La playlist del verano y cómo aprender a MIRAR

  


Vivimos tiempos extraños.

Para esta nueva entrada me servirán de excusa estos dos meses que llevamos vividos, este verano tan raro, cuyo desfile de acontecimientos ocurridos «ahí fuera» está resultando, como poco, llamativo: un Mundial que se celebra como si no hubiera un mañana, incendios desatados que arrasan territorios y que sorprendieron por su comportamiento extraño incluso a los bomberos; un eclipse mediático y muy bien orquestado, con más público que nunca antes en la historia, anunciado a bombo y platillo por los medios; terremotos inesperados y una escapada histórica de miles de personas de un país a otro, a la que han llamado «crisis». Y hasta aquí, por ahora.

Todo eso que transcurre a nuestro alrededor sucede a una velocidad que casi no nos da tiempo a terminar de asimilar una noticia cuando ya tenemos otra llamando a la puerta. Unas, muy dramáticas. Otras, convenientemente oportunas y celestiales para distraernos de lo malo acontecido.

Sin olvidar, por supuesto, la «generosidad» de aderezar toda esta situación veraniega con una provocativa playlist que el presidente de un Gobierno tuvo a bien regalarnos y cuyos títulos, al leerlos, producen escalofríos por las inquietantes coincidencias que parecen esconder. Búsquenla en las redes y hagan el ejercicio de encajar las piezas, porque no tiene desperdicio.

Y así vamos.

Y, por supuesto, tanto en las redes como en los diferentes medios, oficiales o no, siempre hay alguien dispuesto a explicarnos qué está pasando, por qué está pasando y, si nos descuidamos un poco, hasta qué deberíamos pensar y sentir al respecto.

Qué tranquilidad, ¿verdad?

Ya no hace falta ni pensar, ni siquiera sentir. Nos lo dan todo hecho.

Pero quizá precisamente ahí esté una de las cosas que deberíamos empezar a cuestionarnos.

Podemos observar lo que ocurre a nuestro alrededor, podemos preocuparnos, sentir dolor, podemos protegernos y, por supuesto, actuar o reaccionar cuando sea necesario. Lo que quizá no deberíamos hacer es entregar nuestra capacidad de discernimiento a ninguna fuente externa. Ni a la oficial. Ni a la alternativa. A ninguna.

(Por cierto, mi padre repetía mucho que había que discernir constantemente. Aquí le hago un guiño y le honro por esa pequeña canalización que ha surgido. Gracias, papá)

Si estás «despistada» y, según quienes fabrican la noticia del momento, o, me atrevería a decir, también el suceso previo, parece que no te has enterado de lo que deberías haberte enterado, tampoco hay problema: ya se encargará el relato de acercarte la información convenientemente preparada para ti. Y no solo la información. También te ofrecerá la mejor manera de pensar en ella, la emoción que corresponde, quién es el bueno, quién es el malo y, sobre todo, dónde tienes que colocarte para no salirte del redil. Así de claro.

Y eso también es manipulación inconsciente. Y es una forma de control de la sociedad.

Antes estaban aquellos pregoneros que recorrían los pueblos anunciando las decisiones de la autoridad:

«De parte del señor alcalde se hace saber…bla, bla, bla,…»

Hoy ya no necesitamos que nadie salga a la plaza dando gritos. Tenemos periodistas voceros, telediarios, periódicos y redes sociales. Oficiales y no oficiales. Las herramientas han cambiado, pero nuestra responsabilidad sigue siendo la misma: aprender a distinguir entre recibir información y permitir que alguien piense por nosotros.

Porque una cosa es que me cuenten lo que ha sucedido, sin adornos, como tendría que ser, claro, y otra muy distinta que, junto con la «información», bien maquinada para que penetre y atraviese nuestro cuerpo más sutil, me entreguen también la interpretación que debo hacer de ella.

Y aquí empieza, para mí, el verdadero trabajo espiritual para protegernos: cuestionarlo todo. Pero todo. Lo oficial, sí, por supuesto. Y también lo alternativo.

Sin estrés, sin rabia, sin malos rollos. Sin negatividad.

Porque si rechazo una versión simplemente para abrazar inmediatamente la contraria, quizá no haya despertado demasiado. Quizá solo haya cambiado de red, de cajón, de bando. Y yo no estoy ahí, no quiero estarlo.

Y eso me parece importante, porque incluso quienes hablamos de «salir de la matriz», o intentarlo al menos, podemos terminar atrapados en otra matriz si no estamos atentos. Podemos cambiar unas creencias por otras, unos principios por otros, unos referentes por otros y sentirnos muy despiertos mientras seguimos siendo fácilmente manipulables.

La verdadera libertad quizá empiece cuando dejemos de necesitar que alguien nos diga qué tenemos que pensar, cosa que hemos mamado desde la cuna.

Por eso necesitamos volver a conectar con nuestra INTUICIÓN. Esa intuición que, de alguna manera, nos han ido apagando con tanta información cruzada.

Necesitamos volver a enchufarnos a ella antes de enchufarnos al siguiente informativo, al siguiente vídeo, al siguiente post, o a la siguiente teoría de turno.

Tener los OJOS DEL ALMA bien abiertos es fundamental para que la intuición funcione cada día mejor. Para mí es uno de los objetivos principales en esta dimensión.

