miércoles, 12 de febrero de 2014

Los nísperos intemporales


Ayer, mientras me tomaba una cerveza con una amiga, me recordó un post de hace algunos años. Le dije que me contase algo para poder buscarlo mejor. Lo hizo, y yo, emocionada, la escuché decir que incluso lo imprimió y que lo guarda desde entonces en papel porque le pareció muy tierno. Al volver a leer este texto, me he dado cuenta que es muy apropiado para cualquier época, incluso para HOY, porque… los nísperos son intemporales.

No abandono mi blog porque es como un viejo refugio de tantos años. En él he dejado parte de mí y momentos de todo tipo vividos estos años. No es nada malo, como algunas personas creen, tener un baúl de los recuerdos o un rinconcito donde sentarse a recordar.

Los nísperos intemporales (Junio de 2010)

Hoy entré en el Mercado Maravillas, en pleno barrio de Cuatro Caminos en Madrid, de paso, improvisando como siempre el presente. Bonito nombre para una plaza de abastos repleta de olores y tonalidades dispares... y hoy, más apropiado no puede ser.
Me topé con unos nísperos y me vinieron a la mente escenas de mi infancia. Los “mini reportajes” que de vez en cuando mi abuela organizaba en el patio de su casa, que era muy particular, como todos los patios que se precien, para enviarlo a su hijo, nuestro pariente de América. Mis hermanos y yo sujetábamos un níspero mirando a la cámara orgullosos. Eran sin duda los más gordos cogidos por la abuela Asunción para ese momento tan especial. Con mucho arte, el fotógrafo del pueblo, iba situando al elenco de improvisados figurantes en series de mayor a menor estatura. Criaturas bien peinadas y con vestiditos de domingo, delante del limonero, del naranjo, de los rosales en flor, del níspero, árbol frutal que cada primavera nos abastecía con su fruta rellena casi por completo de hueso. Una curiosa fruta, poca carne y mucho corazón, y esperada por todos cada año por esa rareza quizás, quién sabe.
Mis hermanas muy sonrientes, yo sobria y pensativa... ¿Por qué tan seria en todas las imágenes de mi infancia?, supongo que por esa sensación permanente de estar fuera de lugar, o por el síndrome del extranjero que desde que tengo uso de razón me invade a veces, cualquiera sabe y además ya qué importa.
Después de pasar algunas horas de esa manera tan curiosa, momentos extraordinarios que  chocaban con las monótonas tardes de niños de pueblo, la abuela enviaba las fotos a su hijo, exiliado por amor a una mujer y por amor al arte, por amor al verso, a la palabra. Qué lejos y qué cerca estaba siempre, qué relativo era el tiempo y el espacio cuando ocurrían estas cosas. Durante mi infancia sentíamos que el poeta estaba ahí, con la abuela, dialogando en unas interminables misivas, escritas cuando el silencio se mantenía y ella había dejado la casa arreglada. Era su momento, el momento del reencuentro semanal con su querido hijo.
Cuando la abuela había volcado todo su amor en aquellas hojas finísimas, especiales para largos recorridos, y había narrado con su temblona caligrafía los progresos de sus nietos y nietas, que crecían al compás de las cigüeñas y los gorriones que anidaban la palmera de aquel patio tan florido, me decía que escribiera unas palabras porque iba a cerrar el sobre y echar la carta esa misma tarde. Ella trazaba unos rectángulos en los márgenes para que pudiera expresarme libremente. Mis primeros escritos, mis primeros mensajes, mis primeras frases con intención amorosa, mis mejores deseos y mis besos infantiles quedaron garabateados en esos papeles.
Ahora ya no está el níspero, ni aquellas cigüeñas, ni los pájaros ruidosos, ni la abuela, ni sus cartas. Y mis hermanos y mis hermanas ya no son los mismos niños y niñas de aquellas fotografías, ni yo, por cierto. Siento que nada permanece, que todo se encaja y se desencaja una y otra vez, y vuelta a empezar. Y ahora sé que sólo el sonido de las cigüeñas y los gorriones quedaron en aquella casa que hoy, cerrada a cal y canto se le desprenden los recuerdos de las paredes como caliches secos, quizá por el desuso, o quizás porque todo aquello no existió más que en mi pensamiento. Y mi sonrisa de hoy me recuerda que la tuve entonces, cuando era una niña,  pero que todo eso ya hoy no importa, y que por fortuna aquel fotógrafo de pueblo no volverá a repetir aquellos retratos del pasado que se quedaron en aquel AHORA que ya no es.



