miércoles, 26 de septiembre de 2012

El otoño frío y tu calor...


                          "Sábanas" oleo de J. Enrique González
Continúo reflexionando sobre lo efímero de todo. Hasta hace dos días el calor  derretía mis ideas, y yo, a pesar de ser una empedernida friolera, pedí una tregua al Universo para poder afrontar este comienzo de curso con valentía y un poco de frescura. Esa frescura deseada ha irrumpido en mi vida con algunos cambios, unos esperados y otros buscados. Mis palabras al viento fueron escuchadas y ayer mismo, quizás me tildéis de exagerada, saqué el edredón para protegerme del frío. Me ovillé debajo y sonreí. Jugué contigo a que nos escondíamos del mundo. Encendí una pequeña linterna para poder ver con claridad tu rostro dulce, me apoyé en la almohada y caí rendida en un sueño muy profundo. Tus manos agarraron con fuerza las mías para volar juntas por el mismo cielo.  

El otoño se ha presentado de repente, soplando con fuerza para dejarme sin palabras. Tal vez el viento me las haya arrancado de cuajo, quién sabe, y deba esperar a que broten de mí  gracias a tu calor… tu calor, tu calor, tu calor. (Modo repetición)

A veces me gustaría no echarte tanto de menos, sería una buena señal.

martes, 18 de septiembre de 2012

La sencillez de las cosas invisibles...


                                                
              Edouard Boubat : Rémi escuchando el mar, 1955
Intento por todos los medios que mi existencia sea cada día más sencilla. Tan sencilla como sencillo es el gesto de colocarme cada noche unos tapones en los oídos para poder conciliar el sueño. Un gesto que vengo haciendo desde hace más de veinticinco años.
Todo comenzó porque necesitaba concentrarme en mis estudios universitarios. Vivía por entonces en un antro compartido con otras estudiantes. Mi primer curso viviendo semiindependiente. Toda una aventura. Un piso bajo donde el sol brillaba por su ausencia y las cucarachas paseaban por la vivienda a causa de la humedad acumulada en un pequeño patio interior, cuyas paredes estaban adornadas con moho de diferentes colores.
Los niños y niñas se concentraban todas las tardes en una especie de túnel al que daba justamente el salón. Un barullo insufrible se colaba por las ventanas, imposibilitando la tranquilidad que por entonces yo necesitaba. Los muros eran tan delgados que casi dejaban pasar la luz. Me colocaba trozos de algodón en mis oídos y pasaba las horas abstraída, leyendo o estudiando.
Éramos cuatro personas, y aquel “cuchitril” que alquilamos tenía tres dormitorios más el salón. Debíamos hacer un reparto al azar, y cuando hicimos el sorteo, desgraciadamente me tocó a mí el salón. Así que durante ese primer curso en la universidad, tuve que dormir en una diminuta cama plegable de ochenta centímetros que mi padre me compró en un centro comercial. La desplegaba cada noche y la doblaba cada mañana. Mis sueños se quedaban allí dentro, agazapados durante el día, apretados esperando que llegara la noche para poder ser liberados de nuevo.
Estaba tan habituada a llevar colocados los tapones durante las largas horas de estudio, que un día olvidé quitármelos antes de acostarme. Ese día escuché el mar. Aunque parezca algo difícil de entender, siempre he pensado que desde esa noche soy capaz de escuchar el silencio. O tal vez el silencio fue diferente desde ese momento, no estoy muy segura. Me empecé a escuchar por dentro y eso para mí fue algo extraordinario. Percibía mi corazón pausado como cuando me sumerjo en una bañera. Tuve la impresión de que unas olas improvisadas chocaban dentro de mí, relajando cualquier instante de tensión.
Así debería ser mi vida siempre, simple como ese gesto de colocarme los tapones cada noche. No importa quién me haya abrazado todas estas lunas pasadas, ni tampoco dónde haya descansado mi cuerpo todos estos años… en un incómodo sofá-cama, en el frío suelo de un barco, dentro de un saco de dormir que apenas me dejaba respirar o en una enorme cama con banda sonora propia de muelles oxidados. El pequeño gesto de olvidarme los tapones colocados esa noche me cambió la vida.
En la sencillez de ciertos gestos se revela la hermosura de las cosas más pequeñas. Estas cosas pequeñas ahora se hacen grandes.  La belleza puede estar escondida en unas letras escritas en un trozo de papel coloreado,  en la delicadeza de un mensaje enviado en el momento más oportuno,  en la suavidad de una mano que te coge justo cuando la necesitas, en la sonrisa que se escapa generosa, en la inocencia de un beso furtivo. En todos estos gestos sencillos descubro algo que valoro mucho, la frescura de lo efímero,  la dulzura que puede llegar a tener un instante, la luz que unos ojos desprenden y que llega cuando más ciega estás.

