sábado, 29 de mayo de 2010

¿Síndrome de Diógenes?...No,no,no...


Últimamente tengo una necesidad imperiosa de tirar cosas. Para qué nos vamos a engañar, las cosas están para usarlas y si guardo por guardar “por si acaso” algún día pueda necesitarlas, pues no, no me compensa, porque tengo poco espacio en mi humilde morada y además me estresa mucho. Llevo pocos meses viviendo en un diminuto apartamento y si acumulo trastos que no uso “por si acaso”, pues con el tiempo podría convertirme en una de esas señoras que salen en las noticias por amontonan objetos inservibles durante años en su vivienda... el síndrome de Diógenes lo llaman, por un tal Diógenes de Sínope, filósofo contemporáneo de Aristóteles (s. IV a.c.), que era famoso por preconizar un modo de vida carente de lujos... Eso me tranquiliza porque lo que se dice basura no es precisamente lo que yo tenía en casa, y si analizamos bien a los que sufren este síndrome no deberían llamarlos así porque lo que apoya este filósofo es exactamente lo contrario de lo que estos enfermos hacen y lo que deberíamos hacer todos, aunque tengamos mucho espacio en nuestras viviendas habituales, que a eso lo llamo yo MIEDO AL VACÍO.

Si acumulo trastos que reposan sin más en cajas cerradas desde meses, incluso años, mi vida se siente desordenada y el equilibrio es lo último que quiero perder. Entre otras cosas arrojé a la basura unas alfombras que jamás pondría porque me hacen estornudar y que ni siquiera eran mágicas ni voladoras, que si lo hubieran sido aquí las tendría “por si” me daba por sobrevolar Madrid de punta a punta una de estas noches de veranito incipiente.

Tener cosas inútiles me paraliza las energías, me hace frenar todos los pasos que estoy dando ahora, me arrastra al pasado y me interrumpe todo progreso. Demasiado peso a mis espaldas. Yo, acostumbrada a los cambios, que en dos años me hice 4 mudanzas, ahora necesito ir ligerita de equipaje, preciso limpieza, me obligo a hacer ciertos cambios, pero con todo el placer del mundo. Recuerdo hace ahora 12 años, mi primera mudanza importante, en la que llevé a mi destino lo que entró en un coche, ni más ni menos...y os puedo confesar que fui muy feliz con tan poco, no necesitaba mucho para serlo, igual que ahora.

Aún no he concluido con mi limpieza energética y ya se me siento emocionada. ¿Por qué tanta emoción?... porque el acto de despejar mi vida de objetos del pasado y cachivaches inútiles me hace sentir bien conmigo misma y con mi presente. Todo esto hace que vea con más claridad qué quiero en mi vida y al liberar mi hogar de energías densas que se acumulan en esos trastos, mi vida también se barre por dentro, de camino mis pensamientos también se limpian. En estos casos dejo que lo nuevo entre y me impregne con su energía blanca, sin mancha, y a la vez creo un espacio propio preparado para que ocurran cosas nuevas y hermosas.

Bueno, y tal vez alguien haya recogido en estos días mis alfombras, y por qué no, en otras manos quizás se hayan convertido en voladoras, que no me importa, al contrario, lo que no me sirve a mí le servirá a otro, es la Ley de la compensación. Además, yo para volar no necesito una alfombra, me tengo a mí misma, despliego mis alas y salto al vacío más bello para rellenar mis pilas con sueños nuevos, pero muy presentes.

jueves, 20 de mayo de 2010

SI CAMBIA DE COLOR..de Juan Cervera Sanchis




Si cambia de color el ojo del semáforo

la calle se transforma

lo mismo que si fuera una crisálida

y en el escaparate de la tienda de espejos

contempla una muchacha

su sorprendida imagen

mientras que un caballero

contempla a la muchacha

desde la ventanilla de su auto detenido.

Si cambia de color el ojo del semáforo

la esquina del café donde yo veo

pasar el río agitado de la gente

decide, caprichosa, convertirse en poema

y me obliga a sacar mi libreta de apuntes

y mi amarilla pluma desechable

y escribir para ti esto que estás leyendo,

mientras sueñas que amas a la linda muchacha

que, curiosa y absorta, al mismo tiempo,

se detuvo frente a los ojos niños del poeta

-para ella, por siempre, ajenos e insondables-

ante el escaparate de la tienda de espejos;

que tal vez ya no exista o nunca haya existido;

lo mismo que el semáforo, la calle,

la muchacha, el café y el poeta,

y tú que te imaginas que existes

porque crees que existe este poema

y aquí lo estás leyendo,

cuando en verdad no es cierto que existimos.

