lunes, 28 de febrero de 2011

Prefiero quedar en tablas…

Las personas con demasiada inteligencia a veces me hacen sospechar, me dan cierta desconfianza, sobre todo cuando usan ese preciado don para mover ciertas piezas a su antojo y darte jaque mate en cuanto te distraes.

Una vez por semana disfruto de un sesión de trabajo con un alumno bastante excepcional, está diagnosticado de TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) pero con altas capacidades intelectuales que el chico utiliza la mayor parte del tiempo para meterse en líos o meter en líos al resto de sus compañeros. Tiene un enorme EGO gracias a una madre que le sobreprotege y le potencia ese comportamiento de dictador nato, así que mi meta es bajarle los humos y subir su autoestima, que paradójicamente tiene por los suelos. Pues bien, las dos primeras sesiones que tuve con él fueron un desastre, nos tanteamos mutuamente y no conectamos. Confieso que es muy especial, pero como yo también lo soy y además me permito añadir a eso que soy bastante tozuda, me propuso un reto personal que fue desde ese instante conquistarlo como fuera. El ajedrez, juego de estrategas, me serviría para seducirlo, ayudarle a saber esperar y hacer que los silencios fueran, aparte de una delicia para ambos, menos estresantes para él.

Jugamos cada semana a la vida él y yo, y yo me lo tomo como algo personal, porque el ajedrez es como la vida misma y ahora mi vida es como un gran tablero lleno de piezas blancas y negras que intento que lleguen al otro extremo de la madera y termine al menos de forma satisfactoria. Me conformo con quedar en tablas y pasar el rato reflexionando mientras pienso en el siguiente movimiento.

A veces él se despista y la partida concluye en pocos minutos, porque su rey anda algo desorientado. Mi adversario en este juego, creyendo que todos los que le rodean pueden ser manipulados, me asegura que el rey no puede jamás morir, que las reglas son así, que él lo sabe muy bien. Le intento convencer, con la diplomacia más estudiada que a veces la vida me ha enseñado a golpe de movimientos falsos, que eso es imposible porque ya no podríamos hablar del mismo juego. Aquí es cuando me sale mi vena antimonárquica y le suelto que justo es al Rey al que hay que derrotar para que la partida termine con éxito.

Él siempre prefiere las blancas para salir con ventaja y le dejo porque soy bastante permisiva a la hora de elegir. Hasta cuatro y cinco partidas en menos de una hora nos hemos liquidamos a veces, son muchas me digo siempre, pero cada día, mi compañero de juego y yo vamos disminuyendo el número de partidas. Eso es lo que intento hacer también en mi existencia, aguantar el tipo, jugar más tiempo, vivir más tiempo con el mismo o la misma jugadora, dar un nuevo sentido al verbo “eternizar” (bonito vocablo para reflexionar) y que el tiempo de espera entre jugadas se dilate para disfrutar más si cabe de la vida.

A veces mi impulsividad me hace mover la ficha equivocada y ahogo a mis piezas, arrinconándolas. En estas ocasiones me siento bloqueada, débil como ese peón negro que no puede avanzar porque le han cerrado el paso. Pero no, no me doy por vencida, de pronto diviso un cuadrado blanco, muy blanco, como los sentimientos que ahora me adornan, y me cuelo, avanzo y salgo airosa de la situación.

Reconozco que soy amateur en este juego, aunque no una simple aficionada en el dulce juego de la vida, afortunadamente la vida me ha dado lecciones magistrales, unas dolorosas y otras maravillosamente blancas como las piezas de mi contrincante.

Me duele perder como a todo ser humano que se precie, pero también entiendo que en ocasiones no muy afortunadas he perdido piezas en el camino y en otras he avanzado tanto que al final, un simple peón negro como yo ha logrado alcanzar la octava casilla y me he convertido en una pieza con mucho más valor: me corono y elijo ser reina, torre, alfil o caballo. Prefiero distinguirme como reina que me da más libertad de acción y puedo controlar todo el tablero desde arriba, porque tengo hipofobia, que eso de saltar por encima del resto me da vértigo y no me parece muy legal.

