miércoles, 27 de julio de 2011

Las despedidas...

( Foto del río de mi infancia en un atardecer cualquiera.Tomada el 25-7-2011 )

Las despedidas son nefastas para el corazón. A enfrentarnos con la muerte nadie nos enseña, a despedirnos menos aún.

La lengua española es dura a la hora de decir “adiós”. Los alemanes, aparentemente fríos dicen “tschüs” (/chis/); los franceses, siempre tan correctos un “au revoir” con sabor a regreso; los italianos, su cálido “ciao” que utiliza medio mundo; los ingleses un doble “bye” con ritmo de canción de verano, y los japoneses su “sayonara” con sonrisa incluida. Definitivamente, el vocablo español “adiós” es frío, es drástico, es duro y seco… y huele a muerte lenta.

Siempre he detestado despedirme porque me sabe a amargo abandono. Mientras escribo este post la angustia me desborda y casi no me entra aire en los pulmones. Aunque intento, para no asfixiarme, repetir la palabra “adiós” en diferentes tonalidades, su rotunda sonoridad me traspasa y se hunde en mi columna, subiendo y bajando con lentitud, haciendo que las vértebras se aplasten más de lo que ya lo están. Alargo la /S/ final en un intento infructuoso de alcanzar un susurro bello y sugerente que haga cosquillas en los oídos del que escucha, pero no se puede, NO con esta palabra.

−“Adióssssssssssssssssssssss” −susurro en vano hasta quedar sin aire.

Cierro los ojos, pero sólo me viene la nostalgia de una copa de vino compartida. Me he despedido muchas veces en mi vida… de hogares propios, de casas ajenas, una y otra vez; de muertos muy muertos, de vivos muy vivos, de amores, de amantes, y cada vez que los dichosos acontecimientos me obligan a alejarme, me apago como una ESTRELLA fugaz… de pronto me llegan imágenes negras, grises, con los tonos apagados que tiñen cualquier partida, y siento que una pequeña muerte, una muerte cotidiana, me invade. Como digo, nefasto para el corazón, sobre todo para el mío, que se acelera y se sale por la boca cada vez que me dicen “adiós” o me lo imponen.

Sólo en la agonía de la muerte una despedida tiene algo de sentido, y para mí ni eso. Ayer estuve paseando por el río de mi infancia y noté cómo sus aguas se despiden de forma continua. Me senté frente al sol esperando que se escondiera para volver a la realidad, a ésa que se empeña en abofetearme después de días de placer inmenso. El agua pasaba con sigilo, y con su sonido monótono me hacía guiños que interpreté como a mí me vino en gana. Yo sentí paz, pero fue una paz inquietante. En mi memoria queda el recuerdo de las habladurías de los viejos del pueblo que cuentan que muchos paisanos, sumidos en la melancolía, se atrevieron, como poseídos por la llamada de aquel sonido del río, a dirigir sus pasos hacia él para ser tragados por sus aguas profundas y así acabar con sus penas para siempre. Tal vez por eso los ríos suenan tanto, porque se despiden de forma incesante, o porque los que quedaron atrapados en el fondo susurran lamentos, engañando así a los visitantes que se deleitan con las bellas estampas que éste nos ofrece.

Casi nadie tiene previsto un final, una despedida, y sin embargo hay que acatarla, porque siempre viene de improviso. Es algo que debemos aceptar aunque nos escueza.

Quizás los “adioses” sean adecuados para los muertos, pero yo te siento muy viva, me siento muy viva y quiero “VIVIR, VIVIR”. No quiero duelos innecesarios, no quiero “adioses” sin sentido.

Yo seguiré despidiéndome con un “hasta pronto” o un “hasta luego”, porque albergo siempre el anhelo de Re-encontrarme con los seres importantes que se alojaron para la eternidad en un rincón del alma, sin posibilidad ni ganas de echarlos de ahí.

Me ahogan las despedidas sin besos, sin sonrisas, sin abrazos que las adornen… sin una mano que roce tímida un hombro que se va, ni siquiera un suspiro o una mirada cómplice… me muero, me ahogo. Y mientras los malditos “adioses” se esparcen por el aire sin remedio, me quedo paralizada rumiando esos SILENCIOS que no entiendo, esos que se escurren por una espalda que se pierde en la estrechez de una calle sombría, y que no se voltea para no convertirse en estatua de sal, mientras observo cómo se achica su silueta querida…...... Y TE PIERDO…

¿Cuántas despedidas sin “adioses” se pueden soportar en una misma vida?

lunes, 25 de julio de 2011

Sentada en mi orilla espero respuestas...


