domingo, 21 de octubre de 2012

Ella cree que está segura...






Entra en su coche, se engancha el cinturón de seguridad  y arranca el motor.  Cinco minutos, sólo cinco minutos de viaje para llegar a su hogar. Levanta una y otra vez el pie del acelerador para no llegar nunca a donde no quiere llegar. Prolonga el viaje para disfrutar de esos cinco minutos.  engañoso todo, creemos que nos arropan, que te envuelven, que te besanrtar para seguir soñando y  las estrellas esperando que aTan sólo cinco minutos y cree que está segura.

Cierra tras de sí la puerta de la casa que hoy la habita, gira dos vueltas las llaves, enciende la luz y cree que está segura allí dentro.
Se cambia de ropa. Retira sus zapatos con parsimonia, zapatos que le pesan cada día más. Deja que un pijama que lleva su olor  de varios días impregnado le abrace suavemente. Su rostro se relaja cuando esos trapos tan usados la envuelven.  Cree que está segura.

Abre la cama de sábanas frías y se acurruca envuelta en pensamientos deshilachados. A ratos le gusta dormir mirando al techo con las manos apoyadas en su vientre. En realidad no duerme; observa las estrellas que adornan sus noches esperando que alarguen sus puntas iluminadas y la eleven.
Entra en esa cama que parece arroparla y cree que está segura.
Al vencerle el sueño, tiene siempre un único pensamiento, volar lejos para encontrarse en el paraíso, donde las sábanas ya no sean frías y las risas pueblen las paredes y las puertas.

domingo, 14 de octubre de 2012

Aléjate del dolor...aléjate de mí...




Hay personas que se empeñan en colocar delante de tus narices aquello que tú con tanto esfuerzo y elegancia retiraste un día para que no te atormentase. Lo peor de todo es sentir que se actúa con premeditación y alevosía. No es sólo lo peor, sino que además atormenta haberlo demostrado.

¿Cómo calificarías a un sujeto A que ofrece un cigarro a un sujeto B que padece de un cáncer de pulmón?. El sujeto A sabe que respirar para el sujeto B se convierte en su principal objetivo al levantarse cada mañana. ¿Y qué consideración tendrías con aquel otro sujeto C que invita a su “gran amigo”, el sujeto D, a una última copa al final de la velada?. El sujeto D ha estacionado el coche muy cerca de la morada del sujeto C,  y sin duda, después de ingerir esa última copa, es posible que zigzaguee hasta lograr meter las llaves en la cerradura del vehículo, arriesgando su vida.

Tildo estos hechos tan figuradamente banales de maliciosos, escabrosos y hasta retorcidos. Más aún si los sujetos en cuestión, el sujeto B y D, son considerados amigos y no enemigos.  
Y no, no es de cobardes no querer ver ciertas cosas que nos hacen daño. No comprendo bien esa terapia tan conocida para remediar fobias o conflictos en la vida que consiste en exponerse desnuda ante lo que te ahoga. Si te dan pánico las serpientes, métete en una habitación llena de ellas... ¡qué absurdo!  Si te afecta sobremanera estar en un lugar con demasiado barullo y personas, no te preocupes, entra y disfruta del panorama de luces y colores, aunque tu cabeza de vueltas y vueltas y quieras desaparecer del mapa.

Desplegarte ante tus dolores puede ser práctico, siempre que el resto de los sujetos que te quieren ( los que no te quieren siempre deberían quedarse al margen, por favor ) actúen con cautela y delicadeza. Me expondré a tod aquello que me produce dolor o miedo sólo cuando la causa de ese dolor o ese miedo esté lejos, muy lejos de mí, y por supuesto, únicamente cuando mi cuerpo me lo pida, no cuando otras personas así lo dispongan. Sólo yo puedo decidir el momento de exponerme ante aquello que duele. Soñar con ese dolor ya es un acto doloroso, ¿por qué traerlos a esta dimensión? … y por qué no decirlo, tal vez nunca tenga la necesidad de arriesgar mi vida acercándome a ninguna serpiente.

domingo, 7 de octubre de 2012

I wish you were here o el arte de escribir postales...