Porque la MENTE analiza, compara, clasifica y se pierde buscando explicaciones. Pero hay otra forma de SABER. Una que pasa por las emociones, sí, pero que parece ir todavía más profundo. Algo que se siente en las tripas. Un saber que muchas veces no sabemos explicar con palabras, pero que reconocemos cuando aparece.

Y para poder escucharlo tenemos que hacer algo muy incómodo: empezar a desprendernos de nuestras propias creencias. Las hemos ido acumulando durante décadas, inconscientemente: en la familia, en la escuela, en la cultura que nos toca vivir, en la sociedad, en las noticias, en conversaciones, en todo aquello que hemos escuchado una y otra vez.

Y después llamamos «mi opinión» a algo que quizá lleve años viviendo dentro de nosotros sin que hayamos comprobado nunca si realmente nos pertenece.

No es fácil salir de ahí, lo sé. Es muy trabajoso. Requiere observarnos mucho y entrenarnos a diario. Vamos a continuar metiendo la pata, surgirán sin más creencias muy arraigadas y sentiremos que no avanzamos. Aun así, podemos seguir arañando lo que sobra para ser mejores personas cada día. Con cuidado de no caer en redes colectivas, o de dejarnos atrapar por el sentimentalismo a través de lo que nos cuenten los arquitectos de los medios, que se alimentan de nuestras emociones, de nuestra atención y de esas creencias que compartimos durante décadas.

Pensemos en algo tan habitual como una tragedia narrada por los medios desde el minuto cero. Sucede algo terrible en cualquier lugar del mundo y, de pronto, aparece el «Todos somos X».

Durante unos días sientes la necesidad de ser X, aunque no sepas quién es X y ni siquiera dónde se localiza en un mapa. Si no te sumas, quizá alguien pueda considerarte una persona irresponsable, insensible o poco empática. Como si la empatía consistiera en repetir una consigna colectiva y demostrar públicamente que estás sintiendo exactamente lo que se supone que tienes que sentir, porque lo digan «ellos», claro que sí.

Después pasa un tiempo. Llega otra tragedia. Otra noticia. Otra causa. Y la gente se suma a otro egrégor y surge otro «Todos somos X».

Y así, una y otra vez. Enganchados siempre.

No estoy diciendo que dejemos de sentir. Ni muchísimo menos. El dolor es real; sin embargo, el sufrimiento es opcional, como dijo Buda.

Y reconocer esto no significa negar el dolor ni mirar hacia otro lado. Significa que podemos reconocerlo sin permitir que una corriente emocional colectiva decida por nosotros qué debemos sentir, cuánto debemos sentirlo y contra quién debemos dirigirlo.

Porque quizá la empatía verdadera no necesite tanto ruido. Quizá podamos vivirla en silencio y a solas.

Quizá podamos sentir profundamente el dolor de otro ser sin necesidad de convertirnos automáticamente en parte de un bando.

Y aquí llegamos a las banderas.

Porque las banderas representan bandos. Y los bandos nos separan.

Si estás en uno, el otro puede rechazarte. Y si estás en el otro, ocurrirá exactamente lo contrario. Y te alejas o te alejan.

Y así llevamos siglos y siglos.

Nosotros y ellos.

Los nuestros y los otros.

Una bandera contra otra bandera.

Una identidad contra otra identidad.

Una creencia contra otra creencia.

Y terminamos mirando al otro a través de una etiqueta, una máscara, un color, una frontera o una bandera, o una idea que nos han enseñado a defender hasta la muerte.

Quizá tengamos que cambiar nuestra mirada. No mirar al otro por su etiqueta. No mirar su máscara y creer que la máscara es la persona.

Y quizá por eso me chirría incluso ese famoso «NO A LA GUERRA».

Si de verdad queremos cambiar nuestra manera de mirar, quizá tengamos que empezar a poner nuestra atención en aquello que sí queremos construir: SÍ A LA PAZ.

Nuestro lenguaje también crea imágenes, visiones, dentro de nosotros. Y utilizamos constantemente palabras cargadas de negatividad sin detenernos a mirar qué estamos alimentando con ellas.

No se trata de hacer magia con las palabras. Se trata de ser conscientes y darnos cuenta.

Dejar de alimentar aquello que decimos que queremos que desaparezca y empezar a alimentar aquello que deseamos ver crecer dentro.

Expandir amor. No juzgar, o intentarlo al menos, que sé que es complicado muchas veces. Protegernos, sí. Cuestionar, también. No ser ingenuos ni aborregarnos. Pero tampoco vivir desde el miedo.

Y, sobre todo, no entregar nuestra MIRADA. NUNCA.

Porque quizá «salir de la matriz» no consista en descubrir cuál es la verdad detrás de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Quizá consista en algo mucho más difícil: dejar de necesitar que alguien nos diga cuál es la VERDAD.

Y aprender a mirar. Aprender a sentir. Aprender a escuchar. En eso estamos ahora.

Aprender a distinguir una creencia de una certeza, y una certeza de una intuición.

Y recobrar la memoria de esos OJOS DEL ALMA que quizá nunca estuvieron realmente cerrados.

Quizá simplemente llevamos demasiado tiempo mirando donde otros nos dicen que miremos.

Y tal vez despertar sea, sencillamente, empezar a MIRAR por nosotros mismos.

 

 

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