lunes, 9 de agosto de 2010

EL CASTIGO DE MAGDALENA (26-10-2009)

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No lo hizo a propósito. Magdalena, la niña de tirabuzones dorados, fue protagonista de un episodio que debió quedar en el olvido, “cosas de niños”. Sin embargo, se convirtió para todos los testigos en la única distracción de la jornada, algo que rompió la monotonía de aquella escuela tan sobria. Para ella sin duda fue uno de los peores días de su vida, el suceso que arrancó del modo más cruel la inocencia y naturalidad de una niña de tan solo cinco años.

Una niña con redondos mofletes comenzó a berrear en medio del patio del colegio, y el resto de las alumnas se arremolinó en torno a ella, ruidosas como un nido de avispas, alarmando a las religiosas que vigilaban que la hora de esparcimiento se desarrollase con total normalidad. Y con mucho aspaviento y a grandes zancadas, aquellas mujeres se acercaron al grupo de niñas apartándolas a empujones.

- ¡ Ha sido ella ¡ ¡ ha sido ella ¡ - señaló la pequeña, que sin parar de llorar y con un ojo enrojecido acusaba a una chiquilla que quedó justo en medio del improvisado corro.

Magdalena sintió un escalofrío de terror, el desamparo de un perro malherido en la cuneta de una carretera cualquiera. Cuando una de las monjas, la tutora de su clase, se colocó delante de ella, pareció como una estatua terrorífica que se desmoronara, aplastándola sin piedad. La mujer se agachó para estar a su altura y le gritó furiosa que tendría un merecido escarmiento por haber agredido a una de sus compañeras.

Con su mano derecha Magdalena sujetaba una pequeña flecha de juguete astillada, que discretamente había robado a su hermano mayor por la mañana. Unos minutos antes, la niña que ahora la acusaba, pasaba a su lado corriendo y se estrellaba con aquel objeto que ahora parecía el más peligroso de aquel patio de colegio. La niña de tirabuzones dorados se sintió muy indefensa ante la tormenta que se avecinaba. Apretó con tanta fuerza aquel objeto que sus uñas se clavaron en la palma de su mano. El miedo hizo que sus latidos chocaran dentro de su pequeño esqueleto, sonándole a cristales rotos que se le incrustaban causándole un dolor agudo.

La niña herida, con el ojo aún más enrojecido, no ya por el impacto, sino por los restregones que se estaba proporcionando con sus mugrientas manos, dejó de gemir de repente, lanzó una piadosa mirada hacia Magdalena y vio cómo un reguero de orina corría caliente por sus temblorosas pantorrillas.

Su tutora la enganchó del hombro y como si tuviera prisa por poner en práctica su despiadado castigo, dando alaridos, que asombraron incluso a sus propias compañeras de trabajo, ordenó hacer la fila y se apresuró a entrar en su aula.

Cerró la clase de un portazo. Las compañeras de Magdalena, con nerviosos movimientos, se colocaron al instante en sus pupitres. La monja les amenazó diciéndoles que cortaría la lengua de la primera niña que pronunciase una sola palabra. Tensó su labio superior y enseñó los dientes como un lobo rabioso, y mientras proyectaba ese despropósito sobre aquellas cándidas niñas, sus palabras fueron como lanzas mortales que envenenaron el aire. La mujer agitó unas enormes tijeras que siempre colgaban de su cuello y se movió de un lado a otro del aula con bruscas sacudidas, dignas de un leñador. Subió a la niña sancionada sobre su mesa de trabajo y con movimientos groseros le arrancó la falda y bajó sus mojadas bragas.

- ¡Te quedarás así todo el día!... ¡Para que aprendas a comportarte con tus compañeras...! – le gritó la tutora mientras salpicaba sobre su rostro una saliva espesa.

Magdalena, encogida como una pequeña figura de barro, se sintió invisible. Sus manos cubrían su pubis. Cerró los ojos para no sentir nada, y un rubor caliente en su rostro y una sensación de vacío en el estómago la desgarraron. De su boca entreabierta se oía un suspiro mudo, como el hilo de aliento que sale de la boca de los moribundos, un aire frío que intentaba ahogar para que su verdugo no empeorase más su situación.

- Miradla, mirad qué ridícula está sin su ropa. – dijo la monja riendo con insolencia.

Las niñas, sobrecogidas por el miedo, hundían sus cabezas sobre la tarea a medio hacer. De vez en cuando la alzaban levemente mirando de soslayo a Magdalena subida en aquel pedestal, con el cuerpo desnudo y el alma dañada. El olor a mantequilla rancia de sus manos se le atragantaba en su respingona nariz, pero ahora sólo echaba de menos los besos con sabor a jabón que le daba cada mañana su madre al irse al colegio. No hubo entonces consuelo, sólo espanto y desolación.

Abrió los ojos despacio y descubrió el rostro de aquella enorme mujer muy cerca, que la acechaba con mirada lasciva. La frente le ardió por el bochorno. Su cuerpo, tan frágil ahora como una muñeca de trapo, se desplomó en la mesa, enroscándose como un pequeño ovillo de carne temblorosa. Magdalena comenzó a llorar con amargura, y aquella mujer ligada a Dios por votos solemnes, con la rabia de un coloso, agarró con fuerza sus cabellos y le susurró al oído: “Algún día me lo agradecerás”.

