domingo, 22 de septiembre de 2013

El otoño es un buen tipo...



Quedan horas para que el otoño comience y ya se ha puesto en contacto conmigo.  Después entenderéis por qué digo esto.

Al comienzo de este período, siempre escucho decir: “Es la estación que más me gusta”.  Yo no debo ser muy normal, pero rehago la frase y me apunto este año una, que exprese tal cual lo que siento: “El otoño es la estación que quiero que más me guste”.
Me estoy preparando para que estos meses sean especiales y no me afecte la reducción de luz, el frío, la humedad, el color gris...  

Creo que el otoño me tiene en cuenta cada año y se esfuerza porque yo esté realmente satisfecha.  Él sabe que cuando lo veo llegar, mis piernas tiemblan de miedo, por eso, cada comienzo de curso, inicia una programación individualizada (como la que les realizo yo a mi alumnado cada principio de curso, vamos) que dura apenas tres meses. Lo hace para  hacerme feliz, lo sé. Él creerá que no me he dado cuenta, como le ha ocurrido en los años anteriores,  incluso pensará que va a ser igual que siempre, pero no, nada de eso. Es bastante  despistado, incluso más que yo, casi siempre llega por sorpresa, pero este año va a ser diferente al resto; siempre es diferente, diréis. Hace semanas que le espero en silencio mientras miro por la ventana… y ya mi cuerpo, mi corazón y hasta mi alma están en guardia, preparada para cualquier cosa.

Que conste que adoro el decorado que cada año monta en mi honor. Menudo trabajo el de llenar las calles con hojas que crujen bajo mis botas. ¿Os imagináis lo difícil que debe ser espolvorear las ciudades que visito con un aroma inconfundible a madera y tierra mojada?... ¿y qué me decís de la maravillosa forma de engalanar los parques y las plazas de imposibles ocres? Lo hace para alegrarme la vista, y por supuesto para hacer que cada imagen que me voy encontrando, parezca pasada por el filtro de un programa de diseño fotográfico.  Me maravilla el gran compromiso  que el otoño ha adquirido cada año conmigo, tengo que reconocerlo.

A su manera, el otoño ha tenido su primera aproximación,  y ahora es cuando retomo el principio de este post. Aparte de estar preparando todo ese montaje escénico, ya ha bromeado conmigo  nada más empezar el día para despertarme las primeras sonrisas de la temporada más oscura del año.

Al abrir los ojos esta mañana, y como cualquier día, después de un estiramiento casi perruno, me he incorporado en la cama, he buscado casi a oscuras con los pies las chanclas veraniegas (sí, todavía hace mucho calor y me gusta darle alas a mis dedos) y me he dirigido al cuarto de baño a lavarme la cara para despejarme un poco. He recorrido el largo pasillo que da a la cocina y me he preparado un buen desayuno para comenzar este primer domingo de comienzos de una nueva etapa. En esta etapa, y no en otra,  pensaba mientras llenaba la cafetera y saltaban las tostadas. Repasaba en mi cabeza, aún dormida, una lista enorme de personas que adoran esta estación y en lo rara que debo ser yo por no ser una de ellas. El café  subió,  llamándome la atención con su particular sonido (es una cafetera italiana y me recuerda a mi abuela) y despertándome de tanta divagación sobre la influencia de las estaciones en los seres humanos. Llevé la bandeja al salón y al sentarme en el sofá me di cuenta de que me había colocado al revés mis chanclas. La derecha en el pie izquierdo y la izquierda en el pie derecho. Algo increíble teniendo en cuenta la incomodidad que supone eso y la sensibilidad que tengo en determinados dedos. Solté una carcajada,  y después otra, y después otra, y  así sin parar durante un buen rato. Tal impresión debí darle a mi compañera de piso,  Honey (la perra lectora),  que saltó sobre mí creyendo que la invitaba a jugar. El desayuno de este primer domingo de comienzos de una nueva etapa ha sido muy especial.

Igual que suelo ser de lágrima fácil, también soy de risa (demasiado) fácil, y después de esta aparentemente estúpida anécdota, he pensado que este descuido sólo lo ha podido provocar el otoño para hacerme reír.

Es un buen tipo, no hay más que verlo. 

3 comentarios:

Clemen dijo...

Me gusta el otoño, por su luz, su temperatura, sus colores..., aunque estos otoños ya no son como los de antes, son otoños que aún arrastran verano. Por suerte, me gusta también el invierno y disfruto de una segunda estación que tendrá que llamarse, próximamente, invierno otoñal.
Paso medio año disfrutando, un cuarto de año disfrutando, pero temiendo lo que ya está a la vuelta de la esquina. Y un cuarto de año que deseo se pase rápido, rápido. Mis últimos 35 años, aproximadamente, he deseado que el verano pase rápido, rápido...
Coge una buena capa/manta/polar/etc, y prepárate para disfrutar de la nueva estación.

nieves dijo...

Vete preparando las zapatillitas de paño, Vamaría, que con los pies fríos...mala cosa.
Besos
N

Anónimo dijo...

Dicen que el otoño es la estación del año más triste y gris, pero estoy segura de que con la amistad que has entablado con este tipo, te lo has ganado para siempre.
Aprovecha los bonitos regalos que te hace cada año y sonríe a la vida como siempre haces.
Hacía mucho que no te escribía, pero recuerda, siempre estoy ahí, a la sombra.
Un beso muy particular.
María

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