domingo, 9 de enero de 2011

He llorado con un desconocido...

Las cosas son o no son, pero todo depende del instante, y ayer me ocurrió algo que ni yo sospechaba me ocurriría. Para much@s puede parecer una simpleza, pero para mí ha sido algo muy importante, una situación inesperada de empatía elevada a la máxima potencia. He llorado con un desconocido.

Comenzó a Lloviznar en la capital y yo, justo en ese momento decidí salir a comprar comida. Tras las vacaciones he estado varios días encerrada como una ermitaña, comiéndome los restos de alimentos que me quedaban, botes a punto de caducar, verdura , pan congelado y pasta. Nada de leche de soja en tres días adornando mis tostadas con aceite, éstas han estado huérfanas sin su taza de leche con cola-cao.

Tenía tantas ganas de encierro voluntario, de repasarme las tripas una a una, de estar conmigo sin molestar a nadie y sobre todo de descansar de todos y de todo, más que nada de mí misma, que ni sentí necesidad de pisar la calle. De vuelta de un centro comercial cercano a casa y sorteando a la gente que deambulaba como loca con bolsas de marcas conocidas por la Gran Vía madrileña, regresaba a casa para volver a encerrarme y seguir regocijándome en mi soledad elegida. Cargada con una gran bolsa de alimentos en una mano, un gran paraguas en la otra y la oscuridad de la tarde ya blandiéndome el corazón como única compañía, evitaba los charcos, cosa imposible porque estaba cayendo el diluvio universal justo cuando llegaba a mi hogar.

Aproximadamente a doscientos metros de mi casa seguía a menos de 4 metros a un chico de unos treinta años que hablaba por teléfono mientras parecía llorar amargamente. Una capucha le tapaba la cabeza y su ropa estaba empapada por la lluvia. Yo podía oír lo poco que hablaba. Apretaba el paso para acercarme más a él y escucharle con más claridad y pude oír repetidas veces y con gran desconsuelo: “ Me ha pegado, me ha pegado”, “ ha sido él, yo no he hecho nada, él me ha pegado a mí, me ha pegado”. Justo en esa calle hay una comisaría, se paró en seco a unos pasos de la entrada, apagó el teléfono, lo guardó y se giró apoyándose un momento en la pared para respirar hondo. Pude ver su rostro mojado por la lluvia mezclada con las lágrimas y sentí su mismo desconsuelo. Me acerqué como por impulso y le dije que si le podía ayudar. Me dijo con la respiración entrecortada y el corazón a punto de salirse de su boca, casi de forma inapreciable un “no, gracias, no se preocupe, de verdad”. Entró en la comisaría, pero antes me dedicó una leve sonrisa de agradecimiento por mi incondicional interés. Al voltearme para dirigirme a mi casa con la bolsa cargada de alimentos, el paraguas en ristre, los bajos del pantalón calados y el corazón encogido por la impresión que aquel suceso tan inesperado me había provocado, me puse a llorar con el misma angustia que había visto y oído en el muchacho hacía sólo unos minutos.

Al llegar a casa y soltar la bolsa y el paraguas, me senté en el borde del sofá y seguí llorando un buen rato. Ahora, domingo, día festivo, día de descanso y en el que continuaré mi reflexión de estos días, intento averiguar qué me ocurrió, también me pregunto qué habrá sido del chico, qué estará haciendo ahora, quién estará consolándole… y siento las mismas ganas de llorar que ayer. Supongo que todo esto será culpa del dichoso diente de leche o de ese espíritu navideño que no he sentido este año de forma tan convencional como he podido sentirlo otros años, ese espíritu del que hablan y de mi incredulidad de que existan esos farsantes Reyes Magos que prometen cada año dejarte lo que deseas si te portas medianamente bien durante el año anterior.

Ahora espero que algún velero navegue por esos charcos que ha dejado la lluvia en esta ciudad bulliciosa, odiada y amada a la vez, y que por azar arribe a mi puerto y me dé seguridad. Ni la humedad ni la pátina de verdín que el pasado lo abraza me harán desfallecer ni tener miedo a continuar, me subiré a remar junto al capitán si me da su preciado permiso.

Otro domingo más sin compartir desayuno, otro más sin compartir almuerzo y cena, otro domingo a solas pensando qué me ocurrió, qué me sucede últimamente con la suerte. Los demonios se estarán frotando las manos, pero yo me reiré de ellos sin duda, porque la maldad tiene mala prensa y me protegeré con mi escudo. Los espantaré con mi espada invisible de princesa valiente montada en un precioso caballo blanco. Huirán para siempre si tienen que hacerlo o se quedarán si así lo quiere el destino. Les echaré una charla, lloraré con ellos como hice con aquel desconocido, incluso los abrazaré e intentaré redimirles con palabras suaves. Aspiraré a transformarlos en ángeles. Siempre he creído que los demonios son ángeles con despecho que no saben lo que hacen, encerrados en una apariencia castigadora y maligna. Los tendré a mi lado pero sin que me duelan ni hagan de las suyas. Tengo que tener en cuenta que sólo son travesuras del destino, que es el papel que les ha tocado vivir, pero todos podemos cambiar y ellos, encerrados en una dulce silueta de querubín necesitan ayuda. Aquí estaré para esperarlos y jugar con ellos a reírnos de la vida y a vivirla siempre con una sonrisa.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonito y triste relato.
Dale las gracias a ese chico desconocido, te ayudó a llorar y quizá liberarte de alguna tristeza tuya (ese era un Ángel para ti).
;-)
Escribes muy bien, me ha gustado mucho.
Lakmé

elanio.a dijo...

Enhorabuena por ese alma que posees, tan generosa, sensible y creativa.

Anónimo dijo...

Tu creatividad crece cada día,así como tu capacidad para transmitir emociones. Enhorabuena Eva. Sigue haciendo lo que más te gusta y que se te da de maravilla.

Saluditos eva.

Anónimo dijo...

Me ha gustado leer tu relato que aunque como dice Lakmé es triste a la vez también reconforta que haya personas desconocidas como tú que se preocupan por otras personas desconocidas. Triste si pero con un toque de humanidad, eso me gusta.
P.D: Por cierto, no sé a qué hora fuistes a comprar por la Gran Vía, pero yo también estuve el día 9 por allí y menuda la que caía, vaya a donde vaya no me libro de la lluvia. Qué casualidad.
Saludos, Esperanza

Zaen dijo...

Muy humano tu relato rematando esa humanidad con valentia y algo de fantasia al final. Al fin y al cabo, pasaran los años que pasen que no dejaremos de creer en princesas y en caballitos blancos.

Un saludo Duende.

Etcétera dijo...

Muchas gracias a todas por vuestros comentarios...ahora cualquier asomo o visita a mi blog es como si alguien viniera a mi casa a tomar café conmigo. Es como el agua que necesitas para vivir si te encuentras enmedio de un desierto. Gracias de nuevo por vuestras visitas, trataré de tener siempre café recién hecho y galletas.
besos

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