domingo, 30 de junio de 2013

La gota de lluvia




Fue un año terrible. Desórdenes y traiciones llenaron mi mochila. Deambulaba  muy perdida con aquel peso a la espalda cuando en el mes de mayo sentí algo sobre mi cabeza.  Una gota de agua cayó, resbalando  muy despacio hasta mi frente. Venía directa de una pequeña nube que tenía justo encima y que durante semanas pareció perseguirme. Por eso notaba tantas sombras a mi alrededor, por eso no percibí que la primavera se había instalado y por eso me notaba yo tan oscura esas últimas semanas. Me estaban llamando la atención y sólo se me ocurrió pensar que el tiempo estaba un poco loco.
El hilillo de agua,  esa gota de lluvia, esa gota de vida, se alojó en mi frente durante muchos días. Parecía tener recelo por mostrarse, así que se quedó ahí agazapada esperando el momento de descender. Un buen día, se esforzó tanto, tanto, que aprendió a deslizarse por mi piel, poco a poco resbaló hacia mis labios, no sin miedo, que la esperaban con cierta expectación. No conocía a esa gota y esperé prudentemente hasta que sentí un susurro de agua en mis labios.  
Mi nariz, curiosa como siempre, la olfateó y husmeó como un sabueso experto, con el único fin de reconocerla más adelante, al día siguiente, siempre.
Más tarde, la gota se escurrió tímida hacia las comisuras de mis labios, y allí descansó lunas enteras. Hacía mohines porque me provocaba cosquillas. Mi boca se curvaba hacia arriba, hacia abajo, e  inflaba los carrillos estallando en risas de colores a cada inspiración.
La traviesa gota había ganado confianza y la dejé entrar. Chapoteaba juguetona con mi saliva, haciendo que bombeara vida a cada instante.
Ahora me entretengo saboreando la transparente gota  como si fuera un caramelo de oxígeno.
Y habita junto a mis órganos aquel frescor que un buen día aquella nube me brindó.

domingo, 16 de junio de 2013

Besos...



Como las musas del blog me han abandonado definitivamente porque huelen de lejos las vacaciones, o al menos eso parece, he optado por plagiarme a mí misma... porque me place y además es bastante lícito.             

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 Quiero escribir sobre los besos…sobre nuestros besos, sobre los del resto del mundo, sobre aquellos labios que pocas veces han sentido una piel en la que posarse y sobre los besos que no quieren ser dados, que también los hay.

A veces me siento muy “voyeur”. Me quedo extasiada mirando y remirando los besos que las jóvenes parejas se ofrecen en el metro, en los parques, en las esquinas… sin importarles que los improvisados espectadores les observen.

Aquello que se besa depende del “besador” o “besadora”, de las propiedades que tienen algunas emociones, de la cantidad de sentimientos y hasta de la dosis de sinceridad con que se brinda ese gesto tan primitivo y a la vez tan necesario…Los besos fijan una marca personal en la piel del besado o la besada que se impregna en la dermis, en la epidermis y hasta en los huesos de aquella persona que los recibe, marcando para siempre un regusto que no se olvida nunca.

Yo ahora beso por instinto, por impulso primitivo. Beso desde las tripas, desde las entrañas. Los besos son mi más arcaica forma de exponerme a la otra persona, de desnudarme, de exhibir con toda la pasión mis afectos, porque durante lustros mis besos estuvieron encerrados en una caja de cristal esperando que alguien la abriera, recogida bajo la cama de una infancia de represión en la que expresar demasiado aspaviento   en público era de mala educación. Tal vez por ello sentí siempre una necesidad de moverme tanto, de inventar historias en mi cabeza, de crearme un mundo paralelo donde los besos fueran el centro del universo y yo la “besadora” del reino. Y tal vez por eso mis gestos de entonces me delataban, haciéndole muecas a la vida, riéndome de la sombra que el gran muro que nunca caía me cubría a diario y enhebrando palabras casi sin sentido, siempre esperando que un beso cayese del cielo o de los labios de mis imaginarios duendes para calmar mi estado parlanchín.

