jueves, 17 de julio de 2014

Es de bien nacida… ser agradecida


                                             Fotografía de Lubélia Cortez
                                     

Tengo una antigua manía, cuando redacto un documento para pedir ayuda, siempre doy las gracias por anticipado. Me llena de gozo pronosticar éxitos y visualizar lo que tarde o temprano se hará realidad. A veces vuelo en picado y cuesta abajo cuando los sueños no se cumplen con la celeridad que yo los creé en su momento, pero es cuestión de tiempo,  y ahora trabajo a fondo para colmarme de paciencia y comprensión. Sé que las metas están ahí, las puse yo misma, las pusimos…  y  que solamente se mueven de lugar para ponerme a prueba, para ponernos…   

Hoy no quiero dar las gracias a nadie en concreto. Ese tipo de agradecimiento se sobrentiende, se deduce a través de mis buenos propósitos y mis maneras, de las cuales me siento muy orgullosa.
Dejo claro que soy tan afortunada por tener muy cerca a ciertas personas como por tener lejos a otras. Y digo más, agradezco haberme acercado a unas tanto como a otras, por igual, porque inevitablemente de todas ellas aprendí algo; con unas llegué a asimilar aquello que no deseo para mí  por resultarme tóxico; con otras, las que siguen a mi lado, me cultivé en el arte de intentar ser  siempre mejor persona. En este último grupo están por supuesto, y en primer lugar, mis antecesores y antecesoras, que me empaparon con principios tan básicos como la tolerancia y el respeto. Me formaron en el buen hacer y sobre todo, y esto lo recalco, me enseñaron a no sentir RENCOR por la parte menos grata de mi pasado. Sentir rencor es lo mismo que autolesionarse y por ahora ando muy lejos de ser masoquista.

Dar las gracias no cuesta nada y te deja un regusto a satisfacción bastante dulce.
Ahora, en este preciso instante de mi vida doy las gracias, pero a mí misma, en una acto de egocentrismo supremo y celestial. Nada de malo tiene observarse  a fondo, y sobre todo por dentro, y ver las bondades que la vida me ha brindado desde que vi por primera vez la luz. Me doy las gracias por todos los regalos que me he ofrecido a mí misma. Cuando me “bientrato”, el Universo conspira para que yo pueda estar aquí y ahora y respirar un día más. Es maravilloso cómo éste, teniendo un sinfín de posibilidades, es capaz de ordenar el caos y lograr ponerme en bandeja aquello que deseo… un soplo, un momento de gozo, un olor, un sabor especial. No es necesario pretender llegar hasta el cielo, cuando el cielo lo tengo en la espontánea sonrisa de un desconocido o en un “buenos días, hoy te veo muy guapa”  susurrado bajo frescas sábanas de algodón.  

La tolerancia y la comprensión de la que hablo más arriba es sin duda un trabajo personal que hago también hacia mí misma. He llegado a tolerar mis deslices (que no justificarlos) y comprender que son parte de mi historia y que tendré que bregar con ellos el resto de mis días. He respetado cada decisión tomada, aunque no me hayan gustado algunas veces las consecuencias, y he valorado cada cosa completada en su justa medida, con cierta ternura. También me he mimado lo suficiente y he llegado a reconocer  que no era egoísmo, sino un acto de amor hacia mí misma que me merezco porque sí.


Estoy muy agradecida a mí misma, repito, porque la experiencia, la que te forma ( y a veces la que te deforma si no te espabilas y coges fuerza y valor para aguantar de pie ), ha desarrollado en mí la capacidad de abrir mucho más los ojos al mundo  y me ha enseñado, entre otras cosas, a instalarme bajo la piel de la persona que tengo enfrente. Es un trabajo duro colocarse en el cuerpo de otra persona y sentir lo que ella siente, lo sé, y a veces cometo errores de los que me arrepiento, pero tengo muy claro que esto solamente se consigue cuando UNA NO SE CREE MEJOR QUE NADIE.  
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