Sentada en la orilla espero sus besos, que enviará por correo certificado para que no se pierdan en el olvido de tanta distancia. Esos besos que la rutina a veces ahoga en un vaso de agua de grifo, filtrada por la nostalgia. Desespero ahogada besos en la piel y aguardo con heridas abiertas un poco de cálida dulzura para cicatrizarlas.

La pasión de los besos caprichosos, los besos que van y vienen como las olas de ese mar azul que ahora te mira de lejos, mientras tus manos juegan a enlazar palabras en el aire. Y excitada, te busco con ojos abatidos de dar tiempo al tiempo escudriñando respuestas que no llegan, desde mi orilla, que se seca de esperarte.

Sentada siempre y a la espera de besos que no se dieron entonces y ahora se secan olvidados en mi pecho, oteo el pasado y echo de menos esa pasión que se pinta con oleos nuevos en los principios de todos los principios. Pasión del que espera un nacimiento, pasión al comienzo de una carta de amor, pasión en las profundidades de un escueto mensaje o de una canción dedicada. Pasión desatada que añoro durante el día, ansío al caer la tarde y sueño al cerrar los ojos cada noche. Permanezco a la espera de esa entrega de tu boca, que jadea silenciosos monosílabos y que muerdo con la suavidad del algodón.

Y hoy puedo ver esos besos alejarse navegando despacio en tu pequeño barco, besos que se retiran cuando estoy cerca y vuelven a ofrecerse apasionados como sueños eternos cuando la ausencia decora este cuadro de marcadas pinceladas. Besos que hoy no están, aunque estén ahí, agazapados, escondidos en un rincón, dedicados y con rúbrica personalizada, que han estado y que estarán para siempre en la piel de mi vientre tatuados.

viernes, 22 de julio de 2011

Mi hermetismo y yo...


Me llamo Agar. Mis padres estuvieron muy acertados eligiéndome el nombre. No sólo define a un alga que se escurre entre las manos cuando la quieres atrapar, cosa que hago muy a menudo cuando me siento sometida o presa. Mi padre lo escogió al azar leyendo la Biblia. Agar era una diosa egipcia, concubina de Abraham. ¿En qué estaría pensando mi padre entonces para colocarme semejante nombre? Yo, que siempre he creído que en otras vidas fui la concubina de muchos, sin ninguna pretensión más allá de lo establecido entre amantes-amigos-compañeros de vida, que ya es bastante, me sorprendió sobremanera enterarme del origen del apelativo con el que me llamarían a partir de entonces.

No hace mucho, disfrutando de un aperitivo regado con un vino lleno de VIDA, una persona unida a mí por lazos indisolubles, me comunicó que me veía bastante HERMÉTICA. “Eres muy hermética, Agar… hablas mucho, pero no informas sobre lo esencial”, me dijo con bastante rotundidad. Me cogió desprevenida, la verdad, porque nunca lo había sospechado de mí misma, pero desde entonces examino esa cualidad tan extraña en mí y cada vez le veo más sentido. Nací bajo un signo en el que Hermes gobierna, el dios mensajero que llevaba cartas a otros y las custodiaba sin permitir que nadie supiera su contenido. Al final de tanta reflexión afirmo que esa persona me conoce muy bien. Debo reconocer también que acertó de pleno. Tanta palabrería, que a veces corto por lo sano silenciándome como si mis cuerdas vocales se hubieran bloqueado, no debe ser sano, así que me paro un rato, a veces cuento hasta diez, aunque tendría que hacerlo hasta cien para no tener que morderme la lengua y que me sirviera de mantra como el que cuenta ovejitas. De esa forma me quedaría aletargada como un reptil en invierno, callada, muda, sin palabra…. pero no, cuando el silencio impera y mis labios se sellan por mucho tiempo, la lengua de la mente comienza a crujir y el monólogo me empieza a dar patadas en la frente, justo donde la migraña se suelta y campa a sus anchas. Entonces, sin remedio, debo soltar todo, vomitar lo que me preocupa, sea lo que sea. La mayoría de las veces las palabras salen atropelladas, sin saber bien hilar fino, sin reconocer que el mensaje guardado y enquistado puede dañar a los oídos que esperan ansiosos que me derrame por alguno de mis orificios. Después llega la reprimenda, mi propia censura que me castiga y me hace sufrir por la palabra mal dicha o la explicación mal elaborada. No tengo un verbo fácil y casi siempre prefiero los dedos sobre el teclado que el vómito lingual después de tanto silencio, porque a veces soy como un tsunami que se desborda y me daña más a mí que a mi interlocutor.

