sábado, 10 de marzo de 2012

El esquí no es lo mío…





Hace poco más de una semana fui con mis alumnos y alumnas a esquiar. Cuarenta y tres menores de diez y once años, tres profesoras y un profesor. Dos mil ciento diecisiete metros de altitud. Mis oídos taponados al llegar, y el cuerpo de jota por los giros del puerto. Directa a mi primera vez sobre unos esquíes.
¿Por  qué resultan tan complicados los preliminares a la hora de deslizarse sobre unos esquíes? ¿Por qué me lo pusieron tan difícil?
Uf, ¡cuánto detalle numérico!,  pero ya paro. Prometo que sólo seré objetiva con estos datos. Los números son para certificar mi valentía, que después nadie me cree y muchas personas saben que sufro de vértigo, vértigo a las alturas, y ese día también hubiera podido sufrirlo a tanto ser humano bajito expuesto a tanta altura.                                                                                                       
Para mí, que vengo de tierras cálidas, la nieve siempre ha sido un espectáculo. Tengo la primera experiencia  congelada en mis sentidos.  No superaba los diez años. Un día de enero quizás. Como escenario el patio del recreo.  En la sombra, un pequeño charco se había helado durante la noche. Las niñas rodeamos el trozo de hielo  sin dejar de tocarlo. ¡Nos parecía tan irreal después de soportar hasta cuarenta y cinco grados en julio!...
Poco a poco, y con los inevitables rayos de sol, se fue convirtiendo en agua líquida y dejó de chocarnos. Reanudamos el juego, pero no me olvidé de contar con emoción esta anécdota a mi abuela.  Entonces no nevó,  pero desde que vivo en la capital, he visto en contadas ocasiones caer nieve y me ha impresionado sobremanera. Detesto llevar paraguas, y siempre que las noticias anticipan nieve, lo dejo con desidia sobre el sofá, despidiéndome de él con un "hasta luego, hoy no te necesito, va a nevar en Madrid". Un poco de nieve sobre mis hombros es para mí un inmenso placer. Como una niña me quedo siempre que veo caer los finos copos en Madrid. Miro al cielo a la espera de un milagro, y a veces hasta he abierto la boca como hacen las criaturas para dejar que se cuelen “cachitos” de agua fresca.
Esta vez la experiencia no ha sido tan placentera.  Me divertí, vale, pero cuando todo se terminó, cuando caí extenuada en el asiento del bus, intenté analizar todo y me di cuenta  que practicar el esquí en la montaña puede compararse con algunos tramos de la vida, de la mía propia; una aventura  a veces peligrosa,  por eso la evitaré siempre que pueda.                                                   
La primera decepción fue notar que el decorado era medio artificial. Sólo la cuesta donde las principiantes como yo nos esforzábamos por mantenernos en pie se perfilaba de un blanco blanquísimo. Era evidente que aquel polvo no era nieve.  Un pequeño chasco que pasé por alto, porque con tanto ajetreo no me dio tiempo a quedarme embobada ni disfrutar con los picos aún nevados. Pero era obvio el engaño, ya que las empinadas laderas que nos rodeaban, muy calvas de nieve ese día, permanecían cerradas a practicantes de niveles elevados. Si no llega a ser por eso, hubiera creído que estaba en XANADU-MADRIZZZZ
                                                                                                                                
Pues bien, el bus aparcó, nos bajamos, repito,  con unas náuseas muy familiares.  Nos dirigimos a la caseta de alquiler de equipos para esquiar. Por fuera ya me recordó a esas máquinas de ciertas fábricas donde avanza la materia prima para desaparecer por un hueco casi mágico, permanecer un tiempo dentro y salir por otro hueco en forma de salchichas o chorizos. 

                                           
Así me imaginaba mientras hacía pacientemente la cola detrás de algunos  de los escolares. A una niña le fue cambiando la cara a medida que avanzábamos, como si en vez de a esquiar la llevaran directa a una cámara de gas. Alrededor de la boca un frío sudor le brotaba. Parecía presagiar que algo malo le esperaba. Casi se desmaya por el miedo a lo desconocido.  La tuve que animar y decirle que éramos unas valientes porque para las dos iba a ser nuestra primera vez. Lo intentó, pero me dijo que prefería dar clases conmigo que este suplicio que estaba pasando. Si ella supiera lo que yo pensaba…
                                                   
                                           
Tocaba entrar. 

