jueves, 21 de febrero de 2013

La amistad es como mi frasco de galletas...



Amistad (del latín amicĭtas, de amicus, amigo, que deriva de amare, amar) 

La amistad es como ese gran frasco de cristal que utilizo desde hace unos meses como recipiente de galletas surtidas. En estos últimos tiempos he adquirido varios tipos de galletas, unas más finas y crujientes, otras con más salvado de lo normal, otras decoradas con dibujitos y algunas cubiertas de chocolate. Todas reposan dentro, un poco revueltas, pero con la misma condición de galleta, con alma de galleta, ricas y dispuestas a ser degustadas por mí cuando preciso de un momento dulce. 
Hay algunas que con el tiempo se han ablandado y están hechas trizas. No me importa. Se me ofrecen igualmente deliciosas y me saben bien. Otras, olvidadas en el fondo, se han endurecido. A estas últimas nunca consigo hincarles el diente, es imposible, por más que lo intento. Cuando apenas quedan unas cuantas en la base, siempre repongo el frasco antes de que quede totalmente vacío. Adquiero nuevas galletas, frescas, gustosas y con olores nuevos, que vuelco, cubriendo a las que quedaron dormitando desde el principio. Ahí siguen, mirándome con desdén cada vez que abro el frasco y seguras de que quedarán sanas y salvas para siempre. Las remiro a veces con pena porque pensándolo bien, si quedaron atrapadas en el fondo del bote es sólo porque fueron elegidas las primeras y me gustaban tanto que quise tenerlas para siempre. Se endurecieron muy pronto y ahora casi no parecen galletas; más bien parecen adornos de barro que sólo sirven para ser contemplados.


Lo más triste de una galleta es que olvide que es una galleta y no haga su papel de encantar a aquellas personas que la escojan.  

Un día voy a tumbar el frasco de cristal, esparciré con mucho cuidado todas mis galletas sobre la mesa, las removeré bien y las cambiaré de lugar dentro de ese espacio transparente donde jamás se podrán esconder de mí. Después comenzaré de nuevo.  

martes, 5 de febrero de 2013

El cuarto de la costura...



  Costureras. Pintura de Antonio Meléndez

Repaso hoy las manos de mi madre, sus nudillos huesudos, sus falanges retorcidas por el tiempo. La siento sonreír en el cuarto de la costura de antaño, y la nostalgia me hace cosquillas justo en la planta de los pies.
Durante algún tiempo, mi madre congregó en esa estancia de la casa a dos jovencitas de unos diecisiete o dieciocho años. Cada tarde se acercaban a la casa y cosían para ella. A cambio les enseñaba todo lo que tenían que saber sobre el uso de la aguja y el hilo, el corte y la confección de prendas de vestir, arte que jamás aprendí, por falta de interés tal vez, o más bien por falta de paciencia. Ni las telas de diferentes texturas y colores, ni los patrones, ni los bonitos acericos hechos con retales que adornaron las casas de mi infancia lograron el milagro. Según contaba mi abuela, yo pegaba los botones con pegamento a los vestidos de mis muñecos, aunque ése es un recuerdo que no me quedó grabado.
Aquel espacio, justo al lado de la cocina, era mi favorito en los dilatados días de aquel invierno. El aire se llenaba con las risas y la charla fresca de aquellas adolescentes.
Cierro los ojos y recuerdo una pequeña estufa con bombona azul, el olor de la leche hirviendo en una gran olla esmaltada de color bermejo y el chocolate con pan de la merienda. Cada tarde era una fiesta, un espectáculo que observaba con atención sentada en una silla de enea.
Piel con olor a hilo de hilvanar que me tapona hoy el alma al evocar las manos de mi madre.  
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