Mi pequeño contrincante de nueve años cree saber bien lo que hace y a veces ha utilizado trucos que no son políticamente correctos. Cuando me vuelvo para beber un poco de agua fresca que me alivie de las reflexiones entre movimientos, aprovecha para descolocar alguna pieza suya o mía que le cuadre para que en el siguiente movimiento pueda fastidiarme la vida. Sí, la vida, porque el ajedrez es la vida y ahora me he dado cuenta que no puedes fiarte ni de un chiquillo aparentemente inocente……. Pero eso sí, con altas capacidades intelectuales. Me río yo de las altas capacidades intelectuales.

Las estrategias tanto en el juego como en la vida siempre son lícitas, no lo son tanto cuando la jugada se convierte en estratagema. No jugar limpio tiene sus consecuencias y siempre duele, y a mí ahora me resulta muy difícil confiar en un jugador que ha hecho trampa y por eso le vigilo muy de cerca por si acaso. Yo no soy tan inteligente como él y a veces sin querer he desplazado alguna pieza que ha parecido favorecerme. Pero o bien me arrepiento o en ocasiones ni me he percatado de esos torpes movimientos. No ser consciente de haber hecho el mal no te exime de culpa pero ayuda.

Eso sí, tengo muy claro que jamás jugaré a la ruleta rusa, prefiero el ajedrez, que ejerce mis sentidos más vitales, me ayuda a desplegar todas las armas blancas que llevo escondidas en mis tripas y a tener “mundología” sin salir de un tablero de 64 cuadrados iguales, blancos y negros. Tablero donde está el bien y también el mal, donde conviven lo sano y lo insano y donde la muerte y la vida se debaten para subsistir. Me quedo en tablas y todos en PAZ

La amenaza de la derrota es más terrible que la derrota misma. (Karpov, ex-Campeón del Mundo de ajedrez).



lunes, 21 de febrero de 2011

Se derrumba... de Juan Cervera Sanchís

(¡Cómo te admiro, Juan Cervera!... tan fiel y amante del amor enamorado hasta la muerte)

Se derrumba mi vida, se derrumban mis sueños.

Me derrumbo. El abismo se agranda ante mis pies.

Pongo avisos urgentes, pero a nadie le importan.

Busco una mano amiga y no la encuentro.

Tú, amor, mi amor, mi amor. Tú que quisieras ayudarme,

tú, mi amor, no puedes. Tú, te derrumbas conmigo.

Amor, nos derrumbamos. Nos derrumban, amor.

Un hilo de esperanza, únicamente un hilo.

Un hilo, amor, un hilo al que poder asirnos

y, ese hilo, amor mío... ¿En dónde está ese hilo?

Sin ese fino hilo yo lloro y lloro a raudales por dentro

y me ahogo en mis lágrimas dolientes

mientras que te sonrío de dientes para afuera

en mitad del derrumbe y pido a la belleza

y al amor que nos salven, y que nos salve pido

a esa fe tuya en Dios. A esa fe tuya de criatura

inocente e indefensa que, contra la crueldad bestial

del mundo en que habitamos, nos permita un instante

de paz, contra estos derrumbes y amenazas constantes

que a diario padecemos, cercados de alimañas disfrazadas,

¡sarcasmo de sarcasmos!, de afables semejantes.

JUAN CERVERA SANCHIS

México D. F., 21 Febrero 2011

domingo, 20 de febrero de 2011

Soñar con calor de hogar....


