lunes, 26 de octubre de 2009

Recogedor de recuerdos

Vicenta es una joven restauradora de muebles de madera. Es algo así como una carpintera, pero carpintera de las que no fabrican muebles, ella sólo los transforma. Recoge todos los trastos viejos que encuentra: sillas que ya no sujetan a nadie, mesas raspadas por el implacable tiempo, armarios minados por la carcoma, mesas de noche olvidadas en los desvanes, percheros que no pueden colgar nada, etcétera… y un lijado por aquí y una capa de barniz por allá, casi por arte de magia, los convierte en muebles útiles. Aquella silla coja soportará el peso de un elefante, la mesa arañada tendrá el tacto de la seda, la carcoma desaparecerá de los armarios y éstos se llenarán otra vez de ropa limpia y recién planchada, sobre las mesas de noche bailarán con mucho ritmo los despertadores, y en los percheros volverán a verse paraguas, abrigos, bufandas y sombreros de todos los colores y tamaños.

En la azotea de su casa tiene instalado Vicenta su taller, una pequeña habitación con vistas al cielo, y en el que acumulan desde hace tiempo cachivaches y herramientas diversas. Un fuerte olor a cola, barniz y pintura impregnan el espacio, por eso aprovecha el resto de azotea para trabajar al aire libre; el sol acompaña a Vicenta mientras ésta se afana, y si un día llueve, recoge todo en el taller y se toma la tarde libre, lee el periódico, plancha algo de ropa, o simplemente se tumba en el sofá y escucha el sonido de la lluvia cayendo monótona. Cuando termina de retocar un mueble, y si éste no es un encargo de algún cliente, lo lleva en su furgoneta a la tienda de su amigo Pascual, donde lo vende al cabo de pocos días. Es muy buena en su trabajo, y se ha corrido tanto la voz, que llegan de otros pueblos pidiendo sus servicios. Parece ser que la gente moderna no quiere desprenderse de los muebles viejos, y eso es bueno para todos, sobre todo para Vicenta. Su abuela siempre le aconsejaba no tirar nada, ”si no sirve hoy servirá mañana”, solía decirle.

Hace ya un tiempo que Vicenta da los últimos retoques a un pequeño mueble, un enorme recogedor de madera que su abuela había utilizado desde siempre. Después de lijar con cuidado la madera desgastada, estuvo varios días estampando flores naturales sobre toda la superficie. Una fina capa de barniz remató por fin la obra, y lo que ayer fue un recogedor de basura maloliente es hoy un bonito macetero que descansa para siempre en un rincón del salón de su casa, frente al sofá, adornado con flores frescas del jardín, que Vicenta renueva con frecuencia.

Mientras come, mira extasiada el nuevo macetero y piensa en los muchos años que debe tener ese objeto. Sorbe una cucharada de sopa y se quema la lengua. No puede evitar acordarse de la comida de su abuela, siempre tan humeante. Las preciosas manos de aquella anciana no estuvieron nunca preparadas para cocinar bien. Esas manos aterciopeladas, tan delicadas y a la vez fuertes como un abrazo último, fueron creadas para calentar. Vicenta y su hermanos, cuando aún eran pequeños, fueron abrigados con prendas de lana hechas a

mano por la abuela, bufandas a rayas, jerseys, calcetines para dormir, y

preciosos gorros multicolores; pero eso sí, siempre se negó a cortar una cebolla o freír un huevo con la técnica de un experto cocinero, y fue incapaz de preparar una sopa con la maestría de un químico. Sin duda a la abuela de Vicenta no le gustaba cocinar, y aunque nunca nadie la escuchase decir tal cosa, lo demostró con creces. Dejaba sobre el fuego mucho tiempo la olla y servía con demasiada prisa la comida, cuando acercábamos la comida a la boca, los labios se encogían asustados por el calor. A pesar de ello, Vicenta jamás pasó hambre mientras vivió con su abuela, ni puso pegas a sus guisos; tal vez porque a ella también le gusten las comidas muy calientes, o quizás porque tampoco le entusiasme cocinar.

Ese macetero se ha llenado de tantas cosas feas todos estos años, que ahora a Vicenta le parece mentira verlo rebosante de flores bellas; y como aquel recogedor, antaño objeto siempre olvidado detrás de las puertas, tampoco ella, su abuela, estará más a su lado. Y cada vez que mire hacia las flores frescas y sonría al retrato de su abuela muerta, en las sienes tendrá un solo pensamiento, que el tiempo transcurre y transforma las cosas.

Eva Trigo Cervera ( 8-Octubre-2009)

domingo, 25 de octubre de 2009

Las flores que me regalaste...


