domingo, 25 de mayo de 2014

Apenas dos minutos





Apenas dos minutos

Cada vez que tengo una discusión con Adela me fumo un cigarro en el balcón. Dejé de fumar hace exactamente seis años, pero siempre tengo tabaco en casa. A cualquiera puede parecerle una tontería esto que digo, pero a mí me ayuda a relajarme y a veces a tomar decisiones importantes.

Hoy de nuevo he salido al balcón. Es muy tarde. Demasiados cigarrillos en los últimos meses y eso me preocupa. A medida que le resto tabaco a la cajetilla que guardo bajo llave, voy sumando guerras que con seguridad no hemos buscado ni ella ni yo.

Siempre salgo a oscuras al balcón, atranco la puerta por fuera para encerrarme, me siento en un cojín en el suelo, apoyo mi espalda sobre la pared y enciendo un pitillo. Doy una primera bocanada cerrando los ojos con la única voluntad de llenarme de nuevo con la energía que me ha robado la bronca. Respiro hondo y dejo caer mi cabeza hacia atrás con actitud pensativa. Siempre los mismos gestos. Es mi tiempo, el único momento en que realmente estoy a solas. Lo que demora el cigarro en consumirse, apenas dos minutos. Yo y mi cigarro desamparados en el balcón, observando la vida y analizando realidades mientras me trago un humo mortal.

Una señora pasea por la acera de enfrente con su perro y yo doy mi segunda calada al cigarrillo. Mientras espera que su mascota haga sus necesidades, ella parece mirar a la luna, pero en realidad me ve a mí. Mi respiración es ruidosa y la punta incandescente del pitillo parece haber llamado su atención. Levanto la mano y la saludo. Sonrío con una mueca forzada. De todas maneras creo que no puede verme bien. Se agacha para recoger los excrementos y se larga con rapidez. Me río a solas. Ahora mi sonrisa va acompañada de una risotada burlona. La vida a veces es tan extraña. Es tan sencillo asustar a alguien. Es tan fácil reñir por cualquier tema intrascendente. Ves la bola crecer sin poder hacer nada en ese instante.

Mi tercer y último soplo al cigarro me hace pensar en Adela. Supuse que estaría ya dormida. Hoy se habrá tomado un comprimido. Las discusiones le influyen más que a mí. No está pasando por su mejor momento y eso nos está afectando. Necesitamos unas vacaciones, perdernos lejos de la ciudad. Se lo merece. Me lo merezco.


El resto del pitillo se consumió en mi mano y casi me quema la piel. Aplasté la colilla junto a otras que descansaban dobladas en un cenicero que parecía el contador perfecto de nuestros desencuentros. Sentí un pellizco en el pecho y una tristeza profunda se instaló dentro. Era hora de entrar. Abandoné el balcón y volví a nuestro dormitorio sin encender ninguna luz. Me deslicé despacio dentro de nuestra cama y me aproximé al cuerpo dormido de mi esposa. La envolví con el brazo desnudo y le besé la nuca sin despertarla. Pensé que hoy no era un buen día para tomar decisiones. Ni hoy ni mañana.


Es tan fácil tener miedo. Sólo tienes que salir al balcón a oscuras y fumar.

Fotografía de Lubélia cortez y relato de Eva Trigo Cervera

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