domingo, 31 de mayo de 2009

Joaquín Sorolla es la luz…

"La bata rosa" de Joaquín Sorolla

"El jardín de las delicias" de El Bosco
Este fin de semana he estado sola y me he permitido el lujo de hacer de excursionista improvisada. Las personas más cercanas están lejos, muy lejos, y los que están cerca han tenido mejores planes, han puesto excusas increíbles. Como solía decir mi tía-abuela Vicenta, que iba a todos los sitios sola: “no me hace farta nadie”, así que en ella he pensado cuando me he echado a la calle este mediodía, para no sentirme desamparada ni perdid. Un paseo al Museo del Prado para ver al magnífico pintor valenciano Joaquín Sorolla ha sido el mejor plan para este domingo tan caluroso.
Y muy lejos de lo que pensaba yo y seguro que muchos de los que no se aventuran a venir a estos encuentros culturales, esperé tan sólo 15 minutos de reloj para comprar la entrada. Con ella en mi poder sólo tendría que esperar hasta las 4’30h para ver la retrospectiva del genial pintor, pero con la posibilidad de entrar a visitar la exposición general. Así que eso hice. Con mi plano desdoblado, cual turista, me dispuse a disfrutar de los cuadros más emblemáticos del Prado. Hice una selección rápida y pateé de un lado a otro, pasándome cientos de cuadros, para llegar a mis objetivos. Primero pasear junto al Bosco por su “Jardín de las Delicias”, cosa que hice con gran placer como las otras veces que lo he visto; quizás sea uno de los cuadros que sigue deslumbrándome, es puro sueño, como si entraras en otra dimensión. Después atravesé el museo para visitar las pinturas negras de Goya, mi favorita: “Saturno devorando a su hijo”, la vi por vez primera en la portada de un libro de cuentos y me impactó mucho. Más tarde me estiré como el chicle reparando en las pinturas del Greco, inconfundibles, y descubrí también que el Pintor barroco José de Ribera nació en el término de Xátiva, muy cerquita de donde nacieron mis antepasados valencianos. Me embriagué del todo al ser observada por los ojos pícaros de “Los borrachos” del sevillano Velázquez, y le seguí el juego a “La maja desnuda”, cuyos pechos me miraron seductores.
Una tregua en la cafetería para coger fuerzas y después entré en la exposición antológica de Sorolla, uno de los pintores más importantes del cambio de siglo.
Lo que más me impresionó de cuanto vi fue el tratamiento de la luz; cada vez que observaba un cuadro tenía la extraña impresión de estar asomada a una ventana. También el agua posándose sobre cuerpos desnudos que se bañan en el mar son presentados con gran genialidad, la espuma, la arena, las telas, el cielo… acariciado todo con pinceladas gruesas que dan la impresión de algo pendiente en el cuadro, pero que al alejarte del mismo, el pintor te descubre la hermosura, la magia, la belleza de algo real.
Aparte de la luz, el movimiento es algo que en el pintor parece una constante, los cuerpos en la orilla se inclinan hacia adelante en un vaivén de olas permanente que casi te susurra si lo miras unos minutos. Y por último un cuadro precioso, evocación por parte del pintor de la cultura grecolatina, “La bata rosa”, considerado por él mismo como su obra más importante y de lo mejor que hizo en su vida. Sin duda la figura central te lleva a la antigüedad, transforma a una mujer recién salida de su baño en una estatua hierática de mármol, la luz entra a chorros por un cañizo e ilumina las telas de manera magistral.
Sin duda este domingo he gozado como una niña con juguetes nuevos. He saboreado la soledad y me he permitido ser feliz otra vez.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Espero ir a Madrid antes de que se acabe, tengo ganas de ver la exposición, y ahora más. Gracias por compartir tus experiencias, las buenas y las malas.
L.T.

Anónimo dijo...

Me ha encantado leer el relato de tu visita al Prado ayer. Se ve que has disfrutado muchísimo, me alegra que te llene Sorolla tanto como a mí. Saluditos Eva

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