donde ando de vacaciones rurales, lejos de la tierra que me vio nacer. En algunas no he podido entrar y sólo asomé mis narices, en otras pude atravesar el vano que dejó su puerta principal y embriagarme con el vacío que dejaron sus inquilinos e inquilinas. Los muros de piedra de estas casas están impregnados con  historias de siglos pasados, tiempo de hambre y de duro trabajo. Cuando las agallas me permitieron entrar en alguna de ellas, fui capaz de sentir el peso del tiempo en mis hombros. A veces en forma de melancolía que atravesó mis huesos... y hasta en algunos casos humedeció mis ojos; otras sentí añoranza de vivencias pasadas, de mi infancia, tal vez de otras vidas, o tal vez de las infancias de las personas que allí moraron. El silencio dice tanto si estás atenta. Un clavo olvidado en una pared blanqueada decenas de veces, puede colgar ahora episodios que ya nadie parece recordar, por ejemplo.


                                              Casa de mi madre y mi padre

Las casas en ruinas arrastran vidas, barren recuerdos y guardan en sus paredes, entre el polvo acumulado y los desconchones, conversaciones trascendentales y encuentros triviales.
Qué tipo de energía habré dejado en las casas que he habitado cuando ya no viva nadie en ellas? 
He "ocupado" más de dieciocho casas diferentes desde que nací y todavía no hallé un nido concreto donde olvidar mudanzas y quizá echar raíces. Tiene gracia, "echar raíces"... Quizás en alguna de las casas que me acogieron queden restos míos, tal vez en el subsuelo, tal vez confundiéndose con la pintura de las paredes. Restos de mis sueños, los que se rompieron en pedazos y aquellos que logré hacer realidad. Sueños que quizás pasaron a ser de otras personas y sobrevivieron en ellas y no en mí. 
Si las casas, las que quedaron desamparadas con mi ausencia y esas otras que me descuidaron, hablasen... quizás no me gustaría saber qué dirían. Preferiría imaginarlo o inventarlo sobre la marcha para no quedar abandonada a mi suerte como quedaron ellas.
Casa abandonada en Portugal
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