martes, 27 de noviembre de 2012

La montaña rusa del amor...



Mientras me desayunaba hoy mi habitual cola-cao con unas gotas de café (sí, han leído bien, café con cola-cao, que es lo más parecido a un Capuchino que sé preparar ), he leído el post de Butterflied sobre una especie de encuentro consigo misma. Me encantan las relaciones tan locas que solemos hacer entre cosas tan aparentemente ajenas como son un tazón de cola-cao bien caliente y la vida misma. Ella se “echaba de menos”, decía. Yo también, por eso le agradezco que me haya servido de empujón para ensamblar algunas palabras y darles vida. 
He visto la luz, la he seguido durante varios días, como hizo Caroline en el film “Poltergeist”, jajaja. Ahora me encuentro iluminada por un potente resplandor. Una luz esclarecedora ha bendecido mi hogar, éste que me empeño en soportar sin remedio porque es el que tengo y no puedo cambiar eso. Esta luz ha encendido mi alma y me ha chivado al oído cosas que yo ya sabía y que estaban aletargadas bajo la alfombra. No hay nada mejor que una limpieza general y una buena instalación eléctrica para saborear la vida.
Había estado a oscuras mucho tiempo, tanto que hasta llegué a atragantarme con el pasado. Y llegó el momento. Alguien dio a la palanca y… “et voilá”, todas las bombillas se iluminaron a la vez, como lo hacen las portadas de las ferias. Al principio me asusté. Pensé que tanta luz de repente podría ser perjudicial para mis delicados ojos, pero no, nada que ver con la realidad. A los pocos minutos mis ojos se acostumbraron a la claridad. Ahora los colores son más intensos, lo veo todo claro.
Ayer pensaba en la lluvia, en el frío. Disfrutaba de ambos regalos de la Naturaleza. Frío y lluvia, dos cosas que hasta hace bien poco me llenaban de tristeza, me hacían encogerme y me bloqueaban el esqueleto. Ahora sonrío cuando llueve, pienso en besos. Ahora  cuando tengo frío, pienso en abrazos.
Hoy han bajado mucho las temperaturas, y aunque me considero la persona más friolera que conozco, y conozco a algunas muy frioleras, este frío me sirve para congelar un único pensamiento: “Me siento afortunada, lo tengo todo para estar plena y tengo la seguridad de hacer felices a las personas que se acercan a mí”. Me concentro, lo congelo, congelo ese pensamiento y sonrío como siempre. Tan simple como eso, tan fuerte como esa reflexión es lo que ahora deseo para mí. Nada más y nada menos. Porque me he despertado de un letargo y he condenado al ostracismo todo aquello que no vale la pena. Es más, no voy a concentrarme más ni perder un solo minuto de mi tiempo en pensar en ello. Sólo voy a considerar aquellas cosas que me hacen sonreír, las pequeñas cosas, los detalles casi inapreciables para el grueso de los mortales, por las que cada día me levanto, que son muchas. No pienso, hoy al menos no lo haré, desperdiciar más tiempo.
En los últimos meses me he cruzado en ocasiones conmigo misma por el pasillo de mi casa y casi no me he reconocido. Hace dos o tres días, al salir del baño, tropecé con una sombra que se parecía a mí y tuve un impulso. Me saludé de forma efusiva, regalándome un abrazo de osa de los que hacen historia. ¡Me quiero!, me dije emocionada,  sí…  me quiero tal como soy… ¿por qué no voy a gritarlo al mundo?. Mucha gente desconfía de las personas que con buena fe presumen de sus propias virtudes, creyendo que es un acto de prepotencia o soberbia. Pero se equivocan, he decidido ver mis virtudes, que no mi ombligo, y dejar de observar el lado oscuro de la vida. Esto sólo sirve para acercar  de puntillas a los fantasmas y alejar a los duendecillos sonrientes y llenos de energía que siempre me rodean. Me encanta no tener que demostrar nada a las personas que tengo cerca y quiero. Ser yo misma me basta. Siempre me han querido por lo que soy y no tengo necesidad de gritar nada por las ventanas. Cuando quiero a alguien se lo susurro al oído o le voy dejando semillitas en el camino para que me encuentre, porque a veces me pierdo.
Ahora que el frío ha llegado, me pondré por encima mi manta de color naranja, el color del atardecer, y esperaré que todos los sueños se cumplan. Prepararé mientras tanto un cola-cao para mí y un café cargado de ilusiones para ti.  

(Y para amenizar este día, y cada día es una etapa nueva, os dejo una canción que me provoca mover el esqueleto. Disfrútenla ) 


o quiero convertirme en estatua de salsal cones firmes y no mirar hacia atchas cosas, de lastres que me ataban a ciertos senti

jueves, 15 de noviembre de 2012

Me he pasado al cola-cao...




Para llegar a mí no se necesitan intermediarios ni intermediarias. Es tan fácil como caminar en línea recta. ( Etcétera)


Hace unos días, buscando cacao en las estanterías del supermercado, decidí que estaba harta de la marca que he utilizado estos años, ése que se disuelve y no deja “grumitos”. Llevo demasiado tiempo echándolo en mi taza de bebida de soja, sin plantearme nunca mudar esta rutina casi inconsciente. No sé si aguantaré mucho tiempo, pero necesitaba este cambio radical.