Desde que los órganos fonadores se desarrollaron dentro de mi garganta, muy temprano según me cuentan mis mayores, narraba con “media lengua” todo lo que mis ojos filtraban, mucho, porque las cuencas eran grandes y cabía el Universo entero por ellos. Siempre he creído que por esa razón mis ojos crecieron muy deprisa y siempre han estado bastante abiertos. Tenía necesidad vital de ver el mundo, de analizarlo y de interpretarlo con esa “media lengua” y la locuacidad de una niña sin condicionamientos.

Crecí y mis ojos siguieron abriéndose cada día más, y también cada día mis circunstancias personales fueron cambiando. El escenario era el mismo, pero la realidad se alteraba frente a mis ojos sin poder evitarlo, unas veces teniendo que reprimir emociones, que disfrazaba con una larga perorata y una sonrisa, en otras ocasiones ocultándome. La vida desde entonces me amoldó a su gusto. Límites que te marcan y situaciones establecidas y políticamente correctas que yo intentaba sortear, rebelándome a mi manera, evadiéndome, escondiéndome en cualquier rincón de la casa de la infancia e inventando mi mundo que guardaba celosamente en una pequeña mochila.

−¿Te piensas escapar de casa? –dijo mi padre descubriendo esa mochila con cuatro enseres dentro y un cuaderno−.

−No −mentí yo, pensando por lo bajo algo muy diferente.

Si hubiera podido lo habría hecho. Escaparme, vivir mi vida a los nueve años con una mochila cargada de libertad, de aire puro. Salir pitando de mí misma tal vez habría sido lo correcto entonces.

Mis huesos siguieron alargándose, y mi hermetismo fue en aumento. Hermetismo siempre adornado con una sonrisa ancha para disimular desencuentros. Ahora me cuesta disimular más de siete días seguidos. El siete es un número muy mágico, todo el mundo lo sabe, algo tendrá que ver. Tantas dudas incrustadas en el corazón me hacen pensar en secuencias vividas, que olvido pero que ahí están, esperando saltar como un conejo muerto de miedo. Aguardando respuestas que no llegan porque no se dan, perdones que no se han oído y ni siquiera insinuado, largas esperas de auxilio, y mucho amor, para que mi dignidad resquebrajada por la retahíla malintencionada de otros sea enjuagada con agua bendita… bendita y robada en cualquier Iglesia de un rincón cualquiera del Mundo, de ese mundo que vivo con ansias de libertad cuando me agarro a esa mano amante que me lleva a ver paraísos nuevos, y que tan bien me sientan.

Ahora divago sobre esos dolores encajados como clavos oxidados en mi pecho. Bajo la enorme sombra de un olmo me han construido un pequeño nido que me dará seguridad en estas semanas de introversión casi exigida, y flores mágicas y hermosas me protegerán de frases mal construidas que en ocasiones, y sin maléfica intención, salen de este pico cerrado por el secretismo aprendido a la fuerza. Esas flores me custodiarán de la irritabilidad que me provocan los silencios que no comprendo aún, del terror a estar desprotegida de todo y de todos.

Me he sentido un monstruo encerrado dentro de una cáscara finísima, un ave de una especie extraña que ha vislumbrado apenas la traslúcida realidad que me han dejado ver a través del cascarón. El huevo apenas se ha roto, mi pico impaciente no aguantó más, y el animal que habitaba dentro, aún formándose, sacó la cabeza para tomar oxígeno y ahora se siente más vulnerable que nunca.

Me llamo Agar, es un nombre hebreo que significa “la que se fugó”. Yo aún no lo he hecho… y tal vez ya nunca lo haga.

domingo, 17 de julio de 2011

LA SOLEDAD


−Siento una presión aquí –dijo Renato llevándose una mano al pecho−. Me pasa cada día a partir de las diez de la noche, justo cuando me dispongo a cenar.

−¿Pone usted la televisión? –preguntó el galeno adivinando una respuesta afirmativa en el rostro preocupado de su paciente.

−Claro… ¿acaso hay alguna manera mejor para cenar solo que viendo la televisión? –aclaró Renato con cara de sorpresa.

−No se preocupe, Renato… era sólo una última aclaración para concluir con el diagnóstico –señaló el doctor−. Creo que lo tengo bastante claro. Redactaré el informe y se lo enviaré por correo mañana mismo.