Hacía años que no enviaba una carta por correo ordinario o completaba con bonitas palabras una postal. Hace unos meses, un ángel despertó en mí aquella práctica que desarrollé durante años y que he visto utilizar en mi familia toda la vida.
Mi tío escribió una carta diaria desde México a su madre, mi abuela, durante más de 30 años. Cada semana ella le correspondía con una larga misiva donde me permitía narrar en pocas frases lo que yo eligiera, unas veces eran pequeños cuentos, otras hechos reales presentes. Cuando ésta falleció, la vida de todos dio un giro inesperado. El surtidor de cartas se cerró. Ahora, a sus casi ochenta años, mi tío se manifiesta a través de emails. Los tiempos han cambiado y aquellas cartas con sobres de avión duermen hoy apiladas y ordenadas por fechas en unas cajas de cartón. Un cofre lleno de historia. Una fuente hermosísima donde cualquiera de mis hermanos y hermanas podemos zambullirnos y ver nuestra infancia pasar como una vieja película en sepia. Cualquier acontecimiento familiar está reflejado en esas cartas. Todas terminaban así: “Besos a la familia, desde Tía Vicenta hasta…” y aquí justo era donde nombraba al último retoño de la familia. La tía Vicenta era obviamente la mayor del clan. Así un año tras otro. Así retoño tras retoño iba creciendo la familia y las vivencias. Con el gesto diario de leer cada carta que llegaba a casa de mi abuela, aprendimos a no echar de menos a mi tío, porque estaba tan presente en nuestras vidas, a través de la palabra escrita, que a mí me parecía que cualquier día entraría por la puerta y se quedaría para siempre.
La era de la comunicación nos empuja a correr a veces de manera alocada y casi mecánica por la vida. La inmediatez de un chat,  SMS, email, blog o un simple WhatsApp ha dejado obsoletas a la carta y a la postal. También nos hace sentir a veces la soledad de manera mucho más cruda. Lo más curioso es que comenzamos a ver como bichos de otra dimensión a las personas que no se comunican a través de estos inventos. Invenciones maravillosas por otra parte para aquellas personas que están separadas por kilómetros reales.
Yo reivindico la vuelta a la expresión manuscrita de nuestros sentimientos y acontecimientos vitales, y lo hago detrás de un teclado, y sé que en cuanto “cliclee” en la palabra PUBLICAR sólo necesitaré cuatro segundos para saber que mi escrito ha sido redireccionado con éxito. Invito a cualquier persona a ponerse delante de un papel en blanco o de una postal, bolígrafo o pluma en mano,  y practicar este  bello y olvidado arte.
El factor sorpresa en este tipo de práctica es inmenso y la ilusión con la que esperas no es comparable con el recibo de ningún email.
Desde hace unos meses otro gesto habitual en mi vida es abrir el buzón y sonreír al vaciarlo. Ya no sólo encuentro documentos oficiales, facturas de bancos o publicidad, ahora puedo descubrir un puñado de risas escondidas detrás de un rincón cualquiera del mundo, un beso envuelto en un sobre del color de la amistad, palabras impregnadas con un olor muy familiar o un abrazo matasellado con dulzura.
Ayer abrí el baúl de los recuerdos. En él guardo casi todas las cartas que he recibido en mi vida, postales y muchas fotos. Parte de mi vida escrita e ilustrada. Cada vez que destapo esa caja de recuerdos, imágenes en bloque me golpean con suavidad la parte de mi cerebro más blanda, la que activa la nostalgia. Esa parte que a veces al ser humano le gustaría desligar pero que en el fondo yo no quiero ni puedo. Sufro de amnesia con algunas partes de mi historia vital, y lo agradezco, así el sufrimiento es leve y pasajero. Mi cerebro está lleno de agujeros negros que no quiero blanquear por nada del mundo. Por ellos se cuelan y caen al vacío lo superfluo e innecesario. Así es y así será. Todo lo que guardo ahí dentro es irrepetible e insustituible, y no se perderá en un golpe de clip como cualquier mensaje del ciberespacio. Está grabado a fuego en un disco duro interno, mi corazón, al que no puede acceder ningún virus.

Ahí quedará para la eternidad, como una frase que se repite en casi todas las cartas y postales que me han escrito: “Me gustaría que estuvieras aquí” (  I wish you were here 


La máquina de escribir postales

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