 Eligieron para mí unas botas que tuve que aprender  a colocarme. Mis pies protestaron, pero por lo visto deben ir embuchados para que el tobillo no se quiebre. Puedes romperte cualquier parte de la pierna, incluso del cuerpo, pero el tobillo os prometo que no se mueve. Cuando conseguí ponerme en pie, me acordé de la madre y del padre de quien propuso esta actividad. El espíritu de las muñecas de Famosa se instaló en mí de inmediato. Avancé unos pasos y un señor muy amable me encasquetó  un casco bien apretado que me hizo marearme a medida que avanzaba la mañana. Después me dijo que colocase ambos brazos en forma de gancho y me puso encima los esquíes y los bastones. Era una guerrera con armadura, dispuesta para la guerra. Nunca me he sentido tan detenida.     
                                          
Tocaba salir.
                                           
La vida se interrumpió en ese instante.  Casi no me podía mover. Me sentí  vulnerable. Las botas se movían por mí, me llevaban, y eso no le gustó a los movimientos naturales de mis articulaciones. No supe qué hacer, porque mis manos estaban ocupadas intentando mantener en equilibrio los esquíes y los bastones hasta  llegar a la pista. Avancé despacio y poco a poco le fui cogiendo el "tranquillo" a esto de estar incómoda. Un recorrido andando de unos veinte metros se me hizo eterno. Me dio tiempo a pensar en mi vida, en la costumbre que supone a veces mantener ciertas incomodidades, en las ataduras que nos imponen algunas personas, siempre con nuestro permiso, claro, y en ésas que yo misma he anudado con fuerza en muchos momentos al cuello. De repente, sentí un calor por debajo de mi mono de esquí y decidí que, después de esta actividad, las cosas comenzarían a cambiar. Estaba dispuesta a cortarme a bocados si era necesario, todas las cuerdas atadas a mis muñecas, desprenderme de  todos los forros polares que aprietan el alma, los cascos que presionan el pensamiento y descalzarme de cualquier dolor. Mientras pensaba todo eso, llegué a la pista. Dejé caer todos aquellos artilugios en la nieve como la que suelta un tronco pesado ardiendo.  En fila como borregos aprendimos a colocarnos sobre los esquíes y deslizarnos unos metros sobre la nieve. Resbalarnos, frenar, girar, mantenernos y hasta saltar. Una y otra vez subí  por una cinta, quieta como las salchichas de la fábrica imaginaria. Una vez arriba, me tiraba por la pista con la técnica recién aprendida y no poca desconfianza.  Una persona que esquía debe elegir el camino correcto para no poner en peligro al resto de los practicantes que bajan a la vez. Igual que en la vida, pensé. Avanzar sin perjudicar a nadie, buena premisa para vivir.
                                                          