Así debería ser mi vida siempre. Por eso yo ahora me pongo tapones para escuchar el mar.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Hoy velaré yo tus sueños...


                      ( Tamara Lempicka. Mujer dormida )

Hoy por fin me encuentro sosegada, sentada cómodamente delante de la pantalla en blanco del ordenador, y en mi nueva “habitación propia”, después de tanto tiempo en barbecho. Me decido a unir algunas palabras para plasmarlas en las retinas de aquellas personas que alguna vez bucearon dentro de las tripas de mi blog. Tal vez alguien haya esperado algo nuevo todo este tiempo de abstinencia verbal, quién sabe. Lo que no sé es si de mis dedos surgirá algo hermoso; sólo sé que mi necesidad de escribir es muy grande y me importa muy poco que lo que salga hoy tenga mucha o poca coherencia. Lo importante es la consecuencia de escribir, y si al hacerlo mi alma se siente plena y llega aunque sólo sea a una sola persona, escribiré hasta que me sangren los dedos, pero sin dolor, sobre todo para probarme a mí misma que sí, que las palabras escritas son la sangre del alma.
He dado tumbos todo el verano, he volado por cielos que aunque desconocidos y lejanos en un principio, hoy se me hacen indispensables; he trasladado de lugares, una y otra vez, muchos enseres; he tirado por la borda otros que ya no me servían para vivir, y aún tengo guardadas en la trastienda algunas cajas que todavía ni he abierto porque hoy no me lo pide el cuerpo, y porque lo que deseo hacer con ellas es lanzarlas al contenedor más cercano. Lo haré, prometo que lo haré. Dentro de ellas hay vivencias que quiero que me abandonen, o tal vez no…



Así paso las horas, ordenando mi existencia en esta nueva etapa donde no sé muy bien dónde ubicarme. Vida y morada nuevas, provisional como todas las moradas de mis últimos años, y temporal como todas las vidas. Frente a todo este tinglado que he montado alrededor, en mi mente sólo hay una imagen que hoy me reconforta más que ninguna otra: tu sonrisa. Me agarro con fuerza a esa expresión para que mis frases no se me caigan al suelo, para no caerme yo tampoco, para que cada rincón de esta vivienda se llene de vida, para que cada paso que dé a partir de ahora sea firme y mi cuerpo no se tambalee más de lo debido. Me hablas de nuestros sueños, de los grandes y de los pequeños deseos, de lo nuevo que te acontece, de los sueños que compartes conmigo… y te dejo dormir a mi lado como siempre. El rostro relajado, tu cuerpo de niña curiosa abrazando a la almohada dulcemente y cubierto apenas con una sábana. Mientras, yo acaricio el teclado con suavidad para componerte un texto, cualquier cosa que haga que tus sueños sean más y más gratificantes cada día. Después de cada frase escrita, llena de una nueva energía que no he reconocido hasta ahora, giro la cabeza para mirar cómo duermes y la habitación se ilumina.

- Hoy velaré yo tus sueños -.Te susurro para no despertarte.

 Es la imagen misma de la felicidad.


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