Renato salió de la consulta de aquel médico con cierta incertidumbre. De nuevo la molestia en el pecho. Esa mañana se había levantado más triste que de costumbre y su apatía aumentaba por momentos. Se encaminó al bar de siempre y allí encontró a los colegas de siempre. Se bebió cuatro cervezas en menos de hora y media y una charla trivial para ocupar el tiempo le sumió en la desgana más absoluta. Pensó en Julia, la llamaría. Julia era la mujer con la que mantenía una relación bastante superficial desde hacía varios meses. Intercambiaban sexo y ninguno de los dos se complicaba la vida. Un pacto silencioso para llenar los huecos que la soledad les había dejado a ambos tras relaciones sentimentales demasiado frustrantes. Desde que su mujer lo abandonó hacía ya dos años, por un chico joven, él intentaba no ocupar su cabeza con cosas muy trascendentales.

Llegó a su casa después de una tarde de sexo duro, abrazos y siesta obligada. Arrastró los pies como si el cuerpo le pesara más de lo normal, y abrir la puerta le costó la misma vida. Renato nunca quería llegar a su hogar. Allí se enfrentaría con la realidad que tanto le amargaba. Preparó la cena, encendió la televisión y se sentó delante dispuesto a continuar con la inercia de cada día: no pensar en nada o al menos intentarlo. Las diez de la noche y la presión en el pecho de nuevo. Seguía preocupado por las palabras del doctor y decidió coger el teléfono. De forma compulsiva buscó en la agenda un número al azar. Cualquier persona cercana le valdría en ese momento. Llamó a su hermano, y mientras masticaba un poco de pollo asado y bebía a sorbos una cerveza, esperó respuesta. Una conversación, más insustancial aún que la que había mantenido al mediodía con los colegas del bar, lo ocupó durante una hora. Preguntó por la salud de su cuñada, los exámenes finales de su sobrino y la situación laboral. Habló y escuchó, pero sin mucha intención de implicarse en casi nada. Colgó, miró el reloj y suspiró. Ya quedaba menos para ir a la cama. Otro día que se cerraba sin grandes contratiempos, pero con la misma presión de siempre en su pecho. Una vez en la cama y tras ingerir una píldora para poder conciliar el sueño, Renato pensó como cada noche, que le había ganado la batalla a la melancolía.

***

A los dos días recibió el sobre con el diagnóstico. Sintió alivio porque confiaba en ese profesional que encontró por casualidad en internet. ¿Habría logrado dar con la tecla?, pensó. Lo abrió con prisa y leyó.

DIAGNÓSTICO: SOLEDAD

TRATAMIENTO: Se recomienda tener relaciones humanas sanas y aprender a estar solo.

CÓMO SEGUIR EL TRATAMIENTO:

1.-Borrar de tu vida a las personas que no te aportan nada, y sobre todo a aquéllas que al encontrarlas en la agenda no recuerdes qué hacen ahí.

2.-Seleccionar de entre los nombres de la agenda uno al azar y convertirlo en amigo o amiga del alma. Si por cualquier motivo no se hallara ninguno, se trabajaría con ahínco el último recurso: APRENDER A ESTAR SOLO.

Renato sintió aún más inquietud por aquel diagnóstico, y muchas dudas sobre cómo continuar ese tratamiento tan extraño. Siempre había pensado que disfrutaba de buenas compañías… sus colegas, sus hermanos, sus sobrinos, Julia en su última etapa. Ocupaba su tiempo en relacionarse con ellos, pero la melancolía y un vacío inexplicable lo acompañaban a todas horas. De nuevo la presión en el pecho. Después de leer aquello pensó en sus colegas del bar y en el resto del mundo que tenía alguna relación con él y de súbito percibió que ninguno podría optar por ser su amigo del alma, así que se vio obligado a trabajarse la última parte del tratamiento: “aprender a estar solo”.

Un asterisco al final de ese objetivo lo llevaba directo a una aclaración en letra muy pequeña al final del documento. Nadie le había enseñado a estar solo, aunque desde hacía algún tiempo se había visto en la necesidad de estarlo. Su afición por estar rodeado de gente, su interés obsesivo por cargar sus horas con actividades insustanciales y el temor que sentía a estar en silencio, le hizo leer con avidez aquel párrafo. La presión le fue en aumento.

Renato leyó: “Aprender a estar solo se aprende estando solo. Es la soledad el trofeo más preciado de los que desgarraron lazos y se hermanaron con el silencio

Dejó caer el papel al suelo. Cogió la agenda abierta que reposaba junto al ordenador y la tiró a la basura, corrió en busca de una sábana blanca del armario y con ella cubrió el enorme televisor que adornaba el salón. Se sentó frente a la tela inmaculada que ahora se difuminaba con la pared despoblada de cuadros. Ahí quedó, paralizado durante dos horas, en silencio, mirando al vacío. La vida de Renato le pasó por delante como si aquella tela fuera una pantalla de cine y lo que vio no le gustó nada. Cerró los ojos unos segundos para borrar todas aquellas imágenes de su mente, y como si todo aquello no fuera más que un juego que ahora le hacía esbozar una sonrisa traviesa, comenzó a inventarse una nueva vida, una vida llena de nada y a la vez llena de cosas nuevas. Una película muda donde el protagonista era él y sólo él y donde el guión comenzaría a partir de ese instante. Renato olvidó la presión en su pecho y respiró tranquilo.

domingo, 10 de julio de 2011

Pablo MIlanés y lo efímero...