Las niñas caprichosas también tienen su encanto. Abril sin ir más lejos jamás fue una niña caprichosa y sin embargo ahora, ya con cierta edad, tiene muchos antojos, fantasías que no sabe reconducir con precisión. Todos son nuevos, casi recién estrenados. Desde que un duendecillo se colase en su vida por una rendija que casi no apreció entonces, sus gustos han cambiado. De pequeña comió muchas y aburridas galletas, pero ahora tiene una gran afición a los bizcochos caseros, los que su madre preparaba con yogures de limón, los bizcochos caseros en general, todos, los de ella, los de su abuela, los de siempre. Es capaz de apreciar el olor de ese pastel desde cientos de kilómetros. Se le quedó atorado en su nariz y ahora no quiere desprenderse de él. También es capaz de saborear un buen vino en la sobremesa con un puñado de almendras dentro de una mano húmeda, o una loncha de jamón de la más preciada curación sin más compañía que una cerveza bien fría. Los ratos en los que disfruta de esos pequeños instantes, Abril es capaz de conjugar el verbo más fácil, el más hondo, porque, y ahora más que nunca, piensa que unos grados de alcohol reposado en barricas con solera hacen brotar palabras que salen directas del corazón y que una explosión de sonrisas y verdades como puños afloren de sus entrañas. Se baja la cremallera que le recorre justo desde el ombligo hasta la garganta y se abre en canal. Es magia, siempre lo ha pensado y cuando eso ocurre se siente más clemente, más ella, más humana.

Puede que algunos puedan considerar a Abril actualmente una adulta caprichosa, pero no es así, sus raíces están bien plantadas en un subsuelo lleno de verdades, en lo más profundo de su historia. Nunca olvida su cuna y su extirpe, nunca jamás de dónde viene y sobre todo sabe con certeza que en sus cajones cerrados jamás se revolverá la ropa interior, se lo debe a sus mayores. Ahora tiene claro que aunque mire y remire dos o tres veces la pieza que ese día se colocará para ir rigurosamente ataviada y digna a su lugar de trabajo para seguir sobreviviendo, siempre dará con la prenda con la que justo estará más cómoda y le hará menos daño a su cuerpo maltrecho por los avatares que le tocó vivir. Siempre recordará ese olor a bizcocho que ahora vive enganchado a su pituitaria. Sabe que no saldrá de ahí porque ella se niega, como tampoco guardará en ningún rincón abandonado de la memoria aquel olor a jabón hecho a mano, que fue en parte la esencia de su infancia más feliz, y que ahora rememora ya de adulta cada vez que lo utiliza, y digamos que lo usa bastante a menudo para que su mente siempre esté dispuesta a ilusionarse. “Nunca”, que es un vocablo tan absoluto, o “jamás” que lo es aún más, olvidará esas sensaciones que le traen memoria de hogar.

Las ilusiones nunca llegan a morir y nadie las mata, no existen los asesinos de ilusiones. Desde pequeña Abril disfrutó haciéndose ilusiones, soñando con una futura vida, una vida cálida rodeada de manos que la abrazarían, de miradas cómplices, de brazos que se derramarían en ayudas incondicionales, de bocas que desatarían en un futuro pasiones y sobre todo de sonrisas inmaculadas que le despertarían las ganas de vivir cada día. Desde muy pequeña soñaba con todo esto, imaginaba historias donde ella sería la protagonista de largometrajes con finales felices. No ambicionaba o no tenía ciertos caprichos materiales porque casi todo lo que poseía fue heredado de sus hermanos mayores, cosa que tenía también cierto encanto, ya que Abril se impregnaba con la energía que sus hermanos habían salpicado en aquellos pijamas desparejados o en esos calcetines con zurcidos. A veces era más valioso y más bello observar esos zurcidos que el propio calcetín, toda una obra de arte.

