lunes, 28 de septiembre de 2009

De nuevo Horacio Claudio Huggias, colaboración...

Corría el año 1993, Sevilla, mi amigo Horacio, el artista plástico del que ya hablé en otra ocasión, me encomendaba en la primavera de ese año una pequeña misión; quería adornar la invitación a una de sus exposiciones con uno de mis textos, lo cual me halagó muchísimo y acepté sin reservas, como otras veces hiciera. Yo sólo necesité un tema para motivarme a escribir el texto en cuestión, algo retorcido y acorde con el programa.

He aquí el pequeño texto sobre la EXPOSICIÓN DE PINTURA, ESCULTURA y ensamble con diversos componentes que hizo Horario Claudio Huggías junto a Francisco Javier Hidalgo, otro artista que adoptó la ciudad hispalense hace ya bastantes años. El evento se celebró entre los días 18 y 31 de mayo en San Fernando, Cádiz, y se llamó ITINERANTE... SALVAJE. Debía hablar del tiempo, el implacable, el que pasa sin perdonar, la rueda de la vida, la serpiente que se muerde la cola, la vida y la muerte, el comienzo y el principio, el todo y la nada.


“…No morderemos el rastro que describe el juego circular de añejas imágenes, la lanzaremos al abismo que se descubre a lo lejos.

…Él romperá para vosotros con pasión de guitarra que los dedos fustigan, la perfecta silueta de la rueda, y hará que supuren demonios encantados, idénticas secuencias.

…Y te volverás, y en el reflejo del frágil espejo de interior contemplarás la simetría del círculo deshecho. Pero no te escondas como el beso furtivo de unos niños que imitan neciamente a unos grandes enanos, no escondas tu rostro con aparente pose, no bailes al son que tocan las estrellas. Desgarra a la impura serpiente, haz que sea casi un vicio entrar y salir por el vano que describe, que el agua no viaje por las mejillas como lengua de miel que provoca movimientos prohibidos.

…Y él deambuló salvajemente por las absurdas piruetas de la RUEDA, rociando las calles con risas indecentes… y sobrevoló mares, continentes y cielos, y no se posó excitado en la infinita luna.

…Y él no descendió a la tierra como pájaro grave que acompaña a Ícaro en su eterna condena.Y su boca lució siglos para abrirse al mundo, blasfemando, tratando de olvidar de su cuerpo la huella y sentenciando a muerte vuestro triste sendero.

…Y logró para siempre acariciar el grueso libro de color de piedra con los dedos, sólo tuvo que alargar el brazo, arañar el vientre del animal y hacer que muriera de risa”.

sábado, 26 de septiembre de 2009

La desconfianza como enfermedad



















¿Se puede desconfiar de todo?... No sé si de todo, pero conozco casos en los que la desconfianza en “casi todo” es una constante. Y no hablo de aquellos que se sienten atacados continuamente, no, ni siquiera de los que piensan que sus compañeros de trabajo los observan y critican a sus espalda, no, tampoco, no tiene nada que ver con eso. Estos últimos sufren más de paranoias que de desconfianza, todo hay que decirlo. Sólo quiero hablar en esta entrada de los que sienten desconfianza por lo nuevo, por lo misterioso, por los cambios de la modernidad, por ejemplo, aunque también por los desconocidos y las pretensiones de cualquiera que se les acerque.
El que desconfía soporta un acoso fantasma, inventado sobre la marcha, y en ocasiones pueden pensar que las personas que no son de su entorno muy, muy cercano, es decir, excepto los componentes de su familia, algunos amigos muy íntimos y la pareja, si la tuvieran, el resto, son una posible amenaza. Conozco personas que sienten un miedo atroz a comprar billetes de avión por Internet, porque deben dar su número de tarjeta (que no de cuenta). Confieso que no lo he hecho nunca, soy muy clásica en eso aún, aunque todo se andará, pero también tengo que confesaros que yo no soy desconfiada, aunque últimamente lo soy mucho más de lo que lo he sido nunca.
Hacer la compra por Internet, visitar las cuentas de tu banco por Internet, usar el Messenger… sí, he dicho “usar el Messenger” y si me apuras, hasta entrar con demasiada constancia en el correo, pueden resultar un gran peligro para muchos. Supongo que creerán que un enorme troyano entrará en sus viviendas a través del ordenador y les despojará de todas sus pertenencias, tanto materiales como humanas, rompiendo así su equilibrio vital. Les asusta pensar que cualquier desconocido les pueda entrar en su vivienda y ésta para ellos es su refugio más seguro, algo inamovible. Sobre todo temen a cambiar su status y cualquier reforma en sus vidas resulta inquietante. “Así estoy bien, ¿para qué voy a cambiar y hacer las cosas de otro modo?, me va bien”, pensarán. Les gusta hacer las cosas a su manera, sin ayuda de intermediarios, sienten que estos les pueden engañan, porque quién mejor que ellos para resolver todos sus problemas, por eso suelen ser autodidactas en casi todo y excesivamente suspicaces con las respuestas que otros les ofrecen, expresando por ello desaprobación directa e incluso duras críticas hacia las personas cercanas que les aprecian y quieren por encima de todo, si observan que resultan dañinas para sus vidas. Además, y esto es lo más triste, es muy probable que hasta se distancien de ellas, viéndolas como posibles amenazas, expresándose con reserva y cautela en todo momento.