Dos veces me caí, pero sin que mi retaguardia llegase a tocar el suelo. Es increíble pero muy cierto. Mi madre aprendió esa técnica, se la enseñó mi abuela. Nunca se ensuciaba jugando, tal vez porque casi no jugaba. Ojalá se hubiera caído, sus prendas manchadas de tierra habrían ablandado la rigidez de una madre de posguerra. No estaban bien vistas las niñas jugando como  cabras locas, eran otros tiempos. Jamás he sabido cómo mi madre “se caía y antes de llegar al suelo ya estaba en pie” (palabras textuales de mi querida abuela), pero el día de la nieve lo descubrí.  Te caes,  y tu orgullo herido te impide tocar el suelo. Si a eso le sumamos que las maravillosas botas paralizantes no me dejaron tocar el suelo, todo perfecto. Puedo decir  con total exactitud que me “casi-caí”  al suelo dos veces. Sólo mis manos se apoyaron para protegerme de una caída ridícula.
Terminamos por fin.  Vuelta a empezar pero en sentido contrario. Nos liberamos de toda aquella pesada y paralizante indumentaria y me sentí  ligera, la persona más libre del Universo. Podía respirar de nuevo. Ahora lo que me apetecía era un baño, un masaje y una siesta. Pero tocaba almorzar un bocata sentada en el suelo, más de una hora en bus y volver al centro de trabajo para entregar a las criaturas sanas y salvas a sus padres y madres.
Esa noche dormí como una “lirona”.  Al día siguiente, y durante toda la semana, comprobé  que más que a la nieve, había estado intentando esquiar dentro de una lavadora. Un mareo gustoso me venía cada vez que giraba a derecha o a izquierda la cabeza. Todos mis huesos, músculos, pestañas y demás complementos del cuerpo se habían removido tanto con aquellas presuntas caídas,  que no encontré ningún centímetro libre de contusión. Nada me dolía porque estaba muerta.
Quizás mi  vida haya sido a veces como la práctica del esquí,  y siento que ese día no cayó en saco roto. Por ahora no me subiré más a unos esquíes, nadie me colocará de nuevo en esa tesitura. Prefiero desprenderme de todo y quedar desnuda. Desplazarme a mis anchas por el agua, esta vez líquida, de un mar, de un río o de una sencilla piscina, como aprendí de pequeña. Como pez me desenvuelvo mejor y me siento libre.
Las pistas de esquí son demasiado rápidas para mí, y ahora no tengo prisa para casi nada.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Sabes que tu nueva entrada ha rondado mi cabeza toda la mañana? Y es que, a pesar de la experiencia demoledora, de que no encontrases ni un sólo centímetro libre de contusión, no hay ni un sólo adjetivo que exprese rencor hacia lo vivido. Como mucho te atreves a calificar la experiencia de "incómoda". Todo tu afán ha sido liberarte de aquella indumentaria, .... para respirar de nuevo. Descalzarte del dolor. Q nada te transforme, Eva. Quédate siempre, como una niña, mirando al cielo con la boca abierta para que se cuelen esos "cachitos" de agua fresca ... !Menuda lección! Y menuda suerte tenerte cerca ... !Q hermosura!

Un abrazo. Laura.

María dijo...

lo de las salchichas ha estado muy divertido. Ya me imaginaba hasta yo a tus alumnos saliendo embuchados en esos trajes y botas tan incómodos para ti. pobres criaturas.
qué ha pasado en tu vida que esta entrada ha tomado un rumbo muy diferente a todas las que he leído hasta ahora?? eso me gusta.
besos
María

I.C. dijo...

sigue así con este giro tan fabuloso que has dado.
deslízate mejor desnuda, ese traje ortopédico y botas imposibles no creo que te vayan mucho.
saludos
I.C.

Anónimo dijo...

me he reído mucho leyendo esta entrada sobre un día de nieve con tus chicos. Me encanta la comparación tan acertada entre esas caídas en la nieve y esas otras caídas en la propia vida. Comicidad y risas. Estaba haciendo mucha falta ya en este blog. ánimo y a seguir riendo.
un gran beso.

chris dijo...

Me encanta tu post, cómo cuentas la experiencia y estableces la comparación muy acertada con la vida y con tus propias experiencias vitales.

Déjame hacer de abogada del diablo...deberías probar la experiencia de la nieve pero sin tanta estrechez. Ya que eres capaz de sacar a la niña que llevas dentro y disfrutar puedes probar a subir un día a la nieve y tirarte sobre el manto blanco, hacer bolas o un muñequito...descubrir en definitiva, que somos nosotras mismas las que nos embutimos como chorizos en determinados medios, que somos nosotras las que elegimos pasar por situaciones que nos incomodan y que tenemos la opción de disfrutarlas en vez de sufrirlas!!

Un abrazo suave para ese cuerpo contusionado!

chris dijo...

Me encanta tu post, cómo cuentas la experiencia y estableces la comparación muy acertada con la vida y con tus propias experiencias vitales.

Déjame hacer de abogada del diablo...deberías probar la experiencia de la nieve pero sin tanta estrechez. Ya que eres capaz de sacar a la niña que llevas dentro y disfrutar puedes probar a subir un día a la nieve y tirarte sobre el manto blanco, hacer bolas o un muñequito...descubrir en definitiva, que somos nosotras mismas las que nos embutimos como chorizos en determinados medios, que somos nosotras las que elegimos pasar por situaciones que nos incomodan y que tenemos la opción de disfrutarlas en vez de sufrirlas!!

Un abrazo suave para ese cuerpo contusionado!

frantic dijo...

Nunca me ha llamado la atención el esquí pero después de leerte creo que, definitivamente, voy a prescindir de esa experiencia. Pero estoy con Chris: la nieve es para disfrutarla en libertad y a cara descubierta.

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