lunes, 15 de febrero de 2016

Súper poderes...





De pequeña fui una niña con súper poderes. Creo que algo quedó de entonces, porque sigo sintiéndome liviana y con muchas ganas de volar todavía.

Tenía el poder de hacerme invisible cuando me reunía con la multitud de familiares que se arremolinaba ruidosa en el patio de la casa de mi infancia.  Otras veces, cuando los ruidos no eran de multitudes, sino de monstruos que amenazaban mi estabilidad y la de mis compañeras y compañeros de infancia, me hacía un ovillo en cualquiera de las habitaciones vacías de esa casa y por arte de magia nadie conseguía verme, invisible para cualquiera, ligera como una pluma e intocable. Este súper poder fue uno de los primeros que desarrollé.
  
Era un placer infinito pasear por los enormes corredores de esa casa, el espacioso corral y el patio, portando entre mis manos el espejo del cuarto de aseo. Lo apoyaba con fuerza sobre mi vientre, girado hacia el cielo. Acercaba mis ojos  al resplandor  y me disponía a disfrutar. Primero caminando despacio por el reflejo de los techos desconchados y después fuera, con más seguridad, sobre el de las nubes esponjosas que cruzaban el cielo. Fueron mis primeros vuelos, invisibles y solitarias acrobacias, aprovechando siempre el silencio y el vacío de la siesta.

En otras ocasiones me quedaba extasiada mirando la nuca de las personas que estaban sentadas viendo televisión en la sala, me concentraba en un punto, apretaba el entrecejo y después de unos minutos de esfuerzo mental, se obraba el milagro, la persona se giraba y me observaba extrañada. Yo disimulaba apartando la vista. Así con todo el mundo, con compañeras de clase, con gente que esperaba en una fila, en el cine… fue un súper poder que con el tiempo fui perdiendo por falta de práctica.

En una de las habitaciones donde se forjaron cada noche mis sueños, aquellos que transitan por otras dimensiones y que cada día apuntaba en un cuaderno para no olvidarlos, dormíamos cuatro o cinco hermanas, compartiendo camas, compartiendo oxígeno y compartiendo miedos.  A ciertas horas,  y después de intercambiar las alegrías y las penas vividas durante el día,  yo todavía seguía hilando frases con el tono somnoliento característico de esas horas intempestivas. Contaba alguna historia inventada, inyectando en mis palabras un dulce somnífero y narrando algo que ni ellas ni yo misma entendíamos bien. Hablaba de duendes  alados, de niñas que escapaban de sus casas para correr aventuras y de sueños que saltaban fuera de los bolsillos de mi abrigo, camino del colegio cada día. Era entonces cuando escuchaba ruiditos de bocas entreabiertas y suspiros. Me incorporaba, miraba a un lado y a otro del cuarto buscando alguna réplica y solo encontraba cuerpos inertes y cubiertos hasta las cejas.  Este súper poder de dormir a otras personas mientras retozan en la cama de al lado o en la mía propia, lo sigo manteniendo intacto y me siento orgullosa por ello.


Cuando comprobaba que el sueño había vencido a una habitación llena de niñas, con los ojos muy abiertos, recorría el techo de la habitación buscando formas que me arroparan para no tener miedo. Después, más calmada, respiraba hondo y cerraba mis ojos. Así comenzaban mis vuelos, viajaba muy lejos de allí, lejos de aquellas camas pesadas de mantas, lejos de aquellas paredes que crujían y supuraban humedad, lejos de todo. Ahí comenzaron a formarse mis alas, ahí fue cuando comencé a ser pájaro, una niña con súper poderes.

1 comentario:

Marian Ruiz dijo...

Una voz que arrulla. No vayas a perder ese súper poder... hipnótico. Sería una pena echar a perder tanto patrimonio. Besitos.

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