Tendría mucho más que decir sobre las personas desconfiadas, pero es suficiente. Sólo expresar que siento muchísima pena por ellos porque me consta que se torturan y mucho.

sábado, 19 de septiembre de 2009

El otoño y yo...

El otoño se adelanta, nos acosa antes de tiempo en el comienzo de este nuevo curso escolar (tengo la manía de contar mis años por cursos) y la vuelta al trabajo y la tensión que ello supone no arreglan nada. Odio esta estación, a pesar de sus bonitos colores, ocres y amarillos, que por otro lado no me lo parecen tanto. Son colores tristes, fríos, apagados. Cuando contemplo un paisaje otoñal, siento que alguien llora dentro de esa imagen, los colores se derraman como lágrimas y el viento imita al suspiro más amargo. Siempre he detestado el otoño… y la falta de luz, el frío colándose en mis huesos y la locura de no saber bien qué ropa colocarme cada mañana hacen que la melancolía y las sombras adornen estos meses de mi vida… Y nunca lo he podido evitar, menos aún ahora.

Dicen que el otoño es época de transición, sin duda es el puente entre el placentero verano, lleno de luz y colores cálidos y el crudo invierno que obliga al encierro. Pero curiosamente detesto más la estación otoñal que la invernal, ya que tras los meses de invierno siempre se avecina el buen tiempo de la ansiada primavera, pero mientras estoy viviendo el otoño, veo muy, muy lejos ese agradable estado de bienestar que se disfruta con el calor primaveral. Sin duda esta apreciación es muy subjetiva, ya que cada persona tiene una forma diferente de sentir y ver la vida y sé que muchos discreparán de esto que digo; aunque también sé que muchos otros lo aceptarán como algo propio.

Temo al frío, que penetra irreverente en mis frágiles huesos y me hace sentir hielo en mis pechos, hombros y pies. He leído en un texto sobre el otoño, que los individuos que representamos esta estación somos buenas personas, distraídos, amables y algo gruñones, como para no serlo cuando se te congelan hasta las ideas.

Acierta cuando afirma que necesitamos acostarnos temprano, debido a que estamos obligados a descansar mucho, ya que sentimos una fatiga física que nos sume en un rico estado de letargo permanente, aunque llevo 2 años sin dormir lo suficiente, tal vez porque esté en período de transformación, de lagarto dormilón a mosca quisquillosa y exaltada, así me va. Es más, en estos momentos desearía poder hibernar, dormir y no despertar hasta que los primeros rayos de sol calientes comiencen a caer sobre esta parte del planeta.

Sólo espero que los cambios que se avecinan me sean favorables, ése es mi deseo… y que todo transcurra con normalidad, como los días, los años, las estaciones de mi vida.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La magia de las palabras...

