domingo, 19 de diciembre de 2010

Mi diente de leche y yo tenemos una relación muy estrecha


A veces cuando me miro al espejo observo mi diente de leche y pienso por qué a estas alturas de la película aún no lo he mudado. Arriba, escondido, agazapado, retraído y hasta con temor por salir a flote, se encuentra el incisivo de adulto, en este caso mi incisivo adulto. Yo no quiero que emerja y me lo arranque de cuajo. No, no le dejaré salir jamás, sobre todo desde que me contó el especialista, tras una radiografía exhaustiva, que servían para cortar, para rasgar… y a mí aquellas palabras me retumbaron en los oídos haciéndome perder hasta el equilibrio. Rasgar me sonó a dolor del alma y a crueldad, cosas de las que intento huir despavorida siempre que puedo.

Yo intento mimar cada día a mi diente de leche, porque me suena a pecho de madre, a leche materna, y porque si está todavía en su sitio habrá un motivo secreto para ello. Me pregunto si mi alma de niña no estará encerrada en ese pequeño diente que se aferra a mí y no me abandona. Quizás la inocencia en muchas situaciones de mi vida y la confianza que deposito en todo ser humano no tendrá que ver con esta relación tan estrecha con mi diente de leche.

Me gusta tener el alma de niña, no quiero que mi niña se vaya, la quiero ahí, justo ahí, donde los besos saben a rosas y las sonrisas se experimentan nobles y limpias.

A veces me topo con infantes que me sonríen por la calle, casi siempre me giro y respondo con otra mueca. En una ocasión estuve más de media hora sacando la lengua y poniendo morros a un crío que esperaba con su madre en una sala de espera. Mi niña salió a jugar y se lo pasó muy bien.

La caída de mis primeros dientes comenzó en torno a los cinco o seis años, mi diente de leche tiene esa edad, la edad justa en la que todo te asombra, en la que la vida fluye de forma relajada, atrapas sueños, cazas ilusiones, prendes quimeras imposibles y todo es blanco y a la vez multicolor. Por eso, ahora más que nunca, no quiero que el diente adulto empuje a mi diente de niña, lo desprenda y haga que me vuelva adulta del todo. Me gusta tener el alma de niña, y para no olvidarme de ello y grabarlo a fuego en mi naturaleza madura, acaricio con mi lengua mi pequeño tesoro y sonrío recordando cómo mi madre entraba sigilosa a la habitación llena de hijos que dormían, y nos susurraba con tanta dulzura que era la hora de levantarse para ir al colegio.

sábado, 18 de diciembre de 2010

MICROCUENTO: "Siento, luego existo"


“Más tarde, con el tiempo, plantaremos un árbol”, musitó mientras remataba el penúltimo examen de filosofía. Plantar un árbol es comenzar a reescribir una nueva página en tu biografía, y a eso se aferró esa tarde.

Ahora Descartes le parecía un fanfarrón con su “pienso, luego existo”. Fantaseaba, mientras movía la pluma, y susurraba palabras nuevas a la mujer que sólo conocía por una foto que remiraba a cada momento. Imposible concentrarse pensando en aquella mirada.

Tras registrar las calificaciones en el cuaderno de notas, se atrevió a marcar su teléfono. Al otro lado escuchó la voz de un desconocido futuro, de su presente más inmediato, del ahora.

domingo, 12 de diciembre de 2010

la tregua. Declaración de amor y de muerte...


(Texto rescatado del olvido... 1995)

Enciendo un cigarrillo y me sirvo un vino frío, quiero brindar por la vida en voz muy baja. Las campanas de la iglesia tocan tan próximas unas de otras que casi podrían romper las piedras que las rodean. Y lloro, lloro ahogando cada pulso de hierro fraguado, lloro por ti, lloro por mí, por haber llamado a tus ventanas y puertas a golpes de martillo, por haberte distraído de tí misma, por haber ahogado tu esperanza entre mis manos sucias de pasado.

Las notas musicales se inclinan, saltan, bailan de un lado a otro llenando la estancia con los sonidos más personales de nuestro amor casi perfecto, aquél; y el sol impregna el espacio entrando suave por un ángulo de la ventana. Cierro mis ojos, cansados de mirar la realidad de nuestra historia, cansados de llover, impotentes ante el desastre, y dejo que mi rostro brille un pequeño instante con tu luz amarilla. Se me escapa un suspiro ahogado y la humedad vuelve inoportuna a mis ojos, a los tuyos.