Vale que no tuvo muchos caprichos materiales, pero tampoco los echó en falta, y aprendió a vivir con lo mínimo. Ese detalle tan simple la hizo más fuerte ante las adversidades cuando sus huesos se alargaron irremediablemente. Ahora podría darse el lujo de gozar de ciertos caprichos de ese tipo, pero se sigue conformando con poco. Confiesa a la almohada y con cierto orgullo que no es por falta de oportunidades ni recursos, que es más bien por respeto a sí misma y por pesadumbre hacia los que despilfarran en emociones su vida entera. Ahora le importa bien poco tener lujos innecesarios, sólo desea atesorar caprichos impalpables, de los que se necesitan para vivir pero que no se pueden compran en ningún mercado. Los caprichos de Abril son tan simples como la historia de la humanidad, sólo quiere ser feliz y compartir ese estado con los que lo pretendan ser…y si tiene que aprender a estar encantada de la vida estando inmersa en la soledad más absoluta, pues aprenderá a estarlo, porque el disfrute de sí misma no tiene precio y tampoco se puede vender o comprar en ningún catálogo.

Ahora Abril no sabe cuándo es el momento de actuar, pero se desenvuelve llevada por la inercia…come, lee, trabaja, sonríe, llora, escribe lo que se le pasa por la cabeza, que no es poco, y rememora tiempos de su infancia para sentir acogimiento. Suele acercar a su memoria los momentos más cálidos, cuando su madre por ejemplo se asomaba a las habitaciones ya sin luz y llenas de críos que dormían plácidamente, y los recontaba para una vez asegurarse que todos estaban, cerrar la puerta de su casa, suspirar y dar las gracias mirando al cielo porque ese día no había ocurrido nada extraño y todos estaban sanos y salvos. Abril siempre era la última en dormirse, le sigue ocurriendo a estas alturas, siempre vela los sueños de otros, y entonces, mirando las sombras del techo, espiaba a su madre cada noche entrando a hurtadillas, escuchaba los suspiro de tranquilidad de aquella mujer tan trabajada y sentía admiración y respeto.

Siempre creyó que no podría volar alto, y sin embargo, con empujoncitos que la vida le fue dando, unos suaves, otros más violentos y otros aparentemente inofensivos, fue aprendiendo a dejar que sus alas crecieran, a no temerle a nada ni a nadie y a caerse y levantarse tantas veces como hiciera falta para seguir avanzando. Últimamente, y eso que ya a su edad no debería perder el equilibrio, se ha caído demasiadas veces, pero será que debe aprender algo nuevo que antes no procedía. Cree que es casi una misión imposible no temer a veces a ciertos cambios que la vida le impuso, “caprichos del destino” podrían llamarlo muchos, pero ahora observa, con la lupa más precisa que se ha comprado en las rebajas de febrero, situaciones inesperadas que le han paralizado el crecimiento de esas alas, y que a veces no la dejan meter la segunda marcha. Siempre acaba por calarse su automóvil y una y otra vez debe reiniciar la maniobra.

A pesar de todo esto, de los caprichos tan básicos que tiene ahora, de los que no gozó cuando era una niña inocente por circunstancias de la vida que no vienen a cuento y de las caídas y reinicios, sabe bien que algún día volverá a ser ella misma, a sentirse ligera, a saber que el vuelo que tantas veces practicó puede convertirse en una rutina maravillosa de nuevo, que la hará crecer unos centímetros cada día, todos los que ha perdido en este tiempo de barbecho por miedo a tantas cosas…………

“Vuelvo a vos, con mi deseo, con mi temor….” (Ástor Piazzolla)

jueves, 17 de febrero de 2011

El contrapunto... Poema hondo de Eva Trigo Cervera

(Ilustración de Eva Trigo Cervera)


Tan apacibles nadan los días y las noches,

que ni el odio ni el amor me buscan las cosquillas,

y ni caigo al vacío ni casi me levanto;

sobrevuelo, eso sí, el sueño infinito que pensé no acababa,

y lo real no me moja hoy de lágrimas amargas

y ni el placer ni el dolor sienten ya mis sienes blandas.

*

Ni siquiera existo allá donde existía,

ni me cobijan los regazos que me ofrecían abiertos.

Y ahora río y lloro por no saber qué pasa,

ya no tengo meta ni punto de partida,

y tal vez no acierte qué quiero y no quiero.