A veces siento una envidia sana al observar la capacidad que tienen los buenos escritores de transmitir sentimientos a la humanidad. Desde muy pequeña mi mayor placer y mejor terapia ha sido siempre poder plasmar en un papel todo lo que me ocurría, impresiones, pasiones, desengaños, amoríos, y expresiones incluso banales de las cosas sencillas que nos rodean. El poder de las palabras que se entrelazan para comunicar ha sido y es mi única escapada y mi mejor aliado, por eso jamás renunciaré a ello ni dejaré de hacerlo mientras viva.

¿Escribir puede hacer que cambie algo a nuestro alrededor?... posiblemente sí, y es más, no sólo alrededor, sino dentro de nosotros mismos, porque cada palabra emitida, cada frase coherente, se aloja en nuestro conciencia y va formando parte de la propia existencia hasta llegar a modificar nuestra historia. A lo largo de ésta, palabras, frases, pensamientos reproducidos hasta la saciedad, nos han acompañado siempre, por la necesidad del ser humano de comunicarse, ya sea de forma escrita, oralmente o a través de cualquier manifestación artística. Más que nunca, ahora pienso que la palabra o la comunicación de cualquier tipo tiene la cualidad de hacer reaccionar de inmediata a las personas que la reciben, que puede ser una reacción silenciosa, atronadora, negativa o positiva, insolente o cargada de respeto; esas voces van haciendo poco a poco mella en los receptores y en la mayoría de los casos no somos muy concientes de ello.

Pero la palabra es mágica, tiene un poder infinito y jugar y ser concientes de ello es de suma utilidad. Podemos tratar de emitir palabras bellas que inciten la pasión de lo auténtico, el presente, por ejemplo, o podemos cargarnos de un plumazo la maravillosa capacidad que tienen, exponiendo vocablos insulsos, groseros y en muchas ocasiones a destiempo.

En nuestras manos está en muchos casos y en nuestro aparato fonador en otros, el lograr una u otra reacción. Yo no me había percatado de todo esto hasta que tantas personas han comenzado a leer a la vez mis entradas, mis pensamientos, mis gritos, así que a partir de ahora mediré las posibles consecuencias de mis mensajes, porque temo que van cargados de repercusiones que ni yo misma alcanzaba a imaginar y que por supuesto no he deseado jamás.


(Y esta vez que nadie se aventure a tergiversar “mi mensaje”, no es complicado de entender… la magia de la palabra me ha sorprendido otra vez, eso es todo, y desde aquí pido perdón a los que haya podido confundir o a los que no han comprendido la necesidad que tengo de COMUNICAR al mundo aquello que siento en cada etapa de mi historia personal.)

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¿Y si no hubieran existido?...

¿Os habéis imaginado alguna vez cómo serían vuestras vidas si algunas personas que han pasado por ella no hubieran existido nunca?, yo sí… y bastante a menudo últimamente. No me emociona la idea de inventar la crónica de mi vida sin que ciertas personas que han sido importantes no hubieran existido, porque no es mi deseo, todo lo contrario, siempre he recuperado a las personas que parecían haber desaparecido en ciertas etapas de mi vida, pero a veces me pregunto qué hubiera sido de mí si no las hubiera encontrado. En los momentos más duros, cuando más los necesitas y no están, desearía que esas almas tan transcendentales no se hubieran cruzado en mi camino jamás, de ese modo me habría ahorrado mucho dolor y constantes sinsabores y desilusiones. ¿Vale la pena añorarlas y retenerlas en nuestra memoria?, pues no lo sé, siempre he creído que sí, pero de todas formas ya no nos hacen partícipes de su existencia, ya no somos más que amigos a los que tan sólo se recuerda en días puntuales, y en algunos casos ni eso. Han desaparecido por voluntad propia u obligados por sus situaciones actuales. Si es así, maldigo esas circunstancias actuales, porque no alcanzo a comprender que me eclipsen como por arte de magia. ¿Qué sentido tiene entonces evocar a esas personas tan significativas y pedirles ayuda a sabiendas de que no provocaremos reacción alguna?.Y hablo de pedir ayuda a gritos silenciosos, con voz callada, no sé si me estáis entendiendo.

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