Si cambia de color el ojo del semáforo,

sí tú, si yo, si ayer, si hoy y si mañana

y si nunca jamás y si siempre y si nunca

y si lloro y si río y si canto y si grito

y si al fin me decido a creer

que basta con un sorbo

espeso y negro de humeante café

para urdir mundos nuevos y destejer galaxias

y morir y nacer al mismo tiempo

y acariciar el Todo desde la inmensidad

inabarcable y bella de la Nada.


JUAN CERVERA SANCHIS

México D. F., 19 Mayo, 2010

lunes, 17 de mayo de 2010

APRENDER A DECIR QUE NO...



Una lata de sardinas me ha recordado que debo aprender a decir que NO a tiempo. No estaban envenenadas o eso me lo pareció cuando las comí ayer. Mi cuerpo no pudo con tanta indecisión y la sardina asomó su cola por mi boca durante toda la tarde dispuesta a que yo asimilara la lección.

Decir que “NO”, menudo dilema... pero si era lo primero que te decían que hicieras cuando eras pequeña y te llevaban de visita a casa de alguien. Yo estaba sentadita sin moverme y la anfitriona se me acercaba y me ofrecía una galleta María, las de toda la vida.

-No, de verdad, no tengo hambre – decía yo con resignación.

-No, no, no se moleste...- repetía cada vez más aparentemente avergonzada por la situación aprendida de antemano por mis mayores.

Hasta que mi abuela me lanzaba una mirada como queriéndote decir: “ya vale... a la tercera dices que “Si” y te comes lo que haga falta, aunque no te guste”... Pues bien, ése ha sido el fallo cultural, que nos han enseñado a decir que NO pero con trampa. Tan educaditos todos para quedar bien y sentir la aprobación ajena, que nos hemos olvidado de nosotr@s mism@s, de nuestras propias necesidades, de nuestros intereses particulares. ¿Acaso alguien me preguntó en su momento si me gustaban las galletas que me ofrecían en aquellas visitas? Pues ahora confieso que las llegué a aborrecer...porque era lo único dulce que en meses entraba en mi casa, pero claro... la diplomacia y el saber estar ante todo.

¿Por qué nos cuesta tanto arrancarle a nuestra garganta un No rotundo?...Estoy segura que es porque necesitamos aprobación, sentirnos valorados y en muchas ocasiones, y esto es lo peor de todo, pensar que la persona que tenemos delante no es merecedora de una negativa nuestra, tal vez porque sea nuestro amigo del alma, nuestra pareja, nuestra madre o nuestro hijo. Anteponemos la complacencia del otro a la nuestra y así nos va.

Si es una práctica que no la hemos interiorizado de forma asertiva nos costará horrores llevarla a cabo, pero podemos probar. Creo que merece la pena ofrecernos el placer de decir que No para aprender a respetar nuestro tiempo y respetarnos como personas. Vamos a ser asertivos de una dichosa vez, por favor. ¿Qué puede ocurrir si decimos que No de forma asertiva? ...¿Y si los amigos se alejan o desaparecen?...¿Y si mi pareja se cansa y me abandona? ...Qué miedo más tonto a quedarnos solos se observa en el horizonte. Si alguien renegase de mí por aprender a ser asertiva y por ser capaz de ofrecer un NO a tiempo con el fin de no perjudicarme, no tengo poder para cambiar eso. Tendré que dejar que las cosas se recoloquen con el tiempo o perder equipaje por el camino, pero no siento que la sangre se deba derramar por pronunciarse de forma educada y sin ánimo de fastidiar a nadie. Hay que ver lo que ha dado de sí una lata de sardinas.

Que tanto libro de autoayuda digo yo que tiene que servir para algo, ¿no?... pues a amortizar las horas de lectura de “inteligencia emocional” o “Aprende a decir que no y quedarte en la gloria”

¿ Volveré a comer sardinas enlatadas?, ¿Seré capaz de pronunciar un NO tajante sin vuelta atrás?... pues espero respuesta afirmativa a ambos interrogantes... que las sardinas son buenas para la anemia y los “Noes” a tiempo sientan muy bien al espíritu.

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