sábado, 8 de febrero de 2014

Edición revisada de MUÑECAS ROTAS y reseña de Juan Cervera Sanchís

Pincha aquí y pide tu libro

Nueva edición revisada y mejorada de MUÑECAS ROTAS
A las personas que adquirieron en su momento uno de mis libritos, quiero comunicarles mi compromiso ( y obligación moral ) de reenviarles por correo ordinario una versión revisada y/o "la fe de errata" del mismo. Pueden enviarme sus correos aquí ( en privado) y en breve intentaré comunicarme con los y las afectadas. Gracias

Les añado aquí la reseña del libro por Juan Cervera Sanchís

LAS  MUÑECAS ROTAS DE EVA TRIGO

Por Juan Cervera Sanchìs JyR

Eva  Trigo Cervera, Lora del Río, España, 1967, profesora  de Educación Especial en la Escuela Pública y residente en Madrid, acaba de publicar, editado por LULU, mayo 2013, el libro de relatos “Muñecas  Rotas”, con foto de portada de la propia autora y diseño de portada de Lubélia Carvalho. Libro de 69 páginas donde reúne trece relatos breves en los que se respira y se palpa, en un trenzado inquietante, diversas, aunque coincidentes en lo fundamental, vidas de mujeres, como la de Manuela, la restauradora y su recogedor de recuerdos, o la de Berta, ante el asombro y la sorpresa de un primer
encuentro amoroso revelador.

En una prosa fluida y precisa, con el fin de decir aquello que se quiere decir, con claridad,  y a su vez  tocada de poesía, Eva Trigo, pespuntea bellamente cada uno de sus relatos, bordados de gracia literaria y seductora sencillez, en  mitad del desamparo de sus muñecas desencantadas por los zarpazos inmisericordes de la vida.

 Historias, algunas, escritas en primera persona, como “El Secreto”, donde Felisa, la joven doméstica engañada por Don Benito, su patrón, se convierte en madre prematura. Una vieja historia harto común, pero que Eva cuenta con original encanto y sin caer nunca en el sentimentalismo.

Quizá no tan común. ¿O quién sabe?... Eva Trigo teje, excelente tejido, en “La profesora de  esgrima”, uno de los relatos más sutiles de “Muñecas  Rotas”. Se adentra, en lo que podríamos llamar la selva psicológica, de una circunspecta y honorable profesora, y la desnuda ante su íntimo espejo, al sentirse vivamente atraída por una bella alumna. Aquí, el yo y el contra-yo de la profesora, como un florete cortante, le entreabren el corazón, pero he ahí que ella… queda claro que la vida se puede vivir, finalmente, a contra vida. Reveladora historia.

En “El último suspiro”, la muñeca rota,  se autodestruye a si misma y nos estremece  hasta el extremo del estremecimiento. Y esto no es un juego de palabras.

"Un toque de suerte”, aquí la autora nos recuerda que la vida es torrencial y los hechos más serios pueden ser felizmente cómicos. Además se evidencia que las llamadas eminencias médicas no siempre son eminencias.

En “El castigo de Magdalena” se cuestionan los métodos  brutales de ciertas personas que se  creen dueñas de la verdad absoluta, y hasta iluminadas, y se castiga a una niña en la creencia de que en el castigo irracional hay algo de positivo. La pedagogía de los fanáticos suele ser criminal.

“Remendando la vida” es la narración más breve de “Muñecas Rotas”,  aunque una de las más intensas  y dramáticas.  Es una historia de alfileres y zurcidos y como para llorar a mares entre dobladillos, agujas, tijeras y recuerdos  hirientes.

“El puente de la vida” nos habla de Adela, una mujer que en mitad de la tormenta y los
truenos de la vida busca y aspira al remanso.

"Yo sólo quería tener un gallinero”, una historia donde una joven se hace mujer y en vez de un gallinero, la  vida que siempre nos suele gastar las más insólitas bromas, la  convierte en madre de una  familia  numerosa. Menuda broma.

Se suceden las historias, que son trece, con  “No me temas, amor, “Huir de madrugada no es de cobardes”, “La mujer de los cabellos plateados” y “El primer encuentro”.

Muñecas que se rompen en un ir y venir por los vericuetos del tiempo y  del espacio  y todo esto que llamamos vida y nadie sabe, bien a bien, de qué se trata, pero que necesitamos contarnos, en un afán reconstructor, contra la destrucción constante a que nos someten las circunstancias que, sin querer queriendo, nos llevan y nos traen de un lado a otro como el vendaval a las hojas.

“Muñecas Rotas”, hojas del árbol de la vida, que Eva Trigo Cervera recoge en un
legítimo deseo de que el olvido no las suma en el anonimato deshumanizador. Relatos
empapados de humanidad y que, por sí mismos, son honda y estremecedoramente  humanizadores.

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