El corazón blindado tienes de espesura, de encanto solapado.
No sé ya con qué sílabas ataviar tus fueros para que acerques las puertas que entreabres a las lunas que te rodean.
Me vas derrumbando el escudo con palabras suaves que fabriqué con besos de labios.
Si para vivirte debo dejar de vivir, te pido en verso libre que grites mi muerte en voz muy grave; si por el contrario lo que demandas es vivirme en huesos y carne entremezclados, sólo llámame en voz queda y presente, susúrrame que tus dedos suspiran por escaparse de tus brazos y lanzarse al vacío de mi cuerpo...suave, lento y fresco.
Mi desafío será entonces despejar la incógnita de tu ausencia, reconocer de nuevo el sabor, el tacto, el olor, y verificar con datos hermosos y muy nuestros que estamos en el punto culminante del amor.
Aquí, ahora, no lejos, no jamás, no nunca, no tampoco... SIEMPRE tendré el hábito de amarte, y la lágrima de añorarte se fundirá entre tus labios que me desesperan entreabiertos.
Ahueca ese músculo cerrado, haz que explote en mi vientre todo el viento fresco que conozco tan bien.
Últimamente me han tachado de desapegada. Hasta yo misma me lo digo a veces, aunque siempre he sentido que no era algo negativo. En alguna época de mi infancia y de mi adolescente me he recriminado serlo, pero cuando más siento que lo soy es ahora. Pues bien, desde el cariño que me tengo y sin ánimo de desorientarme aún más de lo que estoy ahora, ni justificarme ante nadie, me permito aclarar ciertos aspectos que creo son relevantes en este concepto tan manido y que tantas veces me han lanzado de forma despectiva. El desapego no significa dejar en la estacada o abandonar a las personas que quieres y amas. Muy al contrario, la persona que se desapega, aunque aparentemente está alejada, te desea todo lo mejor y lo expresa siempre con sus actos, de forma incondicional. Quien está desapegado ama igual que ama el que cree no serlo. El desapego no es desentenderse de aquellos que tienes más cerca y te muestran todo su amor, es más bien, creo yo, dejar hacer a los que amas aquello que desean hacer en cada momento; dejar libertad de acción, pero sin tener que romper ningún lazo. Para mí, desapego es independencia, pero no soledad ni esclavitud. Yo deseo estar desapegada pero amando con pasión, queriendo fielmente, estando ahí cuando ell@s me necesitan. Cuando intentas vivir con desapego te comprometes a vivir el momento presente, cosa muy difícil para mí, pero que creo fundamental ahora, y a veces los demás no entienden tu postura, alejándose porque creen que ya no sientes nada por ellos. En nuestras vidas hay que dejar que las cosas surjan o "resurjan" solas sin exigir ni forzar nada, y no tratar de controlar porque entonces es cuando se te escapan de entre las manos todos tus sueños. ¿Qué quiero lograr con el desapego actual? Quiero conseguir serenidad, mucha paz interior y la capacidad de dar y recibir mucho amor sin agobios y sin falsas obligaciones impuestas por la sociedad, entre otras cosas. Un ejemplo claro es la imagen que la gente tiene de "ser pareja de alguien". Te apegas tanto, necesitas tanto a la otra persona, más que por amor por la necesidad de amor y el rechazo a la soledad, que acabas olvidándote del mundo que te rodea y te sientes encerrada. Perdonad si confundo, sólo me refería a cierto tipo de pareja, claro; lo ideal sería amar, compartir, pero sin control... "desapegadamente", porque cuando a "ser pareja" se le presuponen ciertas condiciones esclavizantes, los humanos tendemos a huir o buscar en otros la libertad perdida. No sé si alguien no me ha entendido, repito, el desapego no significa que no mires a los rostros de la gente que quieres, que no necesites verlos a menudo, que te sea indiferente lo que les ocurra o que ya no te vas a preocupar más por ellos, no, en absoluto. Aunque siempre hemos confundido el significado de esta palabra y la hayamos adornado con una pátina de desprecio, espero que todos hayáis entendido y sacado conclusiones.
Porque amigos, que yo me desapegue no significa que nada me importe, muy al contrario, ME IMPORTA TODO Y DEMASIADO, DIRÍA YO, por eso insisto en este tema, para que no haya equívocos.