*

Qué sé yo del engaño que sufro y no merezco,

qué se yo si acabo o empiezo,

y si me liberan hoy, y mañana me arrepiento,

y pasado atan a mi lengua las pieles viejas que sufrieron creciendo.

*

Porque la muerte sólo vive hoy en los muertos que andan,

y la vida sopla al viento flores que huelen ya a olvido.

*

No me atreveré a esperar nada, no me arriesgo,

que nada y todo nos ha fallado siempre,

porque tú y yo nos ocultamos en frío,

y aguardamos bajo la vida que espera a la muerte

como el tonto que quiere dominarla

y muere con los ojos muy abiertos….

*

Y hoy no hago más que reír y llorar por no saber qué pasa.

*

*

*

sábado, 12 de febrero de 2011

Nunca he soportado a los niñ@s caprichosos...


Nunca he soportado a los niños mimados, caprichosos y consentidos. Niños que aparentan tenerlo todo en la vida, o quizás lo tienen o lo hayan tenido, y que se toman el privilegio de sentirse mal por todo no haciendo nada para remediarlo, porque siempre aparece alguien que les saca las castañas del fuego.

Se me vienen a la cabeza dos cajones famosos en mi casa. Uno estaba repleto de calcetines y otro hasta rebosar de bragas. Todos de distintas tallas y colores. Esos cajones eran propiedad de 10 chiquillos que después de su baño semanal elegían al azar esas dos prendas tan íntimas y no miraban más que la talla y a veces ni eso. También recuerdo las enormes ollas de arroz blanco y a mi madre repartiendo en flaneras para que quedase un plato aparentemente fino. Demasiados almuerzos de mi vida con arroz blanco. Después tomábamos el bote de tomate frito, de la marca que todos conocéis, la única que había entonces y nos lo pasábamos rigurosamente a lo largo de la gran mesa llena de comensales, y untábamos bien aquella masa blanca y pastosa para que supiese a algo. Si ese día la masa blanda y pastosa iba acompañada de un huevo frito, nos frotábamos las manos. Era todo un lujo.

Recuerdo bien las meriendas con chocolate y pan y sobre todo las galletas María, las de toda la vida. Pues todos estos alimentos, que antes me parecían manjares exquisitos, hoy me asquean, supongo que por la frecuencia con mi madre nos lo colocaba delante de los ojos como comida rápida para tanta boca hambrienta. Confieso que no nos faltó nunca de nada y que mi alimentación fue variada, no sólo de arroz vive el hombre, pero les tengo cierta manía a estos almuerzos y meriendas.

Ahora los niños consentidos no quieren galletas María, como yo, y menos aún arroz con tomate, pero tampoco quieren, o al menos por mucho tiempo, cualquier otra cosa. Se cansan, se aburren y exigen la luna y las estrellas, y los pardillos de sus padres suben escaleras con peldaños altos para entregárselas en sus manos al menor chasquido de sus hijos.

Lo que más me asquea de todo esto es que en mi época también había niños consentidos que llevaban pantalones Lois y zapatillas Reebok cuando yo compartía con mis hermanos pijamas desparejados. Lo que me apena ciertamente es que esos niños han crecido y siguen exigiendo la luna y las estrellas a todo el que está a su lado, que por supuesto ya no son sus padres, porque estos ya están muertos o en camino de estarlo. Ahora aquellos niños consentidos, con modales de aristócratas, a los que les compraban un vespino por aprobar 3º de BUP o Selectividad siguen reclamando a los adultos con los que conviven esos Lois en forma de reproches o chantajes con pernera ancha, o esas zapatillas blancas inmaculadas con alas para volar alto y olvidarse del que tienen a su lado.

Yo, fijaos, sigo teniendo dos cajones, uno en el que guardo mis braguitas y otro en el guardo mis calcetines, la costumbre y el orden impuestos en la infancia me hizo mella y me va bastante bien, eso sí, jamás compraré galletas María.

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