A partir de ahora dejaré retazos míos escritos hace años, me gustaría con esto conservarlos mejor y dejar que se aireen. Las narraciones largas es poco práctico que salgan a la luz en este blog, auque nunca se sabe, pero sí las pinceladas que de vez en cuando escribía y escribo.

De todas formas algún relato muy breve sí que será publicado, lo prometo.



“Las flores frescas duran poco, lo que dura su juventud, su inocencia; las secas, con solera, duran eternamente, mantienen la madurez, el olor a eternidad, la inocencia de la vejez, el recuerdo largo de un color que se mantiene en vivencias, antaño frescas y vacilantes, hoy grabadas a fuerza de calor y corazón”.

(Sevilla, 1997)

viernes, 16 de octubre de 2009

No habrá más censura para mis dolores en mi propio blog

¿Por qué tengo que sentir que hago mal por transmitir sentimientos en mi propio blog?...

Desde hace algunos meses siento que contengo mis emociones delante del teclado y eso me disgusta en exceso. La época de la represión de la palabra pasó hace años y cuando este blog se originó exclusivamente para COMUNICAR, para dar noticias sobre mí y mis circunstancias, cosa que hago a veces y no hago otras muchas. Lo cierto es que he tenido varios censores que me han hecho moderarme en mis expresiones y ya estoy cansada de ellos, los haré desaparecer de mi pequeño reino con un toque de experto mago.

No quiero que nadie me diga lo que tengo que sentir o dejar de sentir, ni dejaré que nadie me juzgue; bueno, podrán hacerlo desde el silencio, porque me siento como un Dios y yo misma me otorgo el poder de no hacer público ningún juicio que no proceda.

Pues dicho esto, ahora quiero GRITAR un dolor al cielo, un dolor hondo que tengo encerrado y necesita salir. Este espacio ha sido creado para que mis dolores, aparte de mis sonrisas y mi buenos momentos, puedan ver la luz y hacerlo, por supuesto, con toda libertad, porque de otro modo se enquistarían como creo que lo están haciendo desde que no los saco a pasear.

Ese dolor del que os hablo, invisible en apariencia para el resto del mundo, según me dicen algunos, es lo que me está provocando ese otro dolor físico que me dificulta la vida normalizada. Creo que tienen razón, este dolor físico me desestabiliza, y mi dolor es constante y persistente, parado justo en mi centro de gravedad, la parte de la columna que debería mantenerme segura e inquebrantable en este mundo.

Cuando un día no vivo ningún dolor físico se convierte en un día de éxito para mí, de vitalidad extrema y me siento el ser humano más feliz del planeta; pero dura poco, porque se asoma imprudente el dolor del alma para recordarme que las cosas no mejoran por haber superado un día más de dolor físico. Mi impotencia aumenta, y las circunstancias que han llevado a que esa dolencia invisible se han atrincherado desde hace ya algún tiempo en mi espalda sin que nadie aparezca para remediarlo.

jueves, 8 de octubre de 2009

Recuerdo...

Recuerdo un baño de zinc, el agua hervía por el sol, me bañaba en el patio de la casa de mi abuela, el olor a azahar me atoraba la nariz y las abejas revoloteaban por el ambiente.

Salí del cálido baño, posé un pie en la toalla y sentí un dolor intenso, mi primera picadura de abeja.

Recuerdo también el olor viejo del jabón de mi madre mientras lavaba jirones de sábanas que usaban de pañales mis hermanos pequeños. Puedo sentir ahora sus manos sobre mi cara, sus manos rotas por el agua fría.

Y las campanas, las dichosas campanas que retumbaban incesantes cada hora los días que no iba al colegio.

Recuerdo un día de primavera jugando a las muñecas en medio del patio de mi casa familiar, le daba el pecho a una de ellas y me vi descubierta por todos…Me creí el centro del universo y sentí vergüenza.

martes, 6 de octubre de 2009

Mi amiga, mi Frida Kahlo particular...

Fotografía de Frida Kahlo, desnuda en la playa...

"Si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos"

(San Agustín)

Hace unos días recibí un mensaje en mi móvil, mi mejor amiga, sin duda alguna, me regalaba estas palabras prestadas de un célebre personaje. No me sorprendí, porque me tiene acostumbrada a ello. Sin esperármelos a veces y otras deseándolos como agua de mayo y como arte de magia, van apareciendo sus mensajes, cortos, concisos y muy acertados en todo momento.

Más de 400 kilómetros nos separan, pero lo ya vivido compensa todas las ausencias, eso sí, la echo de menos muchísimo, ahora más que nunca. Nos vemos desde hace 12 años, tres veces al año como mucho, pero ese encuentro suele ser intenso, aunque siempre me sabe a poco, claro.

