jueves, 11 de septiembre de 2014

Nudo en la garganta...




                                                              Fotografía de Lubélia Cortez


Hace algunos años, mi madre me contó una anécdota que me resultó curiosa. Me hizo pensar mucho sobre mi manera de expresarme y el gusto por hablar y comunicarme. Tenía unos dos años, y según cuenta, fui bastante precoz a la hora de  articular sonidos y mi intención comunicativa aumentaba a pasos agigantados.

Mi padre, un hombre muy recto en temas de educación, tenía por principio no meter a ninguno de sus hijos e hijas en la cama mientras él y mi madre descansaban. Por lo que cuenta mi madre, conmigo hizo una excepción. A mi padre le resultaba graciosa la locuacidad de su hija más pequeña, y saltándose sus propios principios, me pasaba de la cuna a la cama matrimonial algunas mañanas que no tenían que madrugar. Entonces me provocaba con preguntas cariñosas para que yo parloteara sobre mis cosas, cosas de niña de dos años, seguramente sin mucha trascendencia; supongo que le contaría algún acontecimiento importante o el sueño de esa noche... Por supuesto, él no llegaría a entenderme por aquel entonces, eso era lo de menos. Lo fundamental en este caso era que me escuchaba.  El padre, mi padre, una de las figuras más importantes por aquel entonces, perdía su tiempo escuchándome y mostraba mucho interés al hacerlo.

Hoy voy a seguir hablando y cantando,  y no dejaré que nadie me censure que comunico o dejo de comunicar, porque mi canto es obligado. Soy un pájaro y mi aparato fonador está hecho para expresar, de lo contrario me apagaría poco a poco como una vela húmeda. Voy a conversar lo preciso y algo más si lo preciso, y no es un juego de palabras.

Hablar y ser escuchada. Escuchar a otras personas y callar mientras tanto. Dos cosas que intento trabajarme siempre y que a veces no logro al cien por cien. Soy una humana con alma de pájaro y a veces me equivoco.    

Ahora ando bloqueada, bloqueada de silencio y de palabras. La garganta rige el poder de la palabra, el eco personal de cada ser, la capacidad de expresar. Yo ahora la tengo dañada. Este lado de nuestro cuerpo, ligado con un punto energético importante, nos indica la manera mejor para comunicarnos, de manifestar nuestros sentimientos y expresar amor, alegría, tristeza… etc. En estos meses, y sin yo desearlo, he  recopilando emociones desordenadas, confusas, que me llevan a creer que mi garganta está atorada por alguna razón que no alcanzo bien a comprender. Me consuela saber, aunque es una estúpida justificación, que esta parte de nuestro cuerpo energético se bloquea con facilidad en los seres humanos tanto como en los pájaros. Estos a veces dejan de cantar sin razón aparente, incluso mueren, sorprendiendo a sus dueños o a las personas que se deleitan tumbados en los parques. ¿Qué miedos tendrán los pájaros?

Sí, ando con la garganta cerrada a cal y canto y me cuesta mucho transmitir una frase coherente y bien hilada. El paso del cerebro hasta las cuerdas vocales me resulta difícil desde hace algún tiempo,  y mis palabras salen a trompicones, mi voz fluye cansada, sin musicalidad, sin un sonido acompasado, apretada y contenida por miedo a meter la pata. También herida de carraspear mensajes que nadie alcanzaría a descifrar, ni tan siquiera yo. Más difícil aún es el camino hasta la punta de mis dedos, teclear algo para transformarlo en texto en la actualidad es una proeza que se me hace cuesta arriba.

Ha comenzado un curso escolar y mi agenda se llena de buenos propósitos. Ahora toca desempolvar, desatascar las tuberías de mi garganta para dejar que escape todo lo que está ensuciándome.
Dejar fluir y reconocer que hay algún problema de fondo. Encontrarlo primero y después agarrarlo con fuerza para arrojarlo muy lejos, pero con suavidad y buen trato, porque a los problemas también hay que darles mimos para que se marchen en paz. Aceptar que hay algo atorando mi vida y dejarlo ir despacio si se quiere ir, de lo contrario vivir con él pero sin dolor. Llorarlo, cantarlo, gritarlo para que salga purificado.


Seguiré hablando y cantando sin miedo a la reprimenda, como hice muchas veces cuando tenía dos años sobre aquella cama matrimonial, comunicándome con mi padre, ese hombre que me atendió entonces sin condiciones y esforzándose por entenderme sólo porque me quería. 
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