(La mujer de las olas. Gustave Courbet)

El día 8 de julio, en un teatro al aire libre y acercándose la media noche, me abracé a la nostalgia mientras le hacía un guiño travieso al presente. Milanés, el maestro de voz dulce, se coló en mis emociones más ancestrales y me derramé como cada vez que él entra por la puerta más blanda, mi corazón. Este músculo sensible bombeó con fuerza cuando sus huesos maltrechos salieron al escenario caminando despacio. No pude contener las lágrimas. Un sillón y un atril con sus canciones le esperaban en el centro. El espectáculo acababa de comenzar y fue entonces cuando al verlo allí, con su ropa blanca, inmaculada, que le daba el aspecto de un dios o de un maestro elevado, pensé en lo efímero de todo. Un pellizco en el pecho me encogió el alma.


Quisiera, hablando de lo provisional, de lo transitorio que resulta todo en mi vida, limpiar mi honor y batirme en un duelo silencioso con el tiempo, ése que según el maestro cubano, pasa y nos va “poniendo viejos…” y deja atrás los dolores y los placeres. Hoy ya no me acordaba que había estado en este concierto, pero qué importa eso, lo he vivido y ahí queda. Olvidar, recordar. Siempre es lo mismo.

“El tiempo, el implacable, el que pasó…” y que te hace recordar en cada etapa de la vida, que muchas pérdidas tal vez no se hubieran dado de haber actuado con cierto juicio. Ese tiempo que “siempre una huella triste nos dejó”, y que nunca sabes, cuando esa huella se te graba en las profundidades, qué habría ocurrido si las circunstancias hubieran sido otras. Ahora me atrevo a decir que quizás no vale la pena pensarlo, o tal vez sí, qué sé yo. Mejor no flagelarme por ello más de lo debido, porque creo que en eso radica la fuerza del tiempo, en alejar las cosas aunque se te encajen en las entrañas sin posibilidad de salir jamás, ni siquiera de intentarlo, para no dejarme en el tintero nada y acordarme que todo lo vivido es trascendente.

Ahora, en estos días de asueto, lo efímero se manifiesta más evidente que nunca. Observo a la autora de mis días, mi madre, caminando despacio por la casa, con la misma inseguridad que el maestro, y las distancias y el tiempo se me bloquean en las sienes trayéndome la infancia a los pies de la cama de noventa centímetros. Paradójicamente cada vez que este cuerpo que me sostiene, y el alma que ha quedado atrapada en él, entran en esta casa de la infancia, de donde mi querida progenitora no quiere salir ya, como si tuviera una cadena perpetua no merecida, atrapada tal vez por los recuerdos, a mí se me moviliza la niña que llevo cosida a la piel, la tela que me envuelve y que tantas cosas lleva registrada en su superficie, atrayendo a todos los mosquitos que esperaban mi llegada ansiosos. Cada verano es lo mismo. Me hago pequeña, y estos bichitos me hacen recordar con sus dolorosas picaduras lo que quiero y lo que no quiero llevar en mis maletas. He recontado mis picaduras veraniegas y ya suman veinte. Después se queda la impronta en forma de pequeñas manchitas que afortunadamente también son efímeras. Saliva que cura las heridas y saliva para la lo-cura que supone rascarse la vida con tanta saña. Dura unos días, porque sé que el dolor también es efímero, pero me las llevo conmigo de vuelta a mis nuevos hogares, los hogares de otros, que también son efímeros. Pero qué importa, si yo no quiero nada.

Ahora me esperan las olas, que también son pasajeras, como yo, como tú, como todos. Llegan hasta mi orilla, te observan con espuma de cerveza y después se repliegan, huyendo juguetonas de un destino incierto. Vuelven y se marchan, como yo, como tú, como todos. Quizás, como me ocurre a mí, tengan miedo a quedarse para siempre, a quedarse detenidas sin opción de enfrentarse a cambios bruscos e inesperados. Me encanta este baile de olas, este vaivén placentero de no querer permanecer varada como inocentes ballenas en la orilla de otros.


Yo no quiero nada, sólo me tengo a mí y con eso me basta.
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