Te puedo ver ahora entrar en casa para mimar el aire que crece hasta los techos, como enredaderas. Intento decirte que mi mundo hoy es blanco, clemente, y que sin tu extraño caminar por mis tierras, sin tus pisadas compartiendo mis metros, se me hace difícil brotar. Siento que he comenzado a vivir y que ya me está ahogando este oxígeno terrenal. La experiencia y la verdadera realidad me parecen hoy muy duras, y quiero hoy gritar, gritarte, ante este vacío que crece y crece, que no volveré a alimentarme de sueños y memoria, de abrasadora imaginación que pueblan los desiertos. No volveré a delinear figuras fantasmales, que como moscas, zumbaron ayer sobre mi cabeza en las noches, sobre la oscuridad de mi cama, una cama hoy vacía, de sepulcral silencio que invade su adiós de muerte.

Y aquí me tienes, firme y con la estúpida capacidad de vivir las dramáticas historias que vomitó mi estómago, mis múltiples formas de complicar la existencia de cualquier viviente. Desesperación, ésa parece ser la meta inconsciente de mi actual estado de cosas. Desde aquí, desde tan lejos, desde tan cerca, imagino tu rostro, tus labios morenos, ese gesto hierático que ayer me confundía y que hoy demando con voz temblorosa, con voz moribunda. En ocasiones tu boca se endulzaba, y alegre y viva me ofrecías la clara estampa del amor más cierto.

No sé si recuerdo bien mi rostro viviendo las primeras páginas de este relato, sí cada golpe de voz en forma de gemido hondo, sí cada gota de sudor caminando descalza por nuestras espaldas, sí cada suspiro vivo, sí cada sentimiento dibujado en besos de mil cuatrocientas formas distintas de posarse. Tampoco sé si fuiste capaz de hallar los corredores que llevan a mis tesoros más ocultos, las emociones más adheridas al músculo que tiembla, a los apegos menos afectados por la miserable desconfianza. Tal vez piense que allí, lejos quizás de todo lo que se ha vivido, sólo encuentre silencio y oscuridad... Y no es así, un manto de luz cubierto de blanco, y un alboroto de pasiones, adornarán ese rincón profundo y nítido.

Pero me muero, me estoy muriendo, aquí en la orilla, sobre aquélla que tantas veces hicieron resbalar sus pies y los míos. Recuerdo aquel dulce precipitarme en su regazo, aquel abandonarme en la humedad fría de sus manos, aquel aturdimiento que da la excitación cuando caminaba de puntillas por los relieves de mi silueta enamorada.

Y ahora, ahora que naciendo he vuelto a respirar el aire impresionado por esta realidad que tanto he rechazado, ahora que abro los brazos, mis manos y cada orificio que me cubre, abiertos, muy abiertos y blancos, ahora que los muertos nada saben de mí, ahora que los pensamientos desean despuntar de sus nuevas y tiernas semillas, ahora, ahora se apartan de mí las sensaciones que he buscado, con torpeza quizás, de entre mis poros.

Ahora, ahora puedo morir despacio, ya he limpiado su imagen, ya le he cubierto de humanidad los perfiles, ya he vivido por fin mi alumbramiento, ya llega de su mano el fin, ya llega, ya está aquí...

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Presunta vida...

Sólo soy un presunto ser humano con destino dudoso

y presuntamente previsible,

como todos los presuntos inocentes;

que vive con la presunción del amante que ama sin convenios

al amado que presuntamente se entrega también sin requisitos.

Sólo soy un ser humano con más preguntas que respuestas

pero presuntas todas: preguntas y respuestas.

Sé que no estamos vivos, lo sé,

que sólo estamos presuntamente vivos,

y mi locura de hoy es presunta como lo fue la cordura de ayer.

Presunta vida mía, presunta vida tuya,

presunta la del que me observa cada mañana en el metro,

a la misma hora de siempre,

aparentando una vida presuntamente satisfecha.

Me sonríe con la complicidad con la que sólo dos presuntos imbéciles pueden sonreírse

y después hunde su cabeza en un periódico que recoge de un asiento vacío,

unas hojas impresas que van de mano en mano, como casi todo.

Y con mi presunción de inocencia,

me preocupa que todo sea una simple y presunta mentira,

una recreación que sospecho debo jugar,

aunque sé que la vida es un presunto juego y ahora quiero enredarme.

Quizás jugar sea también un presunto capricho de mi sombra

que se empeña en llenarme de sospechas presuntas y presuntas verdades.

Sólo soy un ser humano presuntamente incompleto,

unos días presunta verdugo y otros una mártir presunta,

pero con la única certeza de que el presunto afecto que puedo brindar

llegará a ese presunto destino,

incierto y presuntamente previsible como el mío...

Sólo soy un presunto ser humano con presunción de inocencia.

Eva Trigo Cervera (30 de diciembre de 2010)

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