viernes, 20 de agosto de 2010

los baños contigo...

(Casi no puedo teclear, las yemas de mis dedos están esponjadas )

Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de baños tan relajantes. En este mes de agosto todo ha sido diferente… agosto de “altos”, agosto con “bajos”, caminatas con cuestas arriba, con cuestas abajo, cosquillas al cielo, agosto lleno de dulces, también de dulces sorpresas, agosto incomparable, agosto a secas.

Y en estos días mi mundo entró en una bañera… me mudé en pez. Los minutos se dilataron y dejé que flotasen mis recuerdos y se recolocase mi presente.

Se me atora en los oídos ese chapoteo de mis manos jugando con la espuma. Mi madre jaleando que debo salir ya, que quedan por bañarse dos hermanos. Sesión de noche del sábado. Tal vez película del oeste. Toda la familia “empijamada” ante el televisor en sepia. Familia unida una vez por semana oliendo a champú de huevo y a colonia Legrain.

Pero hoy en el baño huele a romero, a coco, a luz de velas, a incienso…y fuera los cantos gregorianos me transportan a otra dimensión, me acercan a ti. Mis manos no dejan de buscar las tuyas bajo el agua. Me hundo en ese trocito de mar improvisado y escucho las entrañas del edificio, mi propia respiración, cantos de ballenas, un silencio de muerte placentero.

Bañarse y flotar entre espuma caliente es como andar en solitario sin rumbo fijo, un regalo, un silencio plano. Es estar conmigo misma, como cuando te mueres, porque dicen que todos morimos solos… y hoy sigo buscando tus manos bajo el agua, para no morirme a solas.

lunes, 9 de agosto de 2010

EL CASTIGO DE MAGDALENA (26-10-2009)

Este relato breve participa en el concurso "Un cuento en mi blog" de Zona Literatura...Haz clic en este enlace y podrás votar si así lo deseas...Gracias

http://zonaliteratura.com.ar/?page_id=895

No lo hizo a propósito. Magdalena, la niña de tirabuzones dorados, fue protagonista de un episodio que debió quedar en el olvido, “cosas de niños”. Sin embargo, se convirtió para todos los testigos en la única distracción de la jornada, algo que rompió la monotonía de aquella escuela tan sobria. Para ella sin duda fue uno de los peores días de su vida, el suceso que arrancó del modo más cruel la inocencia y naturalidad de una niña de tan solo cinco años.

Una niña con redondos mofletes comenzó a berrear en medio del patio del colegio, y el resto de las alumnas se arremolinó en torno a ella, ruidosas como un nido de avispas, alarmando a las religiosas que vigilaban que la hora de esparcimiento se desarrollase con total normalidad. Y con mucho aspaviento y a grandes zancadas, aquellas mujeres se acercaron al grupo de niñas apartándolas a empujones.

- ¡ Ha sido ella ¡ ¡ ha sido ella ¡ - señaló la pequeña, que sin parar de llorar y con un ojo enrojecido acusaba a una chiquilla que quedó justo en medio del improvisado corro.

Magdalena sintió un escalofrío de terror, el desamparo de un perro malherido en la cuneta de una carretera cualquiera. Cuando una de las monjas, la tutora de su clase, se colocó delante de ella, pareció como una estatua terrorífica que se desmoronara, aplastándola sin piedad. La mujer se agachó para estar a su altura y le gritó furiosa que tendría un merecido escarmiento por haber agredido a una de sus compañeras.

Con su mano derecha Magdalena sujetaba una pequeña flecha de juguete astillada, que discretamente había robado a su hermano mayor por la mañana. Unos minutos antes, la niña que ahora la acusaba, pasaba a su lado corriendo y se estrellaba con aquel objeto que ahora parecía el más peligroso de aquel patio de colegio. La niña de tirabuzones dorados se sintió muy indefensa ante la tormenta que se avecinaba. Apretó con tanta fuerza aquel objeto que sus uñas se clavaron en la palma de su mano. El miedo hizo que sus latidos chocaran dentro de su pequeño esqueleto, sonándole a cristales rotos que se le incrustaban causándole un dolor agudo.

La niña herida, con el ojo aún más enrojecido, no ya por el impacto, sino por los restregones que se estaba proporcionando con sus mugrientas manos, dejó de gemir de repente, lanzó una piadosa mirada hacia Magdalena y vio cómo un reguero de orina corría caliente por sus temblorosas pantorrillas.

Su tutora la enganchó del hombro y como si tuviera prisa por poner en práctica su despiadado castigo, dando alaridos, que asombraron incluso a sus propias compañeras de trabajo, ordenó hacer la fila y se apresuró a entrar en su aula.

Cerró la clase de un portazo. Las compañeras de Magdalena, con nerviosos movimientos, se colocaron al instante en sus pupitres. La monja les amenazó diciéndoles que cortaría la lengua de la primera niña que pronunciase una sola palabra. Tensó su labio superior y enseñó los dientes como un lobo rabioso, y mientras proyectaba ese despropósito sobre aquellas cándidas niñas, sus palabras fueron como lanzas mortales que envenenaron el aire. La mujer agitó unas enormes tijeras que siempre colgaban de su cuello y se movió de un lado a otro del aula con bruscas sacudidas, dignas de un leñador. Subió a la niña sancionada sobre su mesa de trabajo y con movimientos groseros le arrancó la falda y bajó sus mojadas bragas.