Vicenta es una joven restauradora de muebles de madera. Es algo así como una carpintera, pero carpintera de las que no fabrican muebles, ella sólo los transforma. Recoge todos los trastos viejos que encuentra: sillas que ya no sujetan a nadie, mesas raspadas por el implacable tiempo, armarios minados por la carcoma, mesas de noche olvidadas en los desvanes, percheros que no pueden colgar nada, etcétera… y un lijado por aquí y una capa de barniz por allá, casi por arte de magia, los convierte en muebles útiles. Aquella silla coja soportará el peso de un elefante, la mesa arañada tendrá el tacto de la seda, la carcoma desaparecerá de los armarios y éstos se llenarán otra vez de ropa limpia y recién planchada, sobre las mesas de noche bailarán con mucho ritmo los despertadores, y en los percheros volverán a verse paraguas, abrigos, bufandas y sombreros de todos los colores y tamaños.
En la azotea de su casa tiene instalado Vicenta su taller, una pequeña habitación con vistas al cielo, y en el que acumulan desde hace tiempo cachivaches y herramientas diversas. Un fuerte olor a cola, barniz y pintura impregnan el espacio, por eso aprovecha el resto de azotea para trabajar al aire libre; el sol acompañaa Vicenta mientras ésta se afana, y si un día llueve, recoge todo en el taller y se toma la tarde libre, lee el periódico, plancha algo de ropa, o simplemente se tumba en el sofá y escucha el sonido de la lluvia cayendo monótona. Cuando terminade retocar un mueble, y si éste no es un encargo de algún cliente, lo lleva en su furgoneta a la tienda de su amigo Pascual, donde lo vende al cabo de pocos días. Es muy buena en su trabajo, y se ha corrido tanto la voz, que llegan de otros pueblos pidiendo sus servicios. Parece ser que la gente moderna no quiere desprenderse de los muebles viejos, y eso es bueno para todos, sobre todo para Vicenta. Su abuela siempre le aconsejaba no tirar nada, ”si no sirve hoy servirá mañana”, solía decirle.
Hace ya un tiempo que Vicenta da los últimos retoquesa unpequeño mueble, un enorme recogedor de madera que su abuela había utilizado desde siempre. Después de lijar con cuidado la madera desgastada, estuvo varios días estampando flores naturales sobre toda la superficie. Una fina capa de barniz remató por fin la obra, y lo que ayer fue un recogedor de basura maloliente es hoy un bonito macetero que descansa para siempre en un rincón del salón de su casa, frente al sofá, adornado con flores frescas del jardín, que Vicenta renueva con frecuencia.
Mientras come, mira extasiada el nuevo macetero y piensa en los muchos años que debe tener ese objeto. Sorbe una cucharada de sopa y se quema la lengua. No puede evitar acordarse de la comida de su abuela, siempre tan humeante. Las preciosas manos de aquella anciana no estuvieron nunca preparadas para cocinar bien. Esas manos aterciopeladas, tan delicadas y a la vez fuertes como un abrazo último, fueron creadas para calentar. Vicenta y su hermanos, cuando aún eran pequeños, fueronabrigados con prendas de lana hechas a
mano por la abuela, bufandasa rayas, jerseys, calcetines para dormir, y
preciososgorrosmulticolores; pero eso sí, siempre se negó a cortar una cebolla o freír un huevo con la técnica de un experto cocinero, y fue incapaz de preparar una sopa con la maestría de un químico. Sin duda a la abuela de Vicenta no le gustaba cocinar, y aunque nunca nadie la escuchase decir tal cosa, lo demostró con creces. Dejaba sobre el fuego mucho tiempo la olla y servía con demasiada prisa la comida, cuando acercábamos la comida a la boca, los labios se encogían asustados por el calor. A pesar de ello, Vicenta jamás pasó hambre mientras vivió con su abuela, ni puso pegas a sus guisos; tal vez porque a ella también le gusten las comidas muy calientes, o quizás porque tampoco le entusiasme cocinar.
Ese macetero se ha llenado de tantas cosas feas todos estos años, que ahora a Vicentale parece mentira verlo rebosante de flores bellas; y como aquelrecogedor, antaño objeto siempre olvidado detrás de las puertas, tampoco ella, su abuela, estará más a su lado. Y cada vez que mire hacia las flores frescas y sonría al retrato de su abuela muerta, en las sienes tendrá un solo pensamiento, que el tiempo transcurre y transforma las cosas.
A partir de ahora dejaré retazos míos escritos hace años, me gustaría con esto conservarlos mejor y dejar que se aireen. Las narraciones largas es poco práctico que salgan a la luz en este blog, auque nunca se sabe, pero sí las pinceladas que de vez en cuando escribía y escribo.
De todas formas algún relato muy breve sí que será publicado, lo prometo.