8 comentarios:

silbante dijo...

Qué indefensos siempre los niños a merced de adultos descabezados, a merced de sus amarguras y frustraciones. Me trae recuerdos de niña, de alguna vivencia con alguna compañera de clase y alguna "hermanita de la caridad", el ridiculizar, humillar, poner en evidencia sabiendo como se hace más daño, para "educar", pedagogía pura y dura vamos.Hoy estoy de mal humor así que me voy a morder la lengua, y a seguir no comulgando con la iglesia.
LLega el texto.
Saludos.

Etcétera dijo...

gracias por tu comentario, Silbante...y por tu corrección...jejeje
Saludos y a seguir en la brecha

Anónimo dijo...

Qué manera de degradar a una persona y en este caso a una niña. Lo siento, pero no puedo morderme la lengua.
La iglesía, monjas, curas, sacerdotes etc son una panda de perversos, pervertidos, crueles, repugnantes, mentirosos... no tienen humanidad ni alma.
Que no se debe meter a todos en el mismo saco, de acuerdo, pero ellos son los primeros que con sus dicursos homófobos por poner un ejemplo lanza piedras contra todo un colectivo y se creen que porque son ellos tienen derecho a hacerlo.
Yo no lo veré, pero ojalá que pronto llegue el día que desaprezca esta gentuza y todo aquello que defienden y promulgan y que está tan lleno de contradicones que se caen por su propio peso.
Si no quieres publicar el comentario, lo entiendo perfectamente, no hay problema pero no podía callarme. A mi este tema me saca de mis casillas, me da mucho coraje.
Y si mis palabras han podido ofenderte sólo decir que no iban con esa intención. Yo sólo los critico a ellos de hacer lo que hacen y no a aquellos que siguen un tipo u otro de creencia.
Saludos
Esperanza

Etcétera dijo...

Gracias por tu comentario Esperanza...No veo por qué no iba a publicarlo...es una opinión que no me daña en absoluto, no te preocupes.
Es sólo un relato, eso sí...y posiblemente hayan ocurrido éstas y otras cosas peores, pero quiero decirte que no todos los curas, monjas...son iguales, igual que no lo son todos los médicos, carteros, maestros o albañiles del mundo, afortunadamente, porque de lo contrario yo me echaría a temblar cada vez que sale alguna noticia de un profesor que por ejemplo ha abusado de sus alumnos... Desgraciadamente hay gente muy poco válida en este mundo, en la Iglesia y en cualquier estamento, que hace que se ensucie a un colectivo completo.
Yo aprendo cada día a no generalizar, y me consta, por la experiencia vivida, que no todos los miembros de la Iglesia cometen errores o barbaridades como las que hemos visto en las noticias en muchas ocasiones. Quiero quedarme con las personas viéndolas de una en una... independientemente de a qué se dediquen... en muy poco tiempo he conocido a dos personas entregadas a la Iglesia que me parecieron dos ángeles... no quiere decir esto que me vaya a convertir a estas alturas..sólo quiero decir que supe apreciar a esas dos personas tal cómo se me ofrecieron, y me llegó al corazón su labor y dedicación así como el fondo de humildad y amor que percibí en ambos.
Te agradezco por último que hayas aclarado tu postura y no "hayas metido a todos en el mismo saco".
saludos
EVA

Anónimo dijo...

Sí, sí sé y me imagino que no serán todos así, si no que habrá curas,... que ni si quieran lleguen a pensar en algo así. Y quien dice curas, dice profesores, médicos o lo que sea.
Pero sí que también es verdad que muchos del colectivo de la iglesia tienden a meter a todos en el mismo saco, es decir, muchos de ellos son los primeros que tienden a generalizar.
En cuanto al relato, comentarte que una amiga que estudió en el mismo colegio de monjas que yo me dijo que conoció de una compañera suya una situación muy similar a la que se narra en dicho relato.
Con lo cual historias de esas y peores sean o no relatos seguro que hay casos en la realidad, lo cual se debería de penalizar, no ocultar,y no hacer excepciones sea la profesión que sea.
Saludos
Esperanza

ralladuradelimón dijo...

La situación está tan bien descrita que podrías decirme que la has vivido tú y te creería a pies juntillas. Me quito el sombrero, o el gorro de playa más bien, excelente

nieves dijo...

Sugerencia, ¿Y si escribieses el cuento sin que fuese una monja la figura cruel y castigadora ???????
Sin ánimo de nada, inténtalo a ver como queda: Un maestro cualquiera en un colegio cualquiera........
P.D. me eduqué y crié en un colegio de monjas y siempre ví y recibí un trato tan respetuoso que leer algo así me resulta un poco novelesco.
un beso

Etcétera dijo...

Nieves...es como pretender que Max Estrella no fuera ciego o el Quijote no estuviera trastornado...es inevitable y nadie podría cambiar eso por mucho que se ofendiera o no le agradase a algún lector... No pretendo con ello ponerme a la altura de Valle Inclán o Cervantes, ya me gustaría, pero al igual que ellos yo con este relato he escrito ficción... y no cambiaré a los personajes de mi relato...porque entonces ya no sería ese relato..sería otro muy distinto...
Y novelesco...???... pues es lo que pretendo...aunque parte de la historia está sacada de hechos muy, muy reales.

gracias por tu comentario.
besos y a seguir en la brecha

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