Me he pasado al cacao de toda la vida, al que fue testigo de mi alocada y silenciosa infancia. Kilos y kilos de ese cacao se consumieron en mi casa por aquella época. Mi madre preparaba cinco, seis y hasta siete vasos de una  vez, según los vástagos en período de crecimiento que hubiera entonces. Durante el día podía preparar, y no exagero, unos veinte o veintidós vasos de rico cacao caliente. Los colocaba en fila sobre el mármol blanco de la cocina y nos llamaba a voces. Muy obedientes nos bebíamos aquel líquido de un solo trago. A mí me parecía más una obligación que un placer, sobre todo el vaso de antes de dormir, el tercero del día.

He vuelto al cola-cao. Abro el bote, vierto una cucharada de ese polvo en mi vaso de bebida de soja bien caliente y lo agito con parsimonia. Me quedo pasmada mirando cómo se disuelven los grumos igual que lo hacen los nudos en mi garganta últimamente. Entonces cierro los ojos y acerco el tazón a la boca. Su aroma me retrotrae a esa parte de la infancia en que fui feliz. Doy un segundo sorbo y sonrío. Como antaño, cuando apenas me alejaba del suelo un metro de humanidad, me da por paralizar el tiempo. Siempre me ha gustado hacerlo. Me siento muy bien porque puedo cambiar el guión a mi antojo. Retrocedo hasta ese momento en el que todo era fácil,  quedándome ahí detenida, con el rostro relajado. Sigo sonriendo. Voy y vengo, haciendo girar la moviola del tiempo vertiginosamente de forma caprichosa, porque así lo deseo. Y ya no me siento bien, ahora me siento mejor, y con este juego de parar el tiempo me convierto gracias a mis poderes sobrenaturales en una divinidad superior que todo lo puede con sólo desearlo.

Siempre me gustó guardar semillitas que encuentro para plantarlas más tarde aprovechando esos momentos en los que soy capaz de paralizarlo todo. Después, chasqueo los dedos para deshacer el hechizo y la maquinaria se pone de nuevo en funcionamiento. Espero sentada a que las semillas germinen y mis deseos se hagan por fin reales.  A veces sé que espero demasiado, pero también tengo la certeza de que nunca es demasiado cuando lo que deseas es algo viable. Sólo el tiempo y mis anhelos obrarán el milagro que acuñé ni se sabe cuándo.

En muchas ocasiones, cuando me siento desarropada, despojada de aquel calor que hervía bajo nuestras mantas y que hoy a menudo provoca que las lágrimas afloren, me aferro a esos sueños para no caer de bruces.

- Tengo un puñadito de esperanzas en mi bolsillo. ¿qué hago con él? –dije con una mezcla de desamparo y súplica.

- No lo saques de ahí, no lo pierdas nunca, guárdalo siempre… -me contestó ella rogándome con la mirada.

A menudo me aferro a esas esperanzas que siguen intactas en el fondo de un viejo bolsillo. (Vivencia propia)





viernes, 9 de noviembre de 2012

La ausencia presente...


                                     (Foto de Lubélia Cortez)

Ausencia:
·      Alejamiento, separación de un lugar.
·      Privación o falta de algo.
·      No existir o no estar presente donde cabía esperar ( Locución: “brillar por su ausencia”)

Hace años que sufro de ausencias. Las ausencias se colaron por debajo de mis ropas y se acomodaron en mis huecos. Me muerden donde más duele. Mordisquean mis brazos, mis manos y se pasan mis dedos por la nariz para olfatearlos como si fueran un alimento sagrado.

Ausencias con nombre propio y con mayúscula. Ausencias que suenan a pureza inocente. Y como hacen los sonidos al ser pronunciados, así se alargan mis ausencias, como un silbido, como una goma elástica. Las ahogo en mi boca cada día para que no se escapen y nadie me las arrebate. Suenan como un eco sedoso dentro de mi mente  y nunca me descuidan. Son siempre ausencias muy presentes.
Ausencias con nombre propio.

Cuando la noche se aproxima de puntillas y con un silencio oscuro, las ausencias se meten en mi cama y me persiguen bajo las sábanas, sábanas frías de esperarte. Después se meten en mis sueños y se quedan dormidas.

Hace muchas lunas suspiraba para que la noche llegase pronto. Era el momento del día en que tu alma y la mía se entrelazaban sin obstáculos molestos. Allí estábamos tu presencia y la mía, desnudas, blancas. Ahora temo que se acerque la hora. La oscuridad va dando paso a la nostalgia. Lo negro eclipsa la luz  que dejaste en mis manos. Me duele la ausencia. La ausencia de todo lo importante. La ausencia en el sentido amplio de la palabra.

Hasta los vocablos que se imprimen con tanto amor y vuelan kilómetros hacia mí, se me empapan hoy de ausencia. Las palabras llenas están ausentes, los colores de las risas están ausentes, como están ausentes los besos que se lanzan al vacío para ser recogidos con lazada. Por fortuna todo llega a su destino… vocablos, risas, besos; pero al masticarlos, siento un sabor de ausencia blanda, de ausencia vacía.

Demasiado tiempo calada hasta los huesos de fría ausencia.
Me siento como ese plato que se debate en el borde de la mesa pero que nunca cae, creando incertidumbre. Como esa copa que tintinea brindando sin palabras. Como ese vino bebido a solas, en silencio y que debiera ser conversado.

Ausencias en el alma. Ausencias en las vísceras. Ausencias de mí. Ausencias de ti.

Pero mi ausencia mayor es la de estar huérfana de ti. Tu ausencia me cogió un día de la mano, la apretó para que nunca cayese al vacío y hoy duerme a mi lado como una compañera fiel.

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