“Las flores frescas duran poco, lo que dura su juventud, su inocencia; las secas, con solera, duran eternamente, mantienen la madurez, el olor a eternidad, la inocencia de la vejez, el recuerdo largo de un color que se mantiene en vivencias, antaño frescas y vacilantes, hoy grabadas a fuerza de calor y corazón”.
¿Por qué tengo que sentir que hago mal por transmitir sentimientos en mi propio blog?...
Desde hace algunos meses siento que contengo mis emociones delante del teclado y eso me disgusta en exceso. La época de la represión de la palabra pasó hace años y cuando este blog se originó exclusivamente para COMUNICAR, para dar noticias sobre mí y mis circunstancias, cosa que hago a veces y no hago otras muchas. Lo cierto es que he tenido varios censores que me han hecho moderarme en mis expresiones y ya estoy cansada de ellos, los haré desaparecer de mi pequeño reino con un toque de experto mago.
No quiero que nadie me diga lo que tengo que sentir o dejar de sentir, ni dejaré que nadie me juzgue; bueno, podrán hacerlo desde el silencio, porque me siento como un Dios y yo misma me otorgo el poder de no hacer público ningún juicio que no proceda.
Pues dicho esto, ahora quiero GRITAR un dolor al cielo, un dolor hondo que tengo encerrado y necesita salir. Este espacio ha sido creado para que mis dolores, aparte de mis sonrisas y mi buenos momentos, puedan ver la luz y hacerlo, por supuesto, con toda libertad, porque de otro modo se enquistarían como creo que lo están haciendo desde que no los saco a pasear.
Ese dolor del que os hablo, invisible en apariencia para el resto del mundo, según me dicen algunos, es lo que me está provocando ese otro dolor físico que me dificulta la vida normalizada. Creo que tienen razón, este dolor físico me desestabiliza, y mi dolor es constante y persistente, parado justo en mi centro de gravedad, la parte de la columna que debería mantenerme segura e inquebrantable en este mundo.
Cuando un día no vivo ningún dolor físico se convierte en un día de éxito para mí, de vitalidad extrema y me siento el ser humano más feliz del planeta; pero dura poco, porque se asoma imprudente el dolor del alma para recordarme que las cosas no mejoran por haber superado un día más de dolor físico. Mi impotencia aumenta, y las circunstancias que han llevado a que esa dolencia invisible se han atrincherado desde hace ya algún tiempo en mi espalda sin que nadie aparezca para remediarlo.
Recuerdo un baño de zinc, el agua hervía por el sol, me bañaba en el patio de la casa de mi abuela, el olor a azahar me atoraba la nariz y las abejas revoloteaban por el ambiente.
Salí del cálido baño, posé un pie en la toalla y sentí un dolor intenso, mi primera picadura de abeja.
Recuerdo también el olor viejo del jabón de mi madre mientras lavaba jirones de sábanas que usaban de pañales mis hermanos pequeños. Puedo sentir ahora sus manos sobre mi cara, sus manos rotas por el agua fría.
Y las campanas, las dichosas campanas que retumbaban incesantes cada hora los días que no iba al colegio.
Recuerdo un día de primavera jugando a las muñecas en medio del patio de mi casa familiar, le daba el pecho a una de ellasy me vi descubierta por todos…Me creí el centro del universo y sentí vergüenza.
"Si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos" (San Agustín)
Hace unos días recibí un mensaje en mi móvil, mi mejor amiga, sin duda alguna, me regalaba estas palabras prestadas de un célebre personaje. No me sorprendí, porque me tiene acostumbrada a ello. Sin esperármelos a veces y otras deseándolos como agua de mayo y como arte de magia, van apareciendo sus mensajes, cortos, concisos y muy acertados en todo momento.
Más de 400 kilómetros nos separan, pero lo ya vivido compensa todas las ausencias, eso sí, la echo de menos muchísimo, ahora más que nunca. Nos vemos desde hace 12 años, tres veces al año como mucho, pero ese encuentro suele ser intenso, aunque siempre me sabe a poco, claro.
Y en todo momento y en cualquier circunstancia sé que estará cuando la necesite, si no presente físicamente, con su ancho corazón y su amor por mí. Y yo la asistiré sin duda si con un silbido me llama la atención.
Ojalá estuvieras más cerca físicamente, gorrión, aunque sé que tu conciencia está aquí, junto a mí, abrazándome, porque lo siento así, porque el tiempo y tus actos me lo han hecho saber.
Gracias, miles de gracias.
P.D.:la gente se sorprende cuando la ve y dice que tiene cierto parecido a la Kahlo, pero vamos, mi querida amiga es muchísimo más bella, doy fe de ello, por dentro y por fuera.
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