domingo, 20 de mayo de 2012

La sonrisa de la Luna…



Dicen que para tener buena suerte debe mirarse a la Luna por encima del hombro derecho, y yo que soy un pájaro de altos vuelos, después de haber contemplado a través de un iris verde tu alma blanca, miro a la Luna de frente y le pregunto dónde has estado todo este tiempo.
Siempre que observo la Luna desde mi nido veo un rostro de mujer; ahora sé que cada vez que ponga mis ojos sobre los tuyos y te escudriñe las entrañas, podré ver la Luna sin levantar la mirada hacia el cielo. Volaré como siempre, en vuelo tranquilo, y convencida de que la vida me tenía guardado este tesoro: la felicidad encerrada dentro de mí ahora me pide paso, manando de mis ojos de agua.

Encontré la palabra justa, ésa que dormitaba en la cara oculta de la Luna tras muchas noches de desvelos, empeñada en custodiar los sueños estériles que trazaba con lágrimas antiguas. Tantas lunas errando en cada intento de encontrar lo que ahora se me ha dado por justicia. Demasiado tiempo cometiendo errores de cálculo enfrascándome en cuentos chinos que tenían un final previsible. Ahora ando lunática, “en el buen sentido”, como diría un ángel, por esta Tierra que me habita, esperando aterrizar en tu vientre de espuma cada noche.

Este pájaro, siempre instalado sobre una nube imaginaria y a veces inestable, ahora se posa sobre la realidad más blanca que haya vivido antes, la inocencia que me lleva de la mano a la ribera de mi infancia para ofrecerme besos de agua; la frescura de una sonrisa imborrable que hace que en mi rostro se dibuje una línea curva que siempre mira hacia arriba; la mirada más pura con la que me he tropezado jamás y con la que en breve me cruzaré por los pasillos de la vida un día tras otro.

Vuelo hacia el pequeño lunar que se dibuja bajo tu mentón y rebusco una excusa para reposar mi boca en esos labios de trazo perfecto. Dibujaré en tu cuerpo tembloroso, que espera ser envuelto de flores y mariposas, todas las constelaciones del firmamento. La punta de mis dedos serán los pinceles más suaves que te hayan sitiado, tu mapa de piel detenida, el lienzo más inédito. Seremos satélites amorosamente enlazados buscando ese presente que nos una en un futuro cierto, verdadero, cercano siempre.

Mi Luna crece y crece hasta quedarse plena de palabras, sonidos y colores. Me observa en silencio, editando las escenas más vírgenes de mi repertorio. Su rostro de mujer dulce me acaricia el alma y aparta ese miedo a lanzarme a lo desconocido que se habían dejado olvidado junto a mi cepillo de dientes. El miedo ha salido por la ventana en forma de brisa gris por fin.

Hoy, como nunca antes, a mi ventana se asoma la Luna y refleja en mi cama tu silueta dormida.
Hoy, como nunca antes, Luna se escribe con mayúscula. 

sábado, 5 de mayo de 2012

El silencio de mis besos...



La felicidad es tan efímera como un beso, pero cada beso puede abarcar la felicidad completa. Un instante, una milésima de beso es suficiente para aumentar los niveles de sol en mi espíritu…el combate pacífico de unos labios con la comisura de otros hace que el festín se convierta, por arte de la química, en un espectáculo de luces y colores. Macedonia de besos se derrama entonces de esos huecos que se entreabren a la espera de un banquete. La verbena es acta para todos los públicos, los besos se entrelazan, chocando con las paredes del alma hasta hacer sonar trompetas. Las mariposas, en su anárquico vuelo, se revuelven dentro de mis tripas haciéndome cosquillas.
Un circo de sabores son los besos que ofrezco. Los que me han regalado, de fresa, de menta, de mango y hierbabuena.
Hay quienes me lanzaron besos de Judas por la espalda. Los escupí en su momento para no envenenarme y en el suelo quedaron como saliva estéril.      
Los besos no se gastan, duran eternamente, y si los intercambias, el corazón sosiegas y prendes una llama donde antes hubo vacío e infinito.



Tantos besos regalados, robados, improvisados, desperdiciados, que ya no son tan míos. Tantos besos me han donado, que han quedado tatuados en mis labios. Beso “tiernesito”, beso eterno, beso tuyo, beso mío… Doce besos serenos para despedir un año. Ósculo abrasador que ofrecí a escondidas detrás de la puerta de un baño público. Besos de cada día al salir a la calle. Besos al regresar siempre. Beso arrebatado a la pasión de primeros encuentros, apostada en el muro de un museo mientras me despedía hasta la próxima. Besos locos, muy locos, encendidos, discretos, temblorosos. Besos que estremecen la carne y me cuentan secretos al oído.
Hoy me quedo con los besos de tu boca de fresa, con los mimos de los labios que me envías en forma de mariposas de colores, con esos arrumacos tiernos que serán escritos en un libro de páginas en blanco, con esas caricias de labios inexpertos que me escribes al oído para que yo me calme. Hoy por hoy no quiero más que esos besos tímidamente esbozados, esos con sabor a futuro imaginario, besos de canela, de miel, de merengue y helado. Besos que huelen a flores, a nuevo, a temblor de tus manos.
Derroche de besos que embriagan mi presente, con esa tierna mirada congelada en mi retina; besos que me provocan escribir cien veces tu nombre en la brisa fresca que acaricia tu rostro.

Mañana te robaré un beso en la madrugada para que mi alma descanse abrazada a tu espalda.
Los sueños son sueños hasta que un beso te despierta. 
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