- ¡Te quedarás así todo el día!... ¡Para que aprendas a comportarte con tus compañeras...! – le gritó la tutora mientras salpicaba sobre su rostro una saliva espesa.

Magdalena, encogida como una pequeña figura de barro, se sintió invisible. Sus manos cubrían su pubis. Cerró los ojos para no sentir nada, y un rubor caliente en su rostro y una sensación de vacío en el estómago la desgarraron. De su boca entreabierta se oía un suspiro mudo, como el hilo de aliento que sale de la boca de los moribundos, un aire frío que intentaba ahogar para que su verdugo no empeorase más su situación.

- Miradla, mirad qué ridícula está sin su ropa. – dijo la monja riendo con insolencia.

Las niñas, sobrecogidas por el miedo, hundían sus cabezas sobre la tarea a medio hacer. De vez en cuando la alzaban levemente mirando de soslayo a Magdalena subida en aquel pedestal, con el cuerpo desnudo y el alma dañada. El olor a mantequilla rancia de sus manos se le atragantaba en su respingona nariz, pero ahora sólo echaba de menos los besos con sabor a jabón que le daba cada mañana su madre al irse al colegio. No hubo entonces consuelo, sólo espanto y desolación.

Abrió los ojos despacio y descubrió el rostro de aquella enorme mujer muy cerca, que la acechaba con mirada lasciva. La frente le ardió por el bochorno. Su cuerpo, tan frágil ahora como una muñeca de trapo, se desplomó en la mesa, enroscándose como un pequeño ovillo de carne temblorosa. Magdalena comenzó a llorar con amargura, y aquella mujer ligada a Dios por votos solemnes, con la rabia de un coloso, agarró con fuerza sus cabellos y le susurró al oído: “Algún día me lo agradecerás”.

sábado, 7 de agosto de 2010

Qué difícil expresar la hondura del silencio...



Pensamiento del día 5 de agosto de 2010:En todos los lugares donde hay una mancha de color, una nota de un canto, una gracia de la forma, hay una llamada al amor. (Tagore)… y mientras se sucede el día, con más ternura que otra cosa, los planes se hacen y se deshacen al antojo de un día veraniego sin prisas.

Tú, respetando el buen nombre de la siesta patria, sagrada y reparadora, y yo, auscultando tus latidos y saboreando el momento que me ofreces, velo tus sueños. De pronto abres los ojos y me dices en un susurro: “¡vamos a la Sierra!”. Y así lo hacemos, improvisando la vida, como siempre.

Subiendo las curvas de Sierra Nevada me explicas que esta ciudad mora, donde se hospeda desde hace siglos ese castillo rojo que mira eternamente al río Dauro, tiene un extraordinario privilegio, cualquiera que lo desee pueda tocar la nieve del Veleta o meter sus pies en el mar en solo 40 minutos. Dos paraísos tan cercanos y tan encontrados, contraste maravilloso.

Coronamos más de 2000 metros de ilusión y recorrimos con sonrisas y mucho oxígeno algunas curvas más a pie, con la única banda sonora que la calma de la naturaleza más apartada nos podía brindar.

Qué difícil es expresar la hondura del silencio. Supongo que demasiado oxígeno en mi cabeza, por eso las palabras no me salen ahora…me cuesta hilarlas.

Emociones fuertes las del silencio penetrando en nuestros oídos y no la de los motoristas que aferrados a sus máquinas nos adelantaban a toda velocidad. La plenitud del ahora, la inmensidad en nuestras manos y ojos, eso sí que fue toda una impresión fuerte…el silencio de las montañas, el de los árboles que dejamos a los lados, la mudez de la nieve que aún reposa en las lomas para dejarnos el rastro de un invierno duro, y hasta la quietud del pájaro que nos cantó suave para no perturbar el placer de ese improvisado viaje. Todo me llena los pulmones con instantes, sólo instantes, la suma de toda una vida que tal vez llegue… quién sabe, la suma tal vez de nada. Sólo presente, sin más futuro que el beso furtivo que te pido tras suspirar hondo. No quiero nada más ahora, sólo requiero el soplo que dura una sonrisa robada. Mañana ya se verá.

Qué difícil expresar la hondura del silencio. Mejor callar y disfrutar del acogimiento que da el silencio en compañía. Mejor callar y observar con distancia el atardecer en la Sierra.

domingo, 1 de agosto de 2010

DIOS MADRE de Juan Cervera Sanchís


Dios Madre, Dios, mi Dios Madre,

Dios mío de cada día,

Dios, mi Dios de cada instante.

Dios invisible y visible,

Dios bellamente impalpable

y palpable y bello Dios.

Inalcanzable. Alcanzable.

Dios que siempre estás aquí,

compañero acompañante .

Dios Madre, Dios, Madre Dios.

Dios presente y vigilante.

Dios que no me olvida nunca.

Dios por siempre inolvidable.

Dios Madre siempre presente

y acción y presencia amante

del perpetuo y sumo amor

y amor sumo y suma Madre.

Madre suma y sumo Dios

y sumas de sumas Madres

que al callar todo lo nombras

y despejas lo innombrable

con la sencilla inocencia

de tu silencio insondable.


México D. F., 6 junio 2010

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