Pero afortunadamente mis huesos se alargaron y crecí en todos los aspectos. Aprendí a no reprimir los besos porque me estimulaban, y porque siempre he sentido que el hecho de no regalarlos o recibirlos como una bendición te va apagando la vida, como a esos huérfanos que recluidos durante sus primeros años van perdiendo sin aparente causa el peso de sus almas y sus caritas se vuelven cetrinas.
Besos en las manos a un enfermo, besos maternales, besos fraternales, besos pasionales, y hasta los besos por compromiso, todos ellos hacen que mis pulsaciones aumenten y me sienta colmada. Por eso no quiero perder la oportunidad de besar, de besarte cuando me cruce en el pasillo contigo, cuando estés de espalda y te observe, cuando prepares café o té en la cocina, mientras duermes, al despertarte…cualquier instante es bueno para exponer el alma, abrirnos en canal con besos, siempre darlos, siempre recibirlos, porque podría ser el último y me pincha el corazón sólo de pensarlo.

Por eso antes de salir a la calle, y al regresar, necesito salvaguardar el vínculo que me une a las personas que quiero con un beso, y siempre que las circunstancias me lo permitan, mis labios se encontrarán con tu piel, con tu hombro, con tu frente, con tu codo, con tu cuello… para que tu esencia se llene con la mía y se fundan.

Besos, besos y más besos, regalados, recibidos; abrir para siempre aquella caja de cristal y dejarlos libres para que se dispersen e impregnen el aire que respiramos.

jueves, 6 de junio de 2013

Cuentos en sepia...


Homenaje a Borges.
Instalación del artista francés Christian Boltanski, en la Ex Biblioteca Nacional de Buenos Aires, donde Jorge Luis Borges fue Director.

Pues aquí estoy de nuevo, delante de la pantalla vacía, como siempre, temiendo que las musas, aburridas de mi vida, “quasi” contemplativa, me abandonen un mal día y se larguen a otra morada más cálida y acogedora.  Les prometí que sería por poco tiempo, que volvería llena de ideas, con los bolsillos bien cubiertos de sueños y de historias. Pero aquí me tenéis, con la mente llena de pajaritos dormidos, esperando que despierten de su letargo, y con la buena intención de machacar el teclado con más vida que nunca.

Una de las musas me dijo al oído que yo necesitaba acción, que estaba un poco harta de mí. Miedo me dio. Me puse a rebuscar como loca entre mis carpetas, y encontré relatos cortos, relatos menos cortos, relatos largos, historietas en general escritas por mí hace muchísimos años, hace poco tiempo, ayer mismo… historias inacabadas por falta de inspiración, quizá, qué sé yo.  A día de hoy, estos relatos comienzan a tomar cierto tono sepia.  He decidido  mimarlos, cuidarlos, besarlos  y abrazarlos.  Me sorprendí al releer párrafos que había olvidado. Otros me sobrecogieron con pensamientos que ni recordaba haber escrito, y algunos despertaron en mí  sentimientos encontrados al ver que estaban dedicados a personas muy, muy especiales de mi pasado. Llevan demasiado tiempo escondidos y a muchos de ellos les ha crecido mucho el pelo y las uñas. Unas grandes ojeras adornan sus ojos y hasta se les borró la sonrisa. Huelen a humedad, a oscuridad, a olvido… y eso no me gusta. Les he dado un primer paseo para que sus músculos comiencen a acostumbrarse al movimiento y he pensado en la necesidad imperiosa de darles un buen baño. Los pobres han sufrido mi indiferencia durante tanto tiempo que no sabían cómo llamarme. Me siento culpable por haberles abandonado así y ahora quiero recompensarles con una gran fiesta de luz y colores.

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