Y en todo momento y en cualquier circunstancia sé que estará cuando la necesite, si no presente físicamente, con su ancho corazón y su amor por mí. Y yo la asistiré sin duda si con un silbido me llama la atención.

Ojalá estuvieras más cerca físicamente, gorrión, aunque sé que tu conciencia está aquí, junto a mí, abrazándome, porque lo siento así, porque el tiempo y tus actos me lo han hecho saber.

Gracias, miles de gracias.

P.D.:la gente se sorprende cuando la ve y dice que tiene cierto parecido a la Kahlo, pero vamos, mi querida amiga es muchísimo más bella, doy fe de ello, por dentro y por fuera.

lunes, 5 de octubre de 2009

Gripe A…¿estamos paranoicos o qué?


Fiebre muy alta durante días, más de 38º, dolor tremendo en el pecho, escalofríos frecuentes, escozor de ojos, tos incontrolable y mucho malestar y cansancio extremo en todo mi cuerpo; para colmo, pocas ganas de comer, lo que me faltaba.

El viernes pasado llamo a mis jefes para comunicarles que me encuentro muy mal, que tengo fiebre y lo primero que me sueltan es: “Oye, si tienes la gripe A nos avisas, ¿vale?”. Madre mía, vale que trabajo en un centro donde hay cientos de niños y que hay que cuidar que no nos contagiemos entre todos, no ya la dichosa gripe A si no cualquier cosa, pero estoy segura que el riesgo mayor era el que yo me contagiase de ellos y no al revés, porque a diario estoy rodeada de alocados niños que se acercan y te tocan, mocosos y “tosedores” empedernidos… El camino hasta el médico me lo pasé pensando en aquella pregunta emitida con tanta habilidad y en la repercusión de la misma en mi mente y en el grueso de la sociedad.

- Doctor, doctor…¿No tendré la gripe A? – pregunté entre risas.

- No, para nada, pero nunca se sabe. Tienes una bronquitis de mucho cuidado.

Lo más grave de esta situación caótica es que está provocando el pánico de la sociedad por la constante presión de los medios de comunicación. El objetivo está claro, quieren alarmarnos, defendiendo los intereses económicos de grandes multinacionales farmacéuticas, para lucrarse, sin tener en cuenta la paranoia social que se está creando.

Nunca me he sentido así, en el metro, camino a casa y después del superdiagnóstico del señor doctor, me dio la tos… por supuesto me tapé con un pañuelo la boca, es una norma de educación que no se ha implantado ahora con la puñetera gripe A, es una acción que se le presupone a las personas educadas como yo. Pues bien, había pocos individuos a mi alrededor, pero algunos de ellos se taparon la nariz apresuradamente. Supuse que así se habrían sentido los leprosos y los apestados de otras épocas y así me sentí yo en ese instante.

Y ahora ando en cuarentena, toda la semana. “Ni se te ocurra salir, reposa y come cosas ligeras”. Aprovecho para escribir algo cuando me baja la fiebre, que suele ser por las mañanas, pero me siento sin fuerzas y enclaustrada, sin vida social, y enfrentándome como una campeona al dichoso virus, que posiblemente caiga desplomado por la paliza que me está dando a mí, a los 7 días contados… es una ley indiscutible, con o sin antibióticos.

Eso sí, deseando salir a la calle y poder saludar cariñosamente a todos mis seres queridos y besarlos y abrazarlos sin sentirme un bicho de otro planeta.

domingo, 4 de octubre de 2009

MERCEDES SOSA y Aquellas pequeñas cosas...



video

Con este video deseo hacer mi personal homenaje a Mercedes Sosa, la Negra, como la llamaban cariñosamente en Argentina, la cantante folclórica más popular de Latinoamérica, sin duda.

La cantante ha fallecido hoy mismo, domingo 4 de octubre, en un hospital de Buenos Aires, a los 74 años, a causa de una enfermedad hepática.

Vivió en el exilio durante la última dictadura militar argentina (1976-1983) en París y Madrid y la recordaremos por canciones como Alfonsina y el mar , Todo cambia o Gracias a la vida, que tod@s conoceréis bien.

Una pena que Mercedes Sosa no pudiera estar en la presentación oficial del disco que lanzó este mismo año, Cantora, con colaboraciones de los más reconocidos músicos y cantantes del mundo artístico iberoamericano y español como Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Shakira y Joaquín Sabina, entre otros, debido a que sus problemas de salud ya habían comenzado a hacerse visibles.

Esta canción personalmente me trae recuerdos muy gratos; me emociona y también me hace reflexionar sobre la vida, sobre esas pequeñas cosas que nos dejó el tiempo, guardadas en un rinconcito profundo del corazón y que jamás olvidaremos